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La última entrevista de Ray Francas: el mago que murió horas después de hablar del futuro

Alberto Franco Napoli, figura de la magia argentina, salió de una entrevista en 2017 y fue atropellado en la avenida 9 de Julio: falleció una hora después.

Ray Francas nació el 29 de noviembre de 1961. Su familia vivía en el barrio San Cristóbal, y aunque su primer nombre era Alberto, en casa lo llamaban por el segundo: Franco

Ray Francas nació el 29 de noviembre de 1961. Su familia vivía en el barrio San Cristóbal, y aunque su primer nombre era Alberto, en casa lo llamaban por el segundo: Franco

Nacho Cangas.

En junio de 2017, el estudio de FM Mundo Sur estaba ocupado por cuatro periodistas y un mago. Hacía frío afuera, pero adentro el clima era cálido. El entrevistado, conocido artísticamente como Ray Francas, hablaba con convicción sobre el arte que lo definió toda la vida.

Una entrevista, una frase y un final inesperado

“La magia antiguamente se la denominaba la reina de las artes”, explicó, mientras enumeraba sus fuentes: danza, pintura, música y ciencia. En un cruce breve, un periodista lo interrumpió para suavizar su idea: “O difícil”. La respuesta fue tajante, casi un manifiesto: “No, imposible. Si es difícil, lo podés llegar a hacer. Si es imposible, es magia”. Horas después, esa frase quedaría suspendida en el aire con un peso trágico. Napoli tenía una cena familiar prevista. Su familia lo esperaba. Pero él nunca llegó.

De San Cristóbal a la vocación temprana

Ray Francas nació el 29 de noviembre de 1961. Su familia vivía en el barrio San Cristóbal, y aunque su primer nombre era Alberto, en casa lo llamaban por el segundo: Franco. Su historia con la magia empezó temprano, antes de cumplir cinco años, frente a un televisor en blanco y negro. En la programación de los años 60 encontró un programa que lo hipnotizó: Las manos mágicas. Era una puesta austera: fondo oscuro, mesa oscura y un mago del que apenas se veían las manos. La voz en off guiaba cada paso, y el cierre siempre era el mismo: lo imposible ocurría frente a los ojos del público.

Franco, fascinado, fue a su madre, Elena, con una pregunta simple y enorme: si él podía hacer eso. En la casa hubo una duda razonable: que fuera “como hobby”. Pero su padre, Juan, lo tranquilizó: “Que haga lo que le guste”. Y el sí llegó con una certeza que ya no lo abandonaría. Con el tiempo, la primera caja de magia fue el punto de partida formal de una decisión que, para él, ya estaba tomada.

MAGOS
“La magia antiguamente se la denominaba la reina de las artes”

“La magia antiguamente se la denominaba la reina de las artes”

La escuela de Fu-Manchú y el aprendizaje de un oficio

En la infancia, la magia fue asombro. En la adolescencia, se volvió disciplina. Cerca de los nueve años, Franco pidió estudiar magia de manera seria. Así llegó a la escuela vinculada a David Bamberg, el ilusionista conocido como Fu-Manchú, que había dejado una huella profunda en la escena local. El ámbito de formación, en la calle Riobamba, fue semillero de generaciones. Allí Franco construyó vínculos que durarían décadas. Uno de ellos fue con Hugo Amado, el “Mago Harry”, que lo recuerda como un compañero de estudio y de conversaciones interminables: salían de clase, caminaban unas cuadras y seguían la noche en un café, afinando rutinas, imaginando números y discutiendo formas de hacer magia sin traicionar la esencia del asombro.

La televisión, los premios y el salto a la popularidad

A comienzos de los 80, Franco ya había entrado en competencia, en un ambiente donde el reconocimiento se gana con precisión, creatividad y carácter. En Sonrisas Once, conducido por Quique Dapiaggi, se presentó como Ray Francas y dejó una imagen que varios aún describen con detalle: un frac negro, guantes blancos, fuego controlado en las manos, un pañuelo y una paloma naciendo de la nada. Ganó ese concurso, y ese triunfo fue una plataforma. Con el tiempo, su figura se volvió habitual en programas y escenarios de alto alcance. Apareció en ciclos de la TV argentina y también en grandes formatos de entretenimiento infantil y familiar. Su nombre circuló entre productores, artistas y organizadores. Era un mago capaz de sostener el show, pero también de construir comunidad.

EMA: 23 años de liderazgo y una institución fortalecida

En 1981, Franco se incorporó como socio a la Entidad Mágica Argentina, un espacio clave para el ilusionismo local. Trece años después, en 1994, empezó un ciclo que lo convertiría en figura central: fue presidente durante 23 años ininterrumpidos, hasta su muerte en 2017. Quienes compartieron esa etapa lo describen con una palabra repetida: trabajo. “Trabajar, trabajar, trabajar y trabajar”, resume uno de sus compañeros. El liderazgo no se explicaba por una búsqueda de poder, sino por la constancia, la capacidad de organizar y la obsesión por demostrar que se podían hacer cosas en serio, con ambición y sin improvisación. Bajo su conducción, la entidad sostuvo vínculos con organizaciones internacionales como FLASOMA y FISM, conectando a la escena argentina con el circuito global.

Flasoma 2017: el gran proyecto antes del final

Entre los hitos de ese recorrido, uno quedó marcado como un punto alto: el congreso Flasoma de 2017, presidido por Franco. Participaron cientos de congresistas y magos de distintos países, con competencias, feria y una agenda intensa de cinco días. Para su entorno, fue una prueba de su carácter: “Trabajó como loco, a pulmón… y le salió 10 puntos”, recuerda su hermana, Claudia. Ese logro, además, lo mostró como gestor: alguien capaz de pensar lo artístico y lo logístico con la misma seriedad.

MAGIA
En Sonrisas Once, conducido por Quique Dapiaggi, se presentó como Ray Francas.

En Sonrisas Once, conducido por Quique Dapiaggi, se presentó como Ray Francas.

Pase Mágico: una tienda, una escuela, un legado cotidiano

En 2011, Franco abrió Pase Mágico, sobre Rodríguez Peña. No era solo un local de venta de trucos: era también una escuela, un punto de encuentro y un espacio donde la magia volvía a su forma más íntima: la transmisión de saberes. Claudia, contadora y hermana menor, participó en el armado desde el costado más terrenal: papeles, números, habilitaciones, decisiones prácticas. Ella lo dice sin vueltas: su hermano no hacía otra cosa. “Su vida era magia. Todo, todo era magia”. El lugar tenía estética cuidada, objetos, detalles y una mesa al fondo donde Franco enseñaba. Para alumnos y colegas, esa dimensión pedagógica era parte central de su identidad: no solo actuaba, también formaba.

El día que no volvió: 12 de junio de 2017

El lunes 12 de junio de 2017, Franco tuvo una entrevista en la radio. También tenía una cena familiar. Llamó para avisar que iba a llegar más tarde: “Coman ustedes, yo voy a llegar un poco más tarde. Pero voy”. No llegó. Esa noche fue atropellado por una motocicleta cuando intentaba cruzar la Avenida 9 de Julio a la altura de Avenida de Mayo, rumbo a la calle Lima. Falleció una hora después. La noticia se expandió rápido. Un colega cuenta que, al encender el celular después de una clase, encontró decenas de llamadas y mensajes. Al escuchar uno, el golpe emocional fue inmediato: “Se murió Franquito”. La incredulidad se mezcló con un dato que lo volvía todavía más duro: habían estado juntos horas antes.

“¿Sabés guardar un secreto?”: la despedida en clave de magia

Tras su muerte, las redes se llenaron de fotos, recuerdos y anécdotas. En muchas imágenes se repite lo mismo: Franco sonriente, prolijo, de traje, en plena acción. Como si su forma de ser recordado no pudiera separarse del gesto que lo definió. En su familia quedó una escena mínima, casi perfecta para narrar un legado: Claudia le pregunta cómo hizo un truco. Franco le contesta con una pregunta: “¿Sabés guardar un secreto?”. Ella dice que sí. Él remata: “Yo también”.

Ese intercambio, simple y doméstico, resume una vida dedicada a lo imposible. Y también deja una idea en el aire: la magia, al final, no fue solo su profesión. Fue su manera de estar en el mundo.

* Nacho Cangas.

IG: _nacho_cangas