La escuela es solo una caja de resonancia
El aula refleja las crisis sociales que la atraviesan y expone el desgaste docente ante demandas que exceden a la educación en cada escuela.
Hemos depositado en la escuela una expectativa casi mística.
Archivo MDZHistóricamente, hemos depositado en la escuela una expectativa casi mística. A menudo se escucha decir que la educación es la solución a todos los males de una nación. Sin embargo, esta afirmación, aunque bienintencionada, encierra una trampa peligrosa: la de cargar sobre los hombros de la institución escolar y sus docentes responsabilidades que exceden por mucho su capacidad de acción.
No existe un muro invisible que separe el aula del mundo exterior. Por el contrario, cada conflicto, cada crisis económica y cada fractura en el tejido social atraviesa las puertas de los establecimientos educativos sin pedir permiso. Los problemas que ocurren en la escuela no son entes aislados; son los mismos problemas de la sociedad que repercuten en ella. Cuando hay violencia en las calles, hay tensión en los recreos; cuando hay precariedad en los hogares, hay hambre de aprendizaje y de pan en las aulas; cuando la incertidumbre domina el futuro del país, la desmotivación se sienta en las aulas. La escuela no es una isla; es, por definición, la caja de resonancia de lo que ocurre en la sociedad.
El aula como síntoma, no como causa
Resulta tentador analizar la violencia escolar, el desinterés de los alumnos o el agotamiento de los maestros como problemas puramente "pedagógicos". Es un error de diagnóstico. Los problemas que ocurren en la escuela son los problemas de la sociedad que repercuten en ella. Cuando el tejido social se desgarra, la costura se tensa en el aula. Si una sociedad vive en un estado de crispación permanente, esa intolerancia se traduce en el vínculo entre padres y maestros. Si la economía asfixia a las familias, el hambre y la incertidumbre se sientan en el banco del aula. La escuela simplemente amplifica, con una acústica a veces ensordecedora, las carencias, las desigualdades y las crisis de valores que el mundo adulto no ha podido resolver.
El fin del mito de la omnipotencia
Uno de los mayores pesos que carga el sistema educativo es la demanda de omnipotencia. Se espera que la escuela solucione la brecha digital, que eduque emocionalmente, que prevenga las adicciones, que garantice la nutrición, que forme ciudadanos democráticos y, finalmente, que enseñe matemática y lengua.
Debemos ser categóricos: la escuela no es omnipotente ni puede solucionar los problemas estructurales de la sociedad. Pedirle a la escuela que sea el "parche" de todas las ausencias del Estado o de la familia es una forma de maltrato institucional. El bienestar docente se erosiona precisamente en esa brecha: la que separa lo que el maestro puede hacer de lo que la sociedad le exige que solucione. El resultado no es una mejor educación, sino el síndrome de burnout y la deserción de profesionales brillantes que ya no encuentran sentido en la lucha contra molinos de viento.
La necesidad de un nuevo contrato social
Si aceptamos que la escuela refleja a la sociedad, debemos aceptar también que no podemos pedirle a la educación que sea "de primer mundo" en una sociedad que no logra consensos básicos de convivencia. El docente no es un superhéroe, es un trabajador de la cultura que necesita condiciones de salud mental, estabilidad y reconocimiento. La escuela no es un depósito sino un espacio de transferencia de conocimiento que requiere que el afuera colabore con pautas mínimas de respeto y acompañamiento. La educación es un sistema abierto y no puede haber calidad educativa si no hay calidad de vida en el entorno que rodea a la institución.
De la resonancia a la respuesta social
Reconocer que la escuela es una caja de resonancia no es una invitación al pesimismo, sino al realismo. Solo cuando dejemos de ver a la escuela como una "máquina de arreglar problemas sociales" podremos empezar a verla como lo que realmente debe ser: un lugar de aprendizaje.
Para que el bienestar docente deje de ser "eso de lo que tantos hablan" y se convierta en una realidad, la sociedad debe hacerse cargo de sus propios ruidos. No podemos pedirle al espejo que cambie nuestra imagen si no estamos dispuestos a cambiar nosotros primero. La escuela hará su parte, pero no puede hacerlo sola. No es su falta de voluntad; es, simplemente, que la educación tiene límites que la realidad, tarde o temprano, se encarga de recordarnos. El Estado, la sociedad civil y la familia tienen un rol indispensable e indelegable. Pedirle a la escuela solucione todos los problemas y responsabilizarla cuando no lo logra es convertirla en un chivo expiatorio. Se le pide una misión imposible.
* Mg. Juan Manuel Ribeiro, especialista en educación.