Hace exactamente 50 años, me levanté más temprano
Los recuerdos de un pasado cada vez más lejano fluyen, y a veces es necesario compartirlos, para exorcizarlos.
Pasaban cosas en la escuela a la que yo (con mis escasos nueve años de edad) asistía a cuarto grado.
ShutterstockEn la mañana de un día como hoy, hace exactamente 50 años, me levanté más temprano. Es que el vecino de enfrente me vino a buscar para ir a jugar, porque ese día, inesperadamente, se suspendieron las clases; él iba a la escuela a la mañana, a diferencia de mi caso, que iba a la tarde, lo que le permitió sorprenderme en pleno sueño con la novedad. Lejos, muy lejos estábamos de imaginar desde nuestra corta edad de alumnos de primaria, que ese mismo día empezaba en nuestro país la etapa más terrible de los últimos tiempos.
Pasaban cosas en la escuela a la que yo (con mis escasos nueve años de edad) asistía a cuarto grado; a pesar de vivir en una ciudad que quedaba en el interior de una provincia, que también estaba en el interior del país, en mi escuela pasaban cosas. Entre otras cosas que pasaban, echaron a la señorita Gringa, que era la maestra de música, porque al parecer su marido era “comunista y subversivo”; con el tiempo supe que aquel buen hombre no era comunista, sino que simplemente estaba en contra de ese gobierno militar que había interrumpido a la Democracia, el mismo 24 de marzo de 1976 en el que yo me levanté más temprano para ir a jugar. Eso sí, hay que admitirlo, el hombre era “subversivo”. Porque según leí alguna vez en el diccionario, “subvertir” significa “cambiar el orden establecido”; así es que creería que sí, que el marido de mi señorita Gringa quería cambiar el orden inmoral establecido por ese gobierno de militares, y lo aplaudo, a él y a todos los que en esos años lucharon para cambiar el orden establecido y poder así volver a la Democracia. Ya escribí sobre la señorita Gringa y su familia cierta vez, en este mismo medio, y la nota se titula “ Los subversivos de enfrente”.
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En la escuela, además, yo tenía un compañerito que era hijo de un funcionario del gobierno de los militares; nos enteramos de eso cuando mandaron a dos tipos, muy serios, a pararse en la puerta del curso, de lunes a viernes, de 13:30 a 17:30 hs., para cuidar la integridad de mi compañero. Tenía además otro amiguito, que el día después del 25 de mayo de ese mismo 1976 faltó a clase. Al otro día sí vino, y nos contó que, en la noche del 25, unos hombres encapuchados llegaron a su casa (diciendo que eran de la policía) y se llevaron detenida a su tía; hasta el día de la fecha, medio siglo después, Rosa Sonia Luna no aparece. La luna nueva de esa noche ocultó con su triste penumbra, uno más de los 30.000 atroces casos de desapariciones de personas que ocurrieron, en esos años, en nuestro país.
Dos años después, ya en 1978, salimos campeones del mundo. Y resultó ser que, mientras más festejábamos los goles de Argentina, más impunes se volvían los torturadores y asesinos que comandaban al país: quizá si nos hubieran eliminado en primera ronda del mundial, se habrían salvado algunas vidas; cómo saberlo, son tan solo simples suposiciones de quien recuerda haber vivido aquellos años desde la ignorancia más absoluta de lo que ocurría. A fines de ese mismo año, en el barrio, la presencia militar se hizo permanente y cotidiana: es que a la vuelta de mi casa estaban, para un lado la Compañía Telefónica, y para el otro el edificio de Correos y Telecomunicaciones; dos puntos importantes que pasaron a ser custodiados por el ejército en esos meses de verano en que estuvimos a punto de entrar en guerra con nuestros vecinos trasandinos.
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En esos sitios, de guardia, había siempre un “colimba”. Para quien no entienda esta palabra, vale aclarar que los varones de 18 años “hacían la colimba”, que consistía (supuestamente) en un año de entrenamiento militar brindado por las fuerzas armadas en sus regimientos, distribuidos a lo largo y ancho del país; aunque es necesario decir que “colimba” significa “corre, limpia, barre”, que es lo único que hacían esos adolescentes durante ese año perdido, que pasaban en manos de psicópatas disfrazados de patriotas. Al “colimba” que estaba de guardia, los chicos del barrio siempre le llevábamos frutas, porque era en definitiva uno de “nuestros soldados”; aunque bueno… no eran en realidad soldados, sino tan solo pobres pibes que estaban cumpliendo una pena que, menos de cuatro años después, en las Malvinas, le costó la vida y la salud mental a tantos argentinos…
Y después de la debacle de la guerra de Malvinas y de los fracasos económicos de quienes habían llegado en el ´76 supuestamente para salvar al país, empezó a conocerse la verdad; de la mano de la resucitada música nacional en buena parte, y de quienes empezaban a tener espacios para contar otra verdad, la que no era parte de la historia oficial. Luego de eso, cuando la adolescencia aún corría por mi cuerpo, volvió la Democracia. Y quienes pasamos la juventud en aquellos años, aprendimos a cuidar a esa forma de gobierno, que es, además y sobre todo, una forma de vida.
Actualmente, me parece, los pibes ya no cuidan tanto a la Democracia como la cuidábamos nosotros; y no termino de saber si eso es bueno, o es malo. Malo, porque siempre es necesario cuidar lo indispensable, lo vital; pero quizá tenga también una parte de bueno ese “descuido” por lo democrático. Porque con los años, la Democracia se ha convertido en algo obvio, como la electricidad o como internet: no se piensa en una vida sin ellos; simplemente nos quejamos cuando andan mal, pero sin cuestionar su propia existencia. Y eso que es bueno, ¿o no?
Sea como fuere, en mi ignorancia de niño, en mi desconocimiento de lo que pasaba, tuve una infancia feliz, en el interior del interior del país. Me parece que está bien que los niños ignoren “cosas”, pero estaría bueno que esas ignorancias sean superfluas, menores, ignorancias reparables y poco trascendentes; ignorancias que no le cuesten la vida a nadie, ni la libertad. Dicen por ahí que el conocimiento, libera. Ojalá entonces que, habiendo ya pasado medio siglo del inicio de aquella noche tan oscura, nos liberemos de todos nuestros fantasmas y avancemos, como sociedad democrática, hacia un futuro mejor, (como bien declama nuestra Constitución) para todas las personas del mundo que quieran habitar en el suelo argentino. Que así sea.
* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido.
IG: @prgmez



