Presenta:

La odisea de San Martín

Lamentablemente un extenso espacio de nuestra educación argentina recortó, omitió e invisibilizó el crudo tiempo entre su última gloriosa batalla y el fatídico día de su muerte. Vacío enorme que sería prudente comenzar a llenar.

San Martín y la odisea tras su última batalla

San Martín y la odisea tras su última batalla

La historia tradicional nos contó decenas de acciones militares heroicas sobre un gran General, que con sus merecidos y reconocidos logros consiguió la libertad de medio continente. “San Martín, el Señor en la guerra, por secreto designio de Dios, grande fue cuando el sol lo alumbraba y más grande en la puesta del sol”; emotiva estrofa del Himno al General San Martín. Cabal pintura del “santo de la espada” y fiel reflejo de aquel humilde soldado, que sin que nadie le regalara nada, apoyado por sus triunfos en el campo de batalla, llegó a General. Imagen impactante del guerrero que no se detuvo nunca hasta que con enorme justicia el imaginario popular argentino lo convirtiera en el inmortal Padre de la Patria.

Aunque también la historia, y debemos contarlo, muchas veces pasó inadvertido otro costado de ese hombre, circunscribiéndose el relato historiográfico exclusivamente a su rol de exitoso militar. Pues no siempre reparamos en aquel maduro ciudadano que vivió una verdadera odisea enfrentando innumerables desafíos desde que llegó de regreso a nuestra tierra, contraponiéndose en su derrotero de vida a circunstancias dolorosas (falta de apoyo, traiciones, difamaciones, exilio) hasta el mismo momento de su último adiós.

Lamentablemente un extenso espacio de nuestra educación argentina recortó, omitió e invisibilizó el crudo tiempo entre su última gloriosa batalla y el fatídico día de su muerte. Vacío enorme que sería prudente comenzar a llenar.

La odisea de San Martín

La odisea de San Martín

El cruel destino de un patriota

Sus últimos años se tiñeron de desazón. Era un expatriado. Un “ex – patria”, o sea que “el que ayer tuvo una patria y ya no tiene nada”. Así fue; aquel Generalísimo del Perú y proclamado “Fundador de la Libertad Peruana”, Capitán General de Chile y General de los Ejércitos de las Provincias Unidas del Río de la Plata, tras haber liberado a medio continente, debió marcharse porque en su misma patria era visto como el más peligroso de los adversarios.

Tras un largo trajinar por países europeos, terminará definitivamente radicándose en Francia. Olvidado por una porción de sus paisanos, y abandonado solamente a la suerte de su más cercano círculo familiar. Los días finales de su vida refrescarán el singular destino cruel de cientos de nuestros patriotas que murieron lejos de la tierra que los vio nacer, y peleando, metafóricamente, aún después de muertos contra la ingrata incomprensión.

"La fatiga de la muerte"

San Martín morirá en brazos de Mercedes. Tomados de una mano como ayer cuando subió al barco, en 1824, partiendo al viejo continente para no volver más. Tras el almuerzo de ese sábado 17 de agosto, él sintió descomponerse. El doctor Jordan ya había anticipado que el cuadro médico era muy complicado. Con voz cortada, el General San Martín le pedirá a Mariano Balcarce, su yerno, que lo acerque hasta la cama de su habitación en la planta alta de su casa en Boulogne – Sur - Mer. “Es la fatiga de la muerte”, le habría dicho a Mercedes. Ella cubrirá a su “Tata” con aquella manta que compraron juntos en una feria de Montmartre. Recordará ese primer verso que su padre le enseñó en latín y apretará más fuerte que nunca ese rosario cristiano que la acompañó desde que su madre, doña Remedios, murió. Triste escena final, donde el destino estaba escribiendo los últimos renglones en la historia de la vida terrenal del gran libertador americano.

La pena de quien mira atrás

Muy atrás iban quedando aquellos momentos de inmensa incertidumbre cuando él y sus soldados escalaron la cordillera, enfrentando no solo a un enemigo militar, sino también desafiando frío, hambre, miedo y al propio cuerpo. Muchos de aquellos soldados eran “hombres” de 13 años, que habían dejado atrás familias, afectos y sueños. Cada paso se convirtió en un acto de supervivencia, de emoción compartida en pos del propósito trascendente. Él era el máximo responsable de aquella epopeya. Un padre para esos pibes, y también su General.

Además, hubo otra historia que se escribió en silencio y que San Martín por su experiencia sufrió en soledad. Él lo observó. La partida de sus hombres no fue solo militar, fue para él un desgarro emocional. La mayaría no volvió. Se enterraron tras las balas en los terrenos del olvido.

Problemas económicos, campañas difamatorias en su contra, traiciones, sueldos incumplidos, estafas y sus últimos días marcados por los irreversibles problemas de salud, agravados ante la pérdida casi total de la vista, tras una operación fallida de cataratas en 1848.

Así se fue San Martín. Su yerno correrá la cortina de la habitación que da sobre el 105 de Gran Rue. Era un 17 de agosto de 1850. Había muerto San Martín. Su inmortal gloria empezaba otro debate y un largo camino teñido de una mezcla ácida que durante mucho tiempo pareció aunar desidia y subestimación.

El prócer murió lejos de su Patria

El prócer murió lejos de su Patria

El legado testimonial

En su testamento había prohibido que se le hiciera funeral u homenaje alguno, aunque sí pedirá descansar en Buenos Aires y que su sable corvo fuese entregado a Rosas.

Luego de ser embalsamado, su cuerpo fue depositado en un sarcófago y llevado a la Iglesia de San Nicolás. De ahí a Notre – Dame de Boulogne, donde permanecerá décadas hasta ser repatriado a Buenos Aires.

Cuando en Buenos Aires llegó la noticia del fallecimiento del General, durante el gobierno de Rosas, el ministro Felipe Arana le escribió a Mariano Balcarce para dar comienzo a la repatriación de los restos de San Martín, pero la derrota rosista en Caseros (1852) demorará todo otra vez.

Mil comisiones, demoras burocráticas, debates parlamentarios, acusaciones cruzadas y otras urgencias de la agenda política del momento hicieron que el descanso eterno de San Martín en su patria se dilatara. Finalmente, tras treinta años de espera, los restos de San Martín llegaron a Buenos Aires el 28 de mayo de 1880.

Un feriado nacional decretado por el presidente Avellaneda recibió los restos del Libertador. Los dos oradores principales en la velada de recepción fueron el propio presidente y también Domingo Faustino Sarmiento, cuya exposición cargada de profundo patriotismo, subrayó el honor de recibir los restos de San Martín, reconociéndolo como quien aseguró la independencia y dio rango de nación a la Argentina, resaltando también el hecho como un acto de reparación histórica. Discurso el de Sarmiento, que también rompe claramente con aquel concepto que vincularía a San Martín en “una vereda” distinta al maestro de América.

Lo que siguió será historia conocida. Los restos de San Martín descansan en un mausoleo de la Catedral Metropolitana. Se encuentra inclinado y de pie, porque estuvo mal hecho el cálculo del cajón mortuorio, circunstancia que abrió mil conjeturas, además de cientos de teorías y leyendas urbanas. Lo cierto es que ya pasaron 176 años de su muerte y pareciera que Don José todavía, por un motivo o por otro, no puede descansar en paz. Afortunadamente su legado sigue más vigente que nunca. Honorable, honesto, hacedor. Patriota.