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La Patria comienza en casa: educar para el servicio público

La crisis de confianza que hoy atraviesa la población argentina respecto al servicio público, sus instituciones y gobernantes, no es solo un problema de leyes, economía o falta de control. Es una crisis de valores que tiene su epicentro en el lugar menos pensado y, a la vez, más importante: la familia.

Necesitamos educar hijos capaces de sentir la realidad ajena como propia.

Necesitamos educar hijos capaces de sentir la realidad ajena como propia.

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Frente a la controversia constante que rodea a nuestros actores políticos, como sociedad nos debemos un ejercicio de introspección profunda: ya no consideramos que un servicio público es, por definición, una responsabilidad enorme de servir al pueblo y no, como lamentablemente se ha naturalizado, un botín para el enriquecimiento personal.

Y estas cosas, como todo lo importante, también se aprende en la familia. Como orientadora familiar, observo que esta desconexión comienza cuando permitimos que la " viveza criolla" se imponga sobre la ética. Y este no es un concepto elevado, sino algo que ponemos en práctica desde lo cotidiano: colarnos en la fila, tirar el papelito del caramelo en el suelo, acelerar cuando el semáforo está en amarillo, etc. Si queremos que los niños de hoy se conviertan mañana en dirigentes que conduzcan nuestra nación con la misma responsabilidad, amor y honestidad con la que cuidan a sus familias, debemos cambiar radicalmente la forma en que educamos en lo cotidiano. Porque ‘servicio público’ no es una materia que se dicta en la facultad, es una actitud ante la vida que se mama en la familia.

Debemos cambiar radicalmente la forma en que educamos en lo cotidiano.

Debemos cambiar radicalmente la forma en que educamos en lo cotidiano.

¿Por qué dejamos de hacerlo?

Encontramos justificaciones de todo tipo: por el frenesí de la supervivencia, por la falta de referentes, la modernidad que no ayuda, etc. Tal vez sean argumentos válidos pero todos ellos nos vuelven simplistas, miopes y priorizan el "éxito rápido" por sobre la integridad. Para revertir esto, debemos instalar en la mesa familiar pilares innegociables (valores), que aún reconocemos que son buenos y que sirven para lograr la paz entre todos pero que, por alguna razón, fingimos ignorarlo. La transformación de nuestra nación no vendrá de fuera, sino de la reconstrucción de nuestra identidad, de rescatar los valores que forjaron nuestra historia. Si logramos que el concepto de "bien común" deje de ser una frase hecha y se convierta en brújula de nuestras familias, habremos dado el paso más importante hacia la Argentina que soñamos. Podemos comenzar hoy, en cada mesa, con cada lección de honradez, en cada acto solidario, comenzaremos a forjar la generación que, con orgullo y honor, asumirá el mando de nuestra casa común. Porque la patria es, en esencia, nuestra familia ampliada.

¿Por dónde empezamos a educar en valores?

Primero, la honestidad en lo pequeño. Un niño que aprende que tomar lo que no es suyo, por más pequeño que sea (un lápiz de un compañero o un caramelo en el kiosco) es una falta grave, será un adulto que entienda la inmensa responsabilidad de administrar los fondos públicos. La transparencia no se enseña con discursos, sino evitando las pequeñas corrupciones domésticas que justificamos con el "no pasa nada". El robo del dinero del pueblo no es un crimen sin víctimas, de hecho, lo somos todos. La educación para el servicio empieza en los pequeños actos que cimentan el carácter. Cuando un niño aprende a devolver un objeto que encontró y no le pertenece, está cultivando el respeto por lo ajeno. Cuando en casa fomentamos que el hermano mayor ayude al menor, sin esperar una recompensa material, estamos enseñando que el bienestar de la comunidad (sí, la comunidad es familia) está por encima del interés individual. Incluso en situaciones sencillas, como esperar nuestro turno sin intentar "saltar la fila" para ganar tiempo, estamos transmitiendo la idea de que la equidad y el respeto por el otro son norma innegociables.

Debemos cultivar la empatía activa

Necesitamos educar hijos capaces de sentir la realidad ajena como propia. Esto implica que la crianza debe salir de la burbuja del confort del propio living: participar en la comunidad y entender las necesidades de quienes tienen menos no es un acto de caridad, es un ejercicio de formación ciudadana. Inculcar el buen trato entre todos, por cortesía, por respeto, por el valor humano en igual dignidad, les dará a los niños el aprendizaje de que todos somos valiosos y tendríamos que todos poder estar bien. Piensen si no es eso, en sus bases, pensar en el bien común. Además, es imperativo promover la austeridad y la templanza. Vivimos en una cultura que endiosa el consumo inmediato y el éxito material. Si no enseñamos a nuestros hijos a postergar la gratificación y a encontrar valor en el esfuerzo sostenido, los estamos empujando a buscar en el poder, una vía rápida para saciar deseos materiales. La verdadera vocación de servicio requiere paciencia, estructura y una mirada puesta en el largo plazo, no en el beneficio efímero. La formación en la cultura de la "rendición de cuentas" también será clave: desde pequeños, debemos practicar que todas las decisiones tienen consecuencias y que explicar el porqué de nuestros actos es un signo de madurez, no de debilidad.

La educación para el servicio empieza en los pequeños actos que cimentan  el carácter.

La educación para el servicio empieza en los pequeños actos que cimentan el carácter.

Por otro lado, debemos fomentar el pensamiento crítico. Un líder honorable no es aquel que repite dogmas o se deja llevar por la masa. Necesitamos niños curiosos, que cuestionen, que analicen y que entiendan que los problemas complejos del país no tienen soluciones mágicas. Que sean capaces de investigar mejores alternativas, pedir consejos a expertos, hablar con todos los actores que sean necesarios, con humildad y respeto, ya que un país no necesita un héroe solitario, sino muchos ciudadanos comprometidos en hacer una patria grande. Y en este sentido, educar sobre el sentido de trascendencia: debemos ayudar a nuestros hijos a comprender que formamos parte de algo mucho más grande que nosotros mismos, nuestra familia o círculo más íntimo. La nación no es una abstracción lejana, es la extensión de nuestro hogar. Cuando un padre o madre logra transmitir que el legado más valioso que alguien puede dejar es el bien común, estamos sembrando la semilla de un futuro político renovado.

La sociedad es la familia ampliada

Si sanamos los vínculos puertas adentro y recuperamos la ética del cuidado, entendiendo que lo que es de todos debe ser cuidado con más celo que lo propio, el impacto será inevitable. No podemos exigir dirigentes honorables si no los estamos formando en casa con el ejemplo. El desafío es enorme, pero comienza hoy, en ese diálogo franco, en la exigencia del cumplimiento de los deberes y en el amor puesto al servicio de la comunidad. Solo así lograremos que la política deje de ser un espacio de confrontación y se convierta en lo que siempre debió ser: el arte de servir al otro con honor.

* Lic. Milagros Ramírez. cadafamiliaesunmundo.com

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