"Héroes y villanos de la medicina": Las atrocidades de la medicina y los médicos detestables

El próximo 29 de Mayo, la Universidad del Aconcagua presentará la segunda edición del libro "Héroes y villanos de la medicina. Las dos caras de la moneda", un libro del médico Sergio Dragoni que aborda la ética médica, proezas e ilustres médicos, atrocidades y detestables médicos, y la tortura médica. Todo, en dos tomos. Aquí, un anticipo exclusivo de lo malo. Las referencia sa lo bueno, abundan en un trabajo de investigación y recopilación del alto nivel y gran utilidad.

Dr. Sergio Dragoni

Mengele en acción.

Capítulo XVII: Josef Rudolf Mengele

Cuando nace un niño judío o cuando una mujer llega al campamento con un hijo, no sé qué hacer con la criatura. No puedo dejarla en libertad, pues ya no hay judíos que vivan en libertad. No puedo permitir que viva en el campamento, pues no contamos con facilidades que le permitan desarrollarse con normalidad. No sería humanitario enviarlo a los hornos sin permitir que la madre estuviera allí, para presenciar su muerte.

Por eso envío juntos a la madre y a la criatura.

Josef Rudolf Mengele

La portada del libro.

El Ángel de la Muerte

Josef Mengele es, sin lugar a discusiones, el ícono de la villanía en Medicina. Las atrocidades de este médico nazi, son muy difíciles de relatar, pero es obligación del mundo conocer lo que hizo y no dejarlo oculto por el manto piadoso del desconocimiento. Olvidar el genocidio de seis millones de personas es repetirlo. Dicen, que los que se olvidan de los errores del pasado están condenados a repetirlos, roguemos y luchemos para que esto no suceda.

El padre de Josef Mengele era Karl Mengele y su madre, Walburga Hupfauer. Se habían casado en 1908. Un año antes, Karl Mengele se había hecho cargo de una pequeña fábrica de maquinaria agrícola, establecida en Günzburg en 1872. Era una persona muy

ambiciosa y a su vez muy inteligente. En su pequeña empresa tenía siete empleados, y

comenzó fabricando máquinas trilladoras. En su fábrica no pasaba mucho tiempo, sino en un estudio que tenía en una segunda planta, diseñando nuevos artefactos para cortar forraje, trillar remolacha, cortar barcia y esparcir estiércol. Es decir, facilitar y sistematizar el trabajo agrícola. Lo cual consiguió, logrando empresarialmente un rápido éxito: a cuatro años de los inicios, pudo comprar el primer auto para su negocio, un Mercedes (denominación en esa época de la que posteriormente sería marca Mercedes Benz).

En 1911 Karl Mengele, además del auto nuevo, tuvo su primer hijo, Josef, llamado así por su abuelo. Günzburg estaba dividida principalmente por dos clases sociales, en la Oberstadt, parte alta de la cuidad, vivían los profesionales, médicos, funcionarios y empresarios. En el Oberstadt, vivían los Mengele. Los más humildes vivían en la Unterstadt. Josef, Beppo para sus amigos, no era un niño sano. Pasó mucho tiempo de su infancia en cama por interminables enfermedades respiratorias y otras propias de la niñez. No tuvo talento para los deportes, en los registros de la SS, anotó como habilidades deportivas el montañismo y el automovilismo. Aunque su familia era adinerada, y habría podido pagar un colegio privado, Josef y sus hermanos asistieron a escuelas públicas. Se inscribió primero en un colegio primario y luego en el Gymnasium. Este colegio, era el indicado para quienes querían seguir con sus estudios universitarios.

La religión de la familia Mengele era el catolicismo romano, de acuerdo con la preferencia predominante entre los bávaros. Wally Mengele era muy devota y estricta, pero los hijos asistían irregularmente a la Iglesia. Karl también era sumamente estricto y era frecuente que entrara a los gritos en su empresa.

Si bien Josef Mengele parecía haberse hipnotizado por la oratoria de Hitler, recién a los veinte años, se alistó a los Cascos de Acero; el 29 de mayo de 1931. Los nazis comenzaron a hacer su aparición en Günzburg en 1922, se cree que en esa década el padre de Mengele ingresó activamente al ala bávara del partido. Durante su campaña política, Hitler habló dos veces en Günzburg.

En la segunda ocasión que Hitler visitó Günzburg, el padre de Mengele proporcionó el salón de su fábrica para el discurso. El Führer fue vitoreado por unas ocho mil personas. Acción que redundaría, posteriormente, en beneficios para su próspero negocio. Mengele siguió en la universidad y recibió el doctorado en Filosofía y la promoción en Antropología.

En 1935 comenzó su tarea de investigador en el Instituto de Herencia Biológica e Higiene Racial. Recién en 1938 puedo entrar a la elitista SS. La SS luchaba por proteger la mezcla racial. Todos los miembros debían presentar su pedigrí, donde se rastreaba el linaje, por vía materna y paterna, a lo largo de al menos ciento cincuenta años. Josef Mengele estuvo entre los que presentaron obedientemente su ficha al Sippenbuch (registro de pedigrí, como se lo llamaba). Los candidatos debían acompañar datos de una Biblia familiar y de los registros de las iglesias. Debían procurar demostrar, en forma absoluta, una ascendencia de raza aria pura.

Luego que logró ingresar a las filas del ejército alemán, participó en sangrientas batallas. Los alemanes, con muchísimas bajas, lograron dominar Rostov para tratar de llegar hacia los campos petrolíferos de Maykop. 

En el otoño de 1942, el ataque se paralizó allí; más hacia el norte, las unidades alemanas que atacaban Estalingrado tenían problemas graves. Los ejércitos nazis no podían seguir avanzado, aún tras haber incorporado a ucranianos descontentos y cosacos antisoviéticos. Mengele resultó seriamente herido en aquellas incursiones y fue enviado a Alemania para recuperarse. Debido a la participación destacada en aquella campaña, recibió una Cruz de Hierro de primer grado, otra de segundo grado y la condecoración acostumbrada por los servicios contra el ejército rojo.

Mientras se recuperaba de sus heridas, había establecido contacto con su antiguo profesor, Otmar von Verschuer. En 1942, von Verschuer, había sido nombrado director del Instituto Kaiser Wilhelm de Genética y Eugenesia Humanas, situado en Dahlem, un suburbio de Berlín. Von Verschuer había seguido apoyando apasionadamente el racismo nazi; en 1942 declaró tenemos leyes que protegen la sangre y la salud hereditaria alemanas, pero no sólo estas leyes especiales, sino todo el liderazgo y los logros del estado actual tienen plena conciencia del valor de de los conceptos de herencia y raza. Este concepto de raza se ha convertido ahora en el principio subyacente de la solución al problema de los judíos.

Mengele, siguiendo los pasos de Von Verschuer, había desarrollado un fuerte interés por los gemelos como clave de los secretos de la herencia y de la raza. Von Verschuer y el doctor Ferdinand Sauerbruch, el cirujano más destacado del país (que más tarde se volvería antinazi), hicieron arreglos para financiar las investigaciones que Mengele pensaba realizar en Auschwitz. La elección de este lugar como campo de acción tenía buenos motivos. El coronel Lolling, de las SS, comandante médico de la cadena de KZ, dijo ante un público, en abril de 1943, que Auschwitz establecería “una estación experimental fisiológica y patológica”, vinculada a los grandes centros de la Medicina alemana en Heidelberg, Munich, Berlín y Königsberg. Hasta los médicos prisioneros de Auschwitz se impresionaron ante esa propuesta de dedicarlo a la ciencia.

¿Pero qué era Auschwitz? Era el Konzentrationslager Auschwitz, nombre en alemán, del campo de concentración creado en mayo de 1940 y dirigido por oficiales de la SS, situado en la región polaca de Oswiecim, a sesenta kilómetros al oeste de Cracovia. Auschwitz estaba constituido por tres complejos, el principal llamado Auschwitz I, el II llamado Birkenau y el III, llamado Monowitz.

El Auschwitz I fue habilitado en 1940, era para prisioneros de guerra, en un primer momento, luego enemigos políticos polacos y soviéticos, judíos y resistentes de otras naciones. El Auschwitz II, Birkenau, habilitado en octubre de 1941 era para judíos y gitanos. El Auschwitz III, Monowitz, inaugurado en marzo de 1942 era un campo de trabajo forzado en beneficio de las fábricas IG Farben (Interessengemeinschaft Farbenindustrie), el complejo químico más importante del mundo, con mano de obra esclava. 

Esta empresa era la dueña de la patente del gas que se utilizaba para el exterminio y que veremos más adelante.

Cuando sus heridas hubieron cicatrizado, Mengele fue declarado, no apto para volver a la zona de combate. Por lo tanto, se ofreció voluntariamente para un nuevo puesto: Lagerarzt, médico de campamento, en una instalación edificada en el sudoeste de Polonia: Auschwitz. Cuando el capitán Josef Mengele asumió sus funciones el 24 de mayo de 1943 como uno de los veintidós médicos del campamento de Auschwitz, el proceso de aniquilación organizado por Rudolf Hoess estaba en La policía secreta, es decir la Gestapo, y las SS con el Dr. Goebbels como mentor, habían preparado tiempo previo a la guerra una astuta campaña propagandística que ponía a Polonia como agresor de Alemania. Esto despejó el camino de los alemanes para sus planes de aniquilación. Inclusive cuando empezaron a llevar a los polacos en los trenes a los campos de concentración, eran apedreados por la población civil, sobre todo por los campesinos que tenían escaso nivel cultural. Odio que parcialmente desapareció luego de la guerra, cuando gran parte de la población alemana se dio cuenta de la masacre y mentira de la cual eran protagonistas e indirectamente cómplices.

Cientos de miles de deportados de Polonia, Holanda, Bélgica, Francia, Italia, Alemania, Yugoslavia, Grecia, Rumania, Checoslovaquia y Hungría eran encerrados en los vagones durante varios días y llevados a los campos de concentración. El hedor dentro de los vagones era insoportable, debían hacer sus necesidades en ese lugar sin espacio. El hambre y la sed desesperante ponían irritables a los pasajeros. En algunos casos cambiaban joyas o relojes por raciones de comida o agua.

Cuando llegaban a destino, se bajaban los que podían, con los ojos parpadeantes, entreabiertos, por tantos días sin ver el sol. Cansados, con miedo, sucios, enfermos, sedientos y con hambre, hombres mujeres y niños se aferraban los unos a los otros, mientras los guardias les arrebataban las maletas y otros equipajes.

Con la boca hinchada por la sed, narraba un prisionero que al llegar un contingente, un pequeño niño de cabellos rubios rizados corrió a un grifo que goteaba agua. Inmediatamente, Mengele le prohibió con voz imperativa que usara el mismo porque el agua estaba contaminada. Tocándole la cabeza y con tono paternalista, le explicó que era para máquinas y automóviles. Que le haría mal. Mandó Mengele a un subalterno a anular el grifo. Posteriormente, le indicó a la criatura que corriera a una de las barracas que había café y pan. El niño corrió desesperado y lo seguían los adultos, primero despacio y con precaución, luego en loca carrera. El destino era el exterminio inmediato. No existía café ni pan. Mengele se reía a carcajadas como nunca más se lo vio disfrutar.

En el tren quedaban siempre numerosos cadáveres, eran ancianos, pequeños o enfermos que no soportaban el largo viaje sin ingesta de líquidos y comida.

Algunos estaban tan débiles que no podían dar los pocos pasos necesarios para descender y quedaban en los vagones. La confusión era total, los guardias que gritaban e insultaban, los perros que ladraban e intentaban morder a un pobre gentío que no entendía la pesadilla que pasaba ante sus ojos. Muchas veces el recibimiento era con palabras como estas:

– Ustedes, h. de p., recen ahora, porque van a un lugar que ni se lo imaginan.

Los recién llegados se calmaban un poco al ver la orquesta tocando música clásica o al escuchar el primer discurso que hablaba de ¡trabajo y dignidad! Sin embargo, no todo podía ocultarse, las llamaradas que llegaban hasta el cielo y el horrible olor acre, dulzón, a carne quemada, asustaba. Se pegaba en las ropas y en el alma.

Era un hedor imborrable. Además, allí estaban hombres de harapienta vestimenta a rayas blancas y negras, obviamente eran los prisioneros, empleados como mano de obra en trabajos forzados. Se denominaban sonderkommando. Estos infortunados, tenían que ser testigos del daño a sus pares, muchas veces familiares directos, debían retirar las pertenencias de los recién llegados y sacar los cadáveres de los trenes, además amontonaban el equipaje.

Los sonderkommando se mezclaban como “muertos–vivos” entre los recién llegados y los nazis. Mengele recorría el andén, durante la primera selección, en busca de lo que lo obsesionaba: gemelos. Era un tipo frío, apuesto, perfumado, impecable, de mirada glacial, tono de voz inalterable, sereno pero imperativo. Era inaccesible e infundía pavor aún entre sus propios subordinados. No tenía aspecto de científico, con capote militar, un cigarrillo o un látigo en su mano derecha, su aire era soberbio y seductor. Sus ademanes parecían estudiados. Los del sonderkommando, conociendo lo que el médico buscaba con ahínco, les decían en voz baja a los recién llegados que presentaran a sus hijos gemelos. Los padres se apresuraban a reunir a los hijos que tenían aproximadamente la misma edad y parecido aspecto, y les enseñaban algunas respuestas. Los niños se presentaban diciendo:

–¡Wir sind Zwillinge! (somos gemelos).

Esa presentación les daba un tiempo más de vida, pero inesperadamente dolorosa.

Mengele fue reconocido por muchos testigos como el “seleccionador” de ingreso a Auschwitz-Birkenau. En un primer momento se formaban en fila los jóvenes y los que podían trabajar, y en otra fila, los ancianos, enfermos y aquellos que no podían trabajar. Los de la segunda fila estaban condenados inmediatamente a morir. Con un simple gesto o movimiento, Mengele engrosaba esta fila, era su decisión la vida o la muerte. Obviamente, que casi siempre, era la muerte.

Los nazis eran muy detallistas para que los prisioneros ignoraran hasta último momento su destino. Cuando ya se decidía la eliminación, eran obligados a marchar por un sendero bordeado de pasto hasta una escalera que los conducía a una gran sala, subterránea, la cual tenía escrito en alemán, francés, griego y húngaro: “Baños y salas de desinfección”. De unos doscientos metros de largo, con hileras de columnas centrales y bien iluminadas, alrededor de las columnas y a los costados de las paredes había bancos y perchas numeradas. Las cámaras de gas, eran recintos subterráneos o barracones generalmente disfrazados o simulados como duchas colectivas. Estaban completamente aisladas y contaban con un sistema que introducía monóxido de carbono. Este último se utilizó al comienzo del genocidio. Luego se usó, en forma permanente y hasta el final, el gas Zyklon B. La capacidad variaba en estas instalaciones, pero cabían de mil a dos mil reclusos, aproximadamente.

En el momento que ingresaba la totalidad de los prisioneros, se les decía que se desnudaran y también, vilmente, que recordaran el número de perchas para evitar “posteriores inconvenientes”. Había perplejidad, en un primer momento,  rincipalmente en las mujeres, ante la orden impartida de desnudarse. Un ataque flagrante al pudor y la dignidad. Pero tenían que aceptar resignadas. Los sonderkommandos asistían a ancianos paralíticos y dementes para desvestirse. Posteriormente un SS se dirigía a una gran puerta de roble en el extremo de la sala y a través de ella pasaban los prisioneros a otra habitación similar. Cuando estaban todos adentro, la puerta se cerraba y se apagaban las luces. Afuera, en un vehículo, venían un SS y un suboficial elegido por el mando alemán. Este último llevaba latas verdes, Zyklon B.

El suboficial, con máscara antigases colocada, se dirigía a las chimeneas u orificios que sobresalían del techo de la cámara e introducían el letal gas. En un primer momento, los prisioneros sufrían sofocación. Posteriormente, perdían el control de los esfìnteres, por la anoxia. Como resultado de ello, las víctimas se orinaban y defecaban sin control, mientras que las mujeres en regla menstruaban desmesuradamente. Luego venía la inconsciencia, coma y muerte después de alrededor de los veinticinco minutos. Como el gas actúa inhibiendo el ciclo respiratorio, las víctimas perecían por asfixia, mientras sufrían espasmos y convulsiones. Los cuerpos estaban desgarrados por la lucha inútil y las bocas y narices sangraban, los rostros quedaban tumefactos y azulados.

En las memorias de Nyiszli Miklos, uno de los escasos supervivientes el sonderkommando de Auschwitz y médico patólogo de profesión, refería  eue encontraban en la cámara de gas los cadáveres en capas. Debajo los más débiles (ancianos, niños), en el medio las mujeres y encima los más jóvenes y fuertes. Como dije anteriormente, la muerte no era instantánea, como puede deducirse, sino debida a una sofocación, relativamente lenta. Las paredes estaban aisladas acústicamente y el operador miraba el desarrollo del proceso por una mirilla de vidrio muy grueso. Sin embargo, sobrevivientes narraban que se podían escuchar igual los desgarrantes gritos de las víctimas.

Un sobreviviente polaco de Auschwitz-Birkenau narraba crudamente la experiencia de un grupo de gitanos a los que Mengele hizo bailar y cantar toda lo noche y luego fueron llevados a la cámara de gas. Decía de estos prisioneros gitanos, al momento de la ejecución, que los gritos, insultos y maldiciones que emitían eran desgarradores, de una magnitud tal, como nunca en toda su estadía había escuchado. Rápidamente Mengele después de exterminarlos, se dirigió a revisar los objetos valiosos que pudiesen haber dejado los infortunados gitanos.

Josep Mengele disfrutaba, impasible, contemplar por la mirilla como morían las víctimas. Una vez exterminados, la cámara era ventilada con equipos marca “Exhaustor” por lapso aproximado de veinte minutos para disipar los restos de gas. Los sonderkommando entraban y lavaban los cuerpos con mangueras para retirar la sangre, orina y heces, y así facilitar la búsqueda de objetos valiosos en orificios corporales, antes de proceder a cremarlos.

También se describe la rapacidad de Mengele, como mencione antes, buscaba entre las pertenencias de los desafortunados, joyas, dinero o algún objeto valioso, el cual ocultaba en sus bolsillos si era encontrado. Esto último le permitía retirarse con cara de satisfacción. El procedimiento descripto, podía eliminar en un día de cinco mil a diez mil reclusos.

Sergio Dragoni, el autor del libro

Leé más en los dos tomos de "Héroes y villanos de la medicina".

La presentación.
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