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"La causa no es Malvinas, son los veteranos", el mensaje de Javier Sánchez de la Puente

En abril, Javier Sánchez de la Puente, pidió correr el foco del reclamo político y ponerlo en los excombatientes y en las familias que aún cargan las heridas.

En el mes de Malvinas, Javier Sánchez de la Fuente pasó por Entrevistas MDZ para plantear una mirada distinta sobre una fecha que cada año vuelve al centro de la escena pública. Comunicador de Casa Veteranos, propuso dejar en un segundo plano la discusión política y concentrarse en quienes atravesaron la guerra y, sobre todo, en cómo vivieron el regreso, el silencio posterior y la falta de reconocimiento social.

Su planteo apunta a una deuda que, según sostiene, sigue abierta. Para Sánchez, el Estado y las Fuerzas Armadas hicieron lo que pudieron o lo que les correspondía, pero hay un actor que todavía no terminó de asumir su parte: la sociedad. Por eso impulsa acciones concretas para que el homenaje a los veteranos no quede reducido a una fecha o a una consigna, sino que se exprese en gestos cotidianos y visibles.

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Entrevista Javier Sanchez de la Puente

-¿Por qué insistís en que la causa no es Malvinas sino el veterano?

-Porque yo siempre digo que no me quiero meter en nada de lo que tenga que ver o tenga relación con la política, ya sea reclamos de soberanía, asuntos territoriales o cualquier otra cosa que no tenga que ver estrictamente con lo que a mí me mueve, me moviliza y me conmueve. Y lo que a mí me moviliza es el veterano y su realidad. A mí me interesa poner el foco en lo que pasó con esas personas concretas, con nombre y apellido, antes, durante y después de la guerra. Y cuando hablo del veterano también incluyo a las familias de los que perdieron familiares durante la guerra y a las familias de quienes después de la guerra no pudieron sobrellevar más las heridas del alma. Ahí hay una dimensión humana enorme, muy dolorosa y muchas veces poco visible. El Estado hizo lo que tenía que hacer, bueno o malo, lo hizo. Las Fuerzas Armadas, lo mismo. Pero hay un actor que está faltando y somos nosotros. Entonces yo trabajo para eso, para que como sociedad podamos mirar de frente esa realidad y hacernos cargo del reconocimiento que todavía falta.

-¿Qué recuerdos tenés de 1982 y qué impacto te dejó aquella época?

-Yo tenía 12 o 13 años y recuerdo con mucha claridad a un país movilizado. Siempre digo que el argentino es muy solidario, que cuando hay una catástrofe o un problema se encolumna enseguida. Eso pasó en el 82. En mi colegio las chicas tejían bufandas, hacían tortas, juntábamos cosas, y había una sensación de participación colectiva muy fuerte. También se sumaba la euforia de aquel tiempo, con el Mundial, con Maradona, con Kempes, con ese clima tan particular que se vivía. Todo eso generaba una mezcla de emoción, entusiasmo y compromiso. Pero el 14 de junio Argentina se rinde, se apaga ese fuego y después nunca más se habló de los veteranos. Y eso para mí fue muy fuerte. Porque una cosa fue la movilización durante la guerra y otra muy distinta lo que pasó después. Malvinas no entró de verdad en la currícula escolar, no se la estudia como se estudian otros hechos históricos, y pareciera que, terminado el conflicto, se hubiera corrido a un costado a quienes lo atravesaron. Esa desconexión entre la efervescencia del momento y el silencio posterior es una de las cosas que más me marcaron.

-¿Cómo empezaste a acercarte de manera directa al mundo de los excombatientes?

-Eso empezó más seriamente en 2011, cuando tuve la suerte de entrar al Colegio Militar, hacer el curso de oficial de reserva de las Fuerzas Armadas e ingresar con el grado de subteniente. Ahí conocí a muchos veteranos de guerra en actividad y entre ellos al coronel Esteban Augusto Vilgré Lamadrid, que fue una figura muy importante en ese recorrido. A partir de esa relación me empecé a interiorizar de un tema del cual no se habla. Y no se habla por dos motivos que son muy profundos: por un lado, porque el veterano no habla, y por otro, porque nosotros no le preguntamos. Ahí aparece lo que yo llamo el conflicto del silencio. Nosotros, por pudor, por prudencia, por no saber cómo meternos en un tema tan sensible, muchas veces callamos. Y del otro lado, el veterano termina decodificando que a nadie le interesa lo que está sufriendo. Esa combinación es devastadora. Porque no es solamente el dolor de lo vivido en la guerra, sino también la sensación de que no hay escucha, de que no hay espacio, de que no hay interlocutor. Cuando empecé a escuchar de cerca, entendí que había una parte enorme de esta historia que casi no circulaba en la sociedad.

Los veteranos aun carecen del reconocimiento explícito

Los veteranos aun carecen del reconocimiento explícito

-¿Qué aprendiste cuando comenzaste a escuchar sus historias y sus padecimientos?

-A raíz de esas charlas empecé a colaborar con el Centro de Salud Mental Hospital de Día del Veterano de Guerra, que para mí fue una experiencia movilizadora. Ahí conocí muchos veteranos, muchas historias, muchos recorridos personales, y empecé a entender mejor sus patologías y los sufrimientos comunes que arrastraban. Y lo primero que entendí es que muchas veces esos sufrimientos no están relacionados solamente con la muerte, con el frío o con el hambre, que son las imágenes más conocidas que todos tenemos sobre Malvinas. Hay otro padecimiento que es igual o más profundo y que tiene que ver con el destrato, la indiferencia, el olvido, el rechazo y el silencio. Ese es el duro silencio. Volver de una guerra y sentir que no se sabe qué hacer con vos, que no se te pregunta, que no se te escucha, que no se te reconoce, deja marcas muy profundas. Yo creo que ahí hay una herida colectiva que todavía no cerró. Porque muchas veces el excombatiente no solo carga con lo que vivió en las islas, sino con todo lo que vino después, que fue la falta de lugar para elaborar, narrar y compartir esa experiencia.

-¿Cómo interpretás hoy el regreso de los excombatientes al continente?

-Fue tremendo. Los llevaron en colectivos con las ventanas pintadas de negro, los trasladaron a unidades militares, no los dejaron salir, los bañaron, les hicieron firmar declaraciones, los alimentaron y recién después de varios días pudieron reencontrarse con sus familias. Eso habla de una forma muy dura de manejar una situación que era extremadamente delicada. Yo no juzgo a nadie ni creo que haya que simplificarlo, porque también entiendo que Argentina no tenía experiencia de guerra de esa escala en el siglo pasado y que no se supo manejar la posguerra. A otros países también les pasó. Estados Unidos, por ejemplo, tuvo que atravesar su propio proceso de revisión después de Vietnam y recién con el tiempo empezó a elaborar protocolos más serios para el trauma de posguerra. Acá no teníamos nada. No había experiencia, no había dispositivos, no había una cultura preparada para recibir a quienes volvían de una guerra. Pero eso no quita que el resultado fue muy doloroso. Hubo invisibilización, desconcierto y un vacío enorme en el momento en que más contención hacía falta. Y esas primeras escenas del regreso quedaron grabadas en muchos veteranos como otro capítulo traumático de la historia.

-¿Qué sentís que cambió con el paso de los años y qué sigue faltando?

-Cambiaron muchas cosas y eso también hay que reconocerlo. Gracias al trabajo de gente muy comprometida, hoy el veterano de guerra tiene su pensión, tiene atención psicológica, tiene contención familiar y en muchos casos se lograron estándares de excelencia muy altos en la atención. Hubo personas que se involucraron de verdad, que estudiaron el tema, que trabajaron con sensibilidad y con profesionalismo, y eso permitió avanzar muchísimo. Pero para mí sigue faltando algo central: el reconocimiento explícito y actuado de su pueblo. Falta ese jugador para completar el equipo y salir a la cancha. Porque una cosa es que nosotros pensemos, en abstracto, que los veteranos nos generan orgullo o pertenencia. Y otra cosa muy distinta es que eso se lo digamos, que se lo hagamos saber, que lo transformemos en un gesto concreto. ¿Le damos la mano? ¿Lo llamamos un 2 de abril? ¿Le escribimos a una viuda? ¿Le agradecemos a una familia? Ahí es donde siento que todavía hay una deuda. No se trata solo de homenajes institucionales o discursos públicos. Se trata de una devolución humana, sencilla, cercana, que el veterano pueda sentir de manera real.

-¿Por qué te parece tan importante transformar ese sentimiento en gestos concretos?

-Porque si no se expresa, queda encerrado adentro de cada uno y no genera nada en el otro. Nosotros podemos sentir admiración, orgullo o respeto, pero si eso no se traduce en una acción, el veterano no lo recibe. Y yo creo que hoy la gran tarea es justamente esa: pasar de la emoción privada al gesto público, aunque sea pequeño. Si tu vecino es un veterano o una viuda, podés dejar un papelito bajo la puerta y decir gracias por el esfuerzo de la familia. Eso ya cambia algo. Las redes sociales también ayudan mucho porque permiten difundir historias, contar quién era quién, recuperar nombres, trayectorias y experiencias que durante mucho tiempo estuvieron ocultas. Nosotros solemos nombrar con orgullo a grandes figuras argentinas como Fangio, Favaloro, Piazzolla, Leloir o Milstein. Y está perfecto. Pero yo me pregunto por qué no agregamos también a Baruzzo, a Franco, a Gómez Centurión, a Lamadrid y a tantos otros conscriptos, suboficiales y oficiales que hicieron un esfuerzo enorme y que forman parte de nuestra historia. Para mí el reconocimiento tiene que empezar a circular con naturalidad en la vida cotidiana. Tiene que estar en la palabra, en la memoria y en el trato.

Reconocer a los veteranos en la calle

Reconocer a los veteranos en la calle

-¿En qué consiste la campaña de los calcos y qué buscás generar con esa propuesta?

-Esa campaña es el lugar donde yo puse la energía, el tiempo, el dinero y el esfuerzo. La idea es muy simple, pero justamente por eso creo que puede ser muy poderosa. El veterano, si tiene auto, pone el calco en la luneta de atrás. Si no tiene auto, lo puede poner en la puerta de su casa. Entonces, cuando vos o yo pasamos y vemos ese calco, hacemos tres bocinazos cortos. A eso se suma un gesto, el dedo para arriba, que en ese momento quiere decir algo muy claro: te reconozco, te respeto, te agradezco. Es una forma sencilla de hacer visible el reconocimiento. Pero además tiene otra dimensión que a mí me emociona mucho, que es lo que pasa dentro de las familias. Porque imaginá a un veterano yendo con un nieto al dentista, al club o a cualquier actividad. Le tocan bocina, lo saludan, y ese nieto pregunta por qué. Y ahí aparece la posibilidad de contar una historia desde otro lugar, no desde el silencio, sino desde el orgullo. “Me tocan bocina porque están orgullosos, porque cuando la patria me llamó no me borré”. Esa frase resume mucho. Resume coraje, entrega, presencia. Yo no digo que esto repare todo lo que faltó, pero sí creo que puede abrir una puerta. Y llegamos a tiempo, porque muchos veteranos ya murieron, pero muchos otros están vivos, y también están sus familias. Lo que podamos hacer ahora, por pequeño que parezca, tiene un valor enorme.