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De Fredrik Ekelund a Marisol Mikkelson y de Suecia a Mendoza: la viajera transgénero

Era Fredrik, duro estibador, marido ejemplar, padre de cinco, futbolista ofensivo estrella. Ahora, es Marisol, escritora premiada, respetada traductora, mujer ejemplar. Pasó por Mendoza y, ciertamente, quedó marcada por todo aquello que imaginaba y que no fue.
Marisol, en el penal San Felipe, de Mendoza, Argentina. Foto: Ulises Naranjo
Marisol, en el penal San Felipe, de Mendoza, Argentina. Foto: Ulises Naranjo

"Fe & bragas en mano, eres dos, un lugar, un sitio de encuentro, ambos y el pecho sangra, como dije, siempre cortado. Vives aquí, vivimos aquí en la misma dirección, tú & yo. ¡Qué agradable! ¡Qué pequeño es el mundo! ¿Quién eres? ¿Quién soy..?", "Tívoli", de Marisol Mikkelsen

Es la mañana: Marisol Mikkelsen está frente al espejo sin pretensiones de un hotel de poca monta, en un lugar perdido del mundo llamado Mendoza, al pie de una escandalosa cordillera llamada de los Andes, en un país llamado Argentina, en Sudamérica, un lugar que queda bastante más al sur de Norteamérica. 

Se ha puesto su corpiño especial y sus botas bajas con taco; se ha calzado una de sus pelucas, la más discreta, y se ha pintado los labios como se pinta los pómulos un comando de guerra. 

Marisol es esbelta, imponente, llamativa, atlética y bella: demasiado alta, demasiado sueca, para ese espejo tercermundista, clavado a imagen y semejanza de las estaturas de otras y de otros, distintos de sus ojos. 

Es, naturalmente, una mujer segura de sí misma, pero no tanto de las reacciones de los habitantes de esta ciudad patriarcal, machista, honestamente básica y conservadora que visita. Al menos, eso cree, frente al espejo. 

Marisol frente al espejo. (ViLäser)

Por eso, Marisol se detiene en su imagen e intenta determinar el tamaño de su desafío: ir a leer sus poemas a una cárcel masculina de la ignota Mendoza, con ropa ajustada, peluca carré y labios muy rojos. Este desafío le recuerda otro mayor, de hace unos años, en Malmö, su ciudad natal de Suecia, cuando Marisol era Fredrik Ekelund. Vamos a él. 

Es la noche más importante en la vida de Fredrik: es la noche en la que deberá dar un paso al costado de todo lo que ha construido de sí mismo; está a punto de pronunciar el discurso más importante de su vida. No han de ser muchas palabras, pero sin dudas es la noche en que asumirá el acto de valentía más sublime que haya imaginado: olvidarse de sí mismo, afirmarse en sí misma. 

Por eso, Fredrik vuelve a mirar se al espejo para reunir valor. Todo lo que tiene habrá de ponerse en juego: esta es la noche en la que intentará probar que el amor es tan preciso como una ley física, tan poderoso como un tigre bajo el agua, tan necesario como los verbos y los sustantivos. 

Desde el baño de su hogar portuario, ya no escucha las olas y el planeta todo parece detenido. Vuelve a mirarse al espejo, como despidiéndose de su masculinidad o, más bien, aceptando el trueque de reciedumbre por dignidad. Fredrik mira al espejo y encuentra a Marisol M dándole fuerzas, ella, quien le ha demostrado no sólo el arte de la espera, sino también los ademanes del convencimiento y los extremos de la emoción. 

Allí, a cuatro metros, en el living, están riendo y charlando sus cinco hijos, esos que aman a su padre y que saben todo lo que tienen que saber, aunque ese todo sea un casi todo. 

Debe hablar con sus hijos, decirles que todo lo que ha dado por ellos quedará flotando en la memoria, que los ama, sí, pero que ha elegido ser otra persona: Fredrik es ahora Marisol. Eso debe decirles. Y repetirles que los ama infinitamente.

A fin de ablandar las miradas, ha servido unas caipiriñas. Sabe que cuenta con el apoyo de su esposa, quien ya bendijo a Marisol, pero –aun así– falta lo más difícil: tener que enfrentar a sus hijos y confesarles que ha elegido ser una mujer y que, nueva repetición, esa mujer también los ama infinitamente. Vamos otros años hacia atrás.

Todo comenzó hace mucho, todo comienza hace mucho en la vida de cualquiera. Siempre hubo determinadas señales, breves encantamientos, fulgores repentinos, pero no mucho más. ¿Quién no ha jugado a ser otra persona? ¿Quién no se ha cansado de sí mismo? ¿Quién no se ha dejado seducir por la transformación del estupendo gusano en liviana mariposa? 

Sin embargo, hubo un punto de quiebre. Revelaremos una escena ocurrida dos años antes de la confrontación con sus cinco hijos. Fue una noche, en la que caminaba solitario por una calle céntrica de Estocolmo. Fredrik venía de beber cervezas con sus amigos: hombres recios como él, estibadores de fuertes brazos como él, fanáticos del fútbol, de las risotadas, del aguardiente snaps y de las mujeres con tatuajes y de los barcos a vela, porque, en aquellas aguas bravas, esas son naves al mando de valientes. 

Ensimismado, Fredrik caminaba por la céntrica calle solitaria, cuando le sucedió algo excepcionalmente drástico y perturbadoramente excitante: de pronto, en una vidriera vio el maniquí de una mujer y, en él, el concepto de lo sagrado femenino detenido en el movimiento exacto. 

Y han de creer, esforzados lectores, que fue entonces, cuando aquel duro estibador de ojos casi verdes y bigote robusto, aquel futbolista semiprofesional, delantero ofensivo, aquel conductor de taxis, aquel padre de cinco hijos y marido fiel, de pronto, se sintió atravesado por una espada de luz. Azorado, confundido, embelesado, el hombre se detuvo a regocijarse con la femineidad de las curvas provocativas del maniquí, pero no como quien imagina penetrando esas curvas con sus torpes toros verticales, sino como quien se vuelve curva tibia, fuente y no peñasco y, de ese modo, aleja de sí toda inquietud. Fue, lo supo al instante, una epifanía.

- Fue algo cautivador. Me sentí hendido por esa imagen y no volví a ser la misma persona. La maravilla trajo también la dificultad. Fue muy difícil para mí hacerme cargo. Tenía 50 años, una esposa y cinco hijos; tenía mis amigos estibadores del puerto, los amigos del fútbol, pero, sobre todo, estaban mis cinco hijos. Se lo conté a mi esposa y ella me entendió y me apoyó y siempre se lo agradeceré, pero tenía que juntar fuerzas y enfrentar a mis hijos… Esos me llevó dos años.

Volvamos, ahora, al living hogareño y a Marisol disfrazada de hombre en el baño, a metros de sus hijos. Ahora, ella se sienta y toma un trago de su caipiriña. Inmediatamente, con suma gravedad, se dirige a sus hijos y les cuenta su verdad, con pavor y dramatismo.

- ¿Qué recibiste de tus hijos al contarles?

- Amor. Ellos me dieron amor y me lo siguen dando hasta el día de hoy. Una de mis hijas hasta hizo una película sobre mí: "Marisol". Ella se llama Amanda Erixon Ekelund y la hizo junto a Stefan Berg. Se mostró en los cines el año pasado y en la television sueca en febrero de este año

- ¿Por qué elegiste Marisol Mikkelsen, ese nuevo nombre para tu nueva vida? 

Tomé Marisol como homenaje a América Latina y Mikkelsen es un apellido danés, porque Dinamarca, en particular Copenhague, me ”salvó” cuando entendí que era trans

Marisol Mikkelsen y su hija, Amanda Erixon Ekelund. (Foto Anders Wiklund)

Ahora, saltemos al presente y veamos a Marisol en Mendoza, Argentina, en un hotel cualquiera, mirándose al espejo y pensando que, en minutos, habrá de estar frente a los ojos de cientos de presos marrones, desaliñados y de baja estatura, llenos de horribles cicatrices tumberas y de tatuajes de lágrimas en los ojos y de la palabra “madre” en los antebrazos, presos primordiales que han abandonado la escuela y que nada saben de Suecia y del mar Báltico y de las luces de los puertos y de la blancura de la nieve y de las lenguas de fuego en las estufas en invierno.

Marisol ha vivido lo suyo hasta llegar a plantarse ante un puñado de presos del Tercer Mundo, que no imaginan que ella, en Suecia, es una escritora con suceso y laurel, una reconocida traductora e intérprete, que ha publicado 23 libros, muchos de ellos novelas policiales, otros de fútbol y que ha estudiado en la magnífica Paris y en la antiquísima Lund y que ha aprendido a hablar español perfectamente, gracias a muchos amigos chilenos que, por miles, llegaron a Malmö en los ’70 y los ’80, huyendo de aquel gran cabrón llamado Augusto Pinochet Ugarte. Y se sabe: la gente, cuando sufre, utiliza un abanico de palabras más amplio que el que otorga la estúpida felicidad.

Marisol M vino a Mendoza a participar del Festival Internacional de Poesía “VaPoesía”, que, cada año, pasa por esta provincia y lleva a poetas a lugares alternativos de los afelpados círculos académicos. Por caso, este año, Marisol y el resto de los invitados fueron a comedores comunitarios del cinturón urbano, a una escuelita de “El Puerto”, en el secano de Lavalle, a bibliotecas barriales y, como en otras ediciones, a varias cárceles, para que personas privadas de su libertad compartan con ellos, de a puñados, de a racimos, las palabras. 

Por eso, es que Marisol está en baño del hotel mendocino. Ciertamente, tiene miedo de ir a una prisión del Tercer Mundo como Marisol, el precio de ser auténtica puede ser alto en un sitio semejante. Se sabe impactante: nadie dejará de mirarla, porque nadie nunca deja de mirarla. Tiene a su favor su entusiasmo y cierto optimismo, después de enterarse de que, llamativamente para ella, no habría ningún inconveniente en que vaya a una cárcel, con su nueva y estruendosa personalidad.

- Te confieso que no es fácil para mí ir a una cárcel de un lugar tan distinto. Me preparé para recibir malas miradas, malos comentarios, burlas, insultos y cosas por el estilo.

Así las cosas, cierto es que, antes de ir al penal San Felipe, Marisol preguntó si podría ir vestida de mujer, tal como se percibe. Llegó a pensar incluso en ir ‘disfrazada’ de hombre, para no perderse de tal experiencia, pero tuvo el tino de animarse a preguntar y la respuesta la llenó de asombro: “Mirá, Marisol, dicen desde el Servicio Penitenciario que seas vos misma, que vayas como quieras, que te vistas como se te cante el culo, porque serás bienvenida, pues en las cárceles mendocinas se contempla absolutamente la diversidad”.

No fue una respuesta ostentosa y vacía: cierto es que, en el sistema penitenciario de Mendoza, hay un pabellón de diversidades, donde se cumplen condenas con estricto respeto de las identidades de género. Es un espacio en el que conviven personas transgénero, homosexuales, bisexuales y heterosexuales. Cada quien se viste como gusta y cada persona es identificada según sus elecciones. Ya lejos quedaron las épocas en que, la primera humillación que recibía un travesti preso, era que le cortaban el pelo y lo obligaban a vestirse con ropa de hombre. 

- ¿Y qué recibiste de los presos y los penitenciarios de Mendoza?

- Respeto, cariño, buen humor, abrazos y besos, canciones, confesiones, amor

La amena charla en el penal San Felipe. (Foto: Ulises Naranjo)

Imaginen a Marisol, junto a colegas de Colombia, Buenos Aires, La Pampa, Neuquén y Mendoza, compartiendo en la cárcel de San Felipe y también en el penal de Jóvenes Adultos. El resultado fue encantador.

Marisol no calló nada: contó su vida a jóvenes detenidos: su pasado, lo difícil de asumir quién era, el enfrentar a su familia y a sus amigos, su temor ante lo que Vladimir Putin pueda hacer en Europa y también se dio el gusto de leer poemas sobre puertos, estibadores, putas, futbolistas, exiliados, islamistas que ametrallan a homosexuales en una discoteca, una tormenta en el mar, maniquíes, amigos que murieron y barcos, por supuesto, porque en todo poema que se precie debe haber un barco, aunque sea fantasma.

Todas las dudas se esfumaron, todos los prejuicios quedaron derribados. La visita a los penales finaliza con aplausos para ella, con abrazos y con besos de cada una de las personas con que se cruza. Sigue esa tarde en un café, con medialunas con manteca, sánguches de miga y charlas sobre fútbol y literatura.

- En verdad, todo esto es una gran sorpresa para mí. Quiero llegar a Suecia y contarlo a mis hijos y mis amigos. Y también escribirlo. Todo es distinto de lo que suponía. Todo ha cambiado mucho: para los chilenos que yo conocía era peor ser ‘maricón’ que ser ‘pinochetista’. Ahora, aquí y en Chile he visto chicas de la mano o besándose en la calle, algo que aun en Suecia es difícil de ver. Hace unos días, caminando por Santiago de Chile, encontré una fiesta callejera en el parque San Borja, con cientos de personas trans y gays bailando en plena calle. ¡No lo podía creer! 

Ya saliendo del pabellón, se detiene a ver a un grupo de prisioneros que juegan al fútbol: “Quiero ver el estilo de juego”, soltará. Está contenta y, ante esa imagen, resulta inevitable, para éste que firma esta crónica epiléptica, no invitarla, junto a todas y todos, a cenar a su casa. 

Es noche: puntuales, como luteranos suecos, los invitados acuden a la invitación y caen como presos sobre la picada de fiambres con aceitunas negras caseras con Cynar con tónica; después, sobre el pastel de papas y el de camote y, claro, sobre los vinos malbec y tempranillo. Están la colombiana Mery Yolanda Sánchez, los bonaerenses Lucrecia Handula y Ricardo Gutiérrez, la mendocina Marta Miranda y Marisol Mikkelsen, la sueca de Malmö. 

Hay música y poesía en vivo, con una íntima actuación del cantautor mendocino Facundo Jofré, quien suelta canciones propias y también versiones de zambas de Raúl Carnota y Ariel Ramírez, algún tango de Eladia Blázquez, y una de Los Redondos y, sobre el final, la soprano dueña de casa, Griselda López Zalba, regala un aria de la ópera “Gianni Schicchi”, de Giacomo Puccini.  

Marisol lo disfruta, complacida, copa en mano; nada mal para una noche tercermundista. Son muchos conceptos a revisar y su sonrisa silenciosa y pasmada parece sintetizarlo todo, pero no es cierto. Ese silencio, a qué dudarlo, está lleno de palabras, sustantivos y verbos que habrán de brotar en Malmö, tal vez lentos y dulces, como llegan los atardeceres al puente de Øresund.

Entrada la noche, pregunta sobre un preso que conoció en la prisión: un joven diminuto, un tanto ensimismado, que cabalga desbocado hacia la pérdida total de su visión; un joven sobreviviente de los barrios hostiles, un niño sin infancia, un torpe malandrín devenido en rapero estrella de los pabellones de San Felipe. Ese mismo que soltó a Marisol M algunas rimas petulantes y espontáneas y unas estrofas románticas y malheridas; el que canta animado por sus compañeros, que lo cuidan, que lo quieren bien y que admiran al que casi ya no mira. 

Marisol quiere saber qué sucede a personas como esa en el Tercer Mundo y escucha: “Nacen, viven y mueren condenados. Incluso antes de nacer, se inicia la condena, porque los primeros palos los reciben estando aún en la panza de su madre”. 

- ¿Y quiénes van a parar a las cárceles mendocinas? 

- Las personas pobres, con familias quebradas, las que abandonaron la escuela pública y empezaron a tomar malas decisiones, las que no aprendieron a robar con elegancia y carecen de contactos

Hace silencio: está cansada, se deja caer en un sillón junto a un gato, como un emperador romano. Hay demasiadas cosas en su cabeza como para seguir dialogando y los vinos mendocinos son demasiado encantadores. Además, tiene una invitación para el día siguiente, para ir hasta un espacio que es una metáfora mendocina: Lagunas del Rosario, en el pecho mismo del secano lavallino. 

Sabe que no tiene las fuerzas suficientes y que, al amanecer, deberá negociar con el espejo otra vez, ver el modo en que vuelva a suceder eso de acostarse como gusano y despertar como mariposa. Marisol Mikkelson es Gregorio Samsa, pero al revés. 

Ulises Naranjo (texto, video y fotos)