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La calidad también salva vidas: el desafío pendiente del sistema de salud

La OMS estima que uno de cada diez pacientes sufre algún daño durante la atención sanitaria y que más de la mitad de estos daños podrían prevenirse.

 No alcanza con garantizar el acceso a la atención.

 No alcanza con garantizar el acceso a la atención.

Foto: Freepik

Cada 17 de septiembre, el Día Mundial de la Seguridad del Paciente recuerda una realidad incómoda, no alcanza con garantizar el acceso a la atención. También hay que asegurar que esa atención sea segura. La OMS estima que uno de cada diez pacientes sufre algún daño durante la atención sanitaria y que más de la mitad de estos daños podrían prevenirse. Argentina tiene hoy una oportunidad para transformar ese dato en una política concreta.

Durante años hemos discutido la salud principalmente alrededor de los recursos. Cuánto presupuesto se destina, cuántos hospitales tenemos, cuántos médicos faltan, cuántas camas están disponibles, cuánto cuesta un medicamento o cuánto demora un turno.

Todas esas preguntas son necesarias. Pero existe otra, quizás más incómoda y mucho menos frecuente, ¿qué ocurre con el paciente una vez que logra ingresar al sistema? Acceder no siempre significa recibir una atención segura.

Un resultado que nunca llega a quien debe interpretarlo. Dos médicos que indican medicamentos sin conocer completamente lo prescripto por el otro. Un estudio que se repite porque la información no está disponible. Una derivación que se demora. Un alta hospitalaria que el paciente o su familia no terminan de comprender.

Ninguno de estos ejemplos necesita un gran error médico para producir daño. Muchas veces alcanza con una pequeña falla dentro de una larga cadena de atención.

Y allí aparece uno de los grandes desafíos de los sistemas sanitarios modernos: la seguridad del paciente depende cada vez menos de una persona aislada y cada vez más de cómo está organizada la atención.

La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor de uno de cada diez pacientes sufre daños durante la atención sanitaria y que más de la mitad son prevenibles. Aproximadamente la mitad del daño evitable está relacionado con medicamentos. Los problemas pueden aparecer en la identificación del paciente, el diagnóstico, la prescripción, una cirugía, una infección asociada al cuidado o simplemente en la comunicación entre quienes participan de la atención.

Este año, el Día Mundial de la Seguridad del Paciente pone el foco sobre las enfermedades crónicas (cardiovasculares, cáncer, diabetes y enfermedades respiratorias, entre otras) bajo un concepto especialmente relevante, “Atención segura durante toda la vida”.

La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor de uno de cada diez pacientes sufre daños durante la atención sanitaria y que más de la mitad son prevenibles.

La Organización Mundial de la Salud estima que alrededor de uno de cada diez pacientes sufre daños durante la atención sanitaria y que más de la mitad son prevenibles.

No es casual. Las enfermedades no transmisibles producen aproximadamente el 74% de las muertes en el mundo y obligan a millones de personas a relacionarse con el sistema sanitario durante años.

Pensemos en algo cotidiano: una persona de 70 años con hipertensión, diabetes, insuficiencia cardíaca y enfermedad renal. Puede tener un médico clínico, un cardiólogo, un endocrinólogo y un nefrólogo; consumir seis u ocho medicamentos; realizarse análisis periódicamente; concurrir eventualmente a una guardia y, en algún momento, requerir una internación. Cada uno de esos contactos puede ser correcto por separado y, sin embargo, el resultado global no serlo.

Ese es uno de los grandes problemas de la fragmentación sanitaria, podemos tener buenos profesionales trabajando dentro de un sistema que no siempre consigue conectarlos entre sí.

Y esta discusión se relaciona inevitablemente con otras que venimos planteando. Cuando decimos que la verdadera infraestructura sanitaria no son solamente los edificios sino también las personas, hablamos de seguridad del paciente. Cuando advertimos que incorporar tecnología sin transformar la organización no alcanza, también. Y cuando señalamos que un sistema fragmentado obliga al ciudadano a convertirse en coordinador de su propia atención, estamos hablando del mismo problema.

También cuando sostenemos que una indicación que el paciente no comprende es una indicación incompleta. La seguridad también depende del entendimiento.

Un paciente que sale de una internación sin comprender qué medicamento debe suspender, cuál debe comenzar, cuándo realizar el próximo control o ante qué síntoma consultar nuevamente no recibió toda la información que necesitaba, aunque técnicamente su tratamiento haya sido correcto.

Por eso la seguridad del paciente no puede reducirse a evitar equivocaciones. Requiere diseñar sistemas que hagan más difícil equivocarse.

Argentina acaba de dar un paso en esa dirección. En abril de este año, el Ministerio de Salud de la Nación aprobó el Plan Nacional de Calidad en Salud 2026-2030, que contempla la autoevaluación de los servicios, la gestión del riesgo, comités de calidad, capacitación permanente y sistemas de notificación de incidentes y eventos adversos. Este último punto es fundamental.

Un sistema sanitario seguro no es aquel en el que nadie reconoce errores. Es aquel que los detecta, los registra, los analiza y aprende de ellos antes de que vuelvan a ocurrir.

Por supuesto que existen responsabilidades individuales y una negligencia no puede relativizarse. Pero reducir todos los eventos adversos a la conducta de una persona puede impedir observar algo más profundo: detrás de muchos errores existe una cadena de pequeñas fallas organizacionales.

Horarios excesivos. Información incompleta. Protocolos poco claros. Sistemas informáticos que no se comunican. Cambios de turno deficientes. Falta de personal. Estudios dispersos en diferentes instituciones.

La pregunta, entonces, no debería ser solamente “¿quién se equivocó?”, sino también “¿qué permitió que esto ocurriera y cómo evitamos que vuelva a suceder?”.

Mendoza tiene aquí una oportunidad. La provincia viene avanzando en digitalización, conectividad e historia clínica electrónica. Según información oficial, la Historia Clínica Electrónica provincial ya alcanza a unos 550.000 pacientes y contiene más de cuatro millones de registros, con el desafío de avanzar hacia una mayor interoperabilidad.

Es un avance significativo, pero digitalizar información no es lo mismo que integrar la atención. Una historia clínica electrónica adquiere verdadero valor cuando el dato correcto está disponible para la persona correcta, en el momento correcto y permite tomar una decisión mejor. Si simplemente reemplazamos múltiples papeles por múltiples pantallas, habremos modernizado el soporte sin resolver el problema.

Mendoza cuenta además con experiencias institucionales en seguridad del paciente y comités de calidad en distintos hospitales. El desafío es convertir esas iniciativas en una política provincial medible y sostenida.

Y aquí aparece una cuestión central, ¿medimos suficientemente la calidad?

Sabemos cuántas consultas realiza un hospital, cuántas cirugías, cuántos egresos, cuántos estudios y cuánto presupuesto ejecuta.

Pero deberíamos conocer con similar precisión cuántos pacientes son reinternados, cuántas infecciones asociadas al cuidado ocurren, cuántos errores de medicación se detectan, cuántos estudios se duplican, cuánto demora una derivación y cuántos pacientes comprenden realmente las indicaciones que reciben al alta.

Porque contar prestaciones mide actividad. Medir resultados, seguridad y experiencia del paciente mide calidad.

No hace falta comenzar de cero. Argentina tiene un Plan Nacional de Calidad. Mendoza tiene hospitales, profesionales, sistemas de información, experiencias de calidad y un proceso de transformación digital en marcha.

Lo que hace falta es conectar esas piezas y convertir la seguridad del paciente en una política visible.

Se podría comenzar con pocas metas concretas: identificación inequívoca del paciente, conciliación de medicamentos, prevención de infecciones, comunicación segura durante las transiciones asistenciales, seguimiento de resultados críticos, historia clínica interoperable y participación activa del paciente y su familia.

Y medir y publicar los resultados. No para construir rankings de hospitales ni buscar culpables, sino para aprender.

Durante mucho tiempo asociamos el progreso sanitario con nuevas tecnologías. Un resonador más moderno, un robot quirúrgico, un nuevo hospital o un medicamento innovador son avances importantes y fácilmente visibles.

Pero algunas de las mejoras que más vidas pueden proteger son mucho menos espectaculares. Que dos profesionales puedan compartir información. Que una enfermera pueda advertir una inconsistencia antes de administrar un medicamento. Que un resultado crítico genere una alerta. Que al cambiar de institución no haya que reconstruir toda la historia clínica. Que antes de irse del consultorio alguien compruebe que el paciente comprendió qué debe hacer.

Nada de eso suele inaugurar edificios.

Pero también salva vidas.

El Día Mundial de la Seguridad del Paciente debería servir para recordarlo. La próxima transformación sanitaria no dependerá solamente de cuánto gastemos, cuántos profesionales formemos o cuánta tecnología incorporemos. Dependerá también de nuestra capacidad para organizar mejor lo que ya tenemos.

Un sistema de salud verdaderamente moderno no es simplemente aquel que consigue atender a más personas. Es aquel que aprende de sus errores, conecta a sus profesionales, escucha a sus pacientes, mide sus resultados y logra que cada contacto con el sistema sea, además de accesible, lo más seguro posible.

Ese quizás sea uno de los indicadores más importantes de una buena política sanitaria, que después de haber hecho el enorme esfuerzo de llevar a una persona hasta el sistema de salud, el propio sistema no agregue un riesgo que podría haber evitado.

Dr. Oscar Sergio Sagás

Médico especialista en Medicina Interna

Ex Subsecretario de Salud de Mendoza