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Canción de amor a ciertos quebrantos inesperados en las cárceles

Se dan en las cárceles ciertas escenas que conmueven como una canción de amor y sobreviven durante un rato al duro encierro.

En las cárceles, abundan los pájaros y otras aves. Foto Ulises Naranjo

En las cárceles, abundan los pájaros y otras aves. Foto Ulises Naranjo

Ulises Naranjo / MDZ

Hay algunas cosas bonitas en las cárceles que no son bonitas ni hay intención de que lo sean. Una de las más bonitas es el sol de las siestas de invierno. Entonces, los presos suelen salir de sus oscuros calabozos como zombis con resaca de tristeza y caminan hasta el patio, donde hay sol, algún lugar donde sentarse y alguien que acerque un mate. Por protección, los párpados caen y ese calor en los pómulos se siente como la caricia de una madre. Por unos segundos, arde la vida y el infierno se vuelve encantador.

Hay incluso más belleza para delatar, porque las cárceles están llenas de pájaros: palomas torcazas, palomas caseras, gorriones, chimangos, algunas calandrias y chingolos atorrantes con sus cortes punk.

No hay cárcel sin abundancia de pájaros. ¿Por qué será? ¿Es un acto de crueldad o uno de amor de la naturaleza? Las aves vienen por las migajas. Ignoran que detrás de cada migaja hay un condenado sembrándola para propiciar la visita. Así se formaliza el trato: los pájaros bajan hasta los patios de los pabellones a comer y, a cambio, dejan sus cantos y el aura de su inocencia. Es una justa transacción: los plumíferos se alimentan y las personas privadas de libertad olvidan por un rato que son deudores pagando con encierro sus errores.

No sólo pájaros hay en las cárceles, las aves rapaces también se acercan. Foto Ulises Naranjo

No sólo pájaros hay en las cárceles, las aves rapaces también se acercan. Foto Ulises Naranjo

Horas después, con la calma nocturna, el trato se transforma en pacto a través de un intercambio más profundo: el penoso ajetreo existencial de mantenerse con vida deja paso a los sueños, esos territorios donde el encierro y la libertad pasan a segundo plano.

Supongamos, entonces, que sueñan los condenados que son niños con alas y así recuperan la pureza. Sueñan los cautivos que son pájaros y que, como Ícaro, se remontan por sobre los muros hasta morir en el mar. Supongamos también que, al mismo tiempo, en sus nidos, los pájaros sueñan que son reclusos con tatuajes tumberos, cicatrices, dientes con caries, zapatillas flamantes, como de astronauta, recuerdos tortuosos, rosarios de plástico en el cuello, camisetas de fútbol y congojas tejidas en cámara lenta, al crochet.

Sueñan los reos que son aves y sueñan las aves que son zombis: el pacto se sella. Ningún sueño es mejor que otro. Uno sueña sencillamente lo que no tiene y lo que teme. Los sueños son esos desafíos que todavía no aceptamos. La vigilia es una ceremonia insoportable, un espacio de honestidad que no pedimos. Y el sueño, ese caldo en que se cuece nuestra vida por la espalda.

Qué aburrimiento.

Una golondrina reposa en una cárcel de Mendoza. Foto Ulises Naranjo

Una golondrina reposa en una cárcel de Mendoza. Foto Ulises Naranjo

Hay que levantar los párpados y comprobar que el pabellón sigue allí y el sol sigue allá. Agosto no termina nunca. Agosto es el peor mes del año, sin duda alguna. Vale la pena gastarlo sólo porque deja a tiro septiembre y porque el sol y los pájaros siguen bajando hasta el patio.

Ahora mismo nos hemos puesto a tocar la guitarra, sin talento, sin entusiasmo, dejando que se vayan las estrofas como lágrimas que se expanden en la almohada. Lo peor de todo es el olor, agosto y el olor; no hay manera de quitarse estas cosas de encima. No romanticemos: todos aquí somos culpables de algo, personas y pájaros. Estamos condenados y hay que pagar. Malditas aves, malditos cantos, maldito sol: la libertad en agosto viene a burlarse de nosotros. Volvamos a cerrar los ojos.

Ya es setiembre. Qué habrán hecho algunos pájaros, en estas u otras vidas, para tomar la decisión de construir sus nidos en rincones altos de las cárceles. Qué manera de combatir la desazón con testimonio y sacrificio. Me corrijo: no hay manera de que los pájaros sean culpables de nada. Del mismo modo que todas las canciones son canciones tristes, todos los pájaros son la consagración de la inocencia.

Deberíamos escribir una canción que hable de esto, tal vez en octubre. Nos queda una hora de sol. Los párpados vuelven a caer. Qué aburrimiento.

Ulises Naranjo