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Gracias, Lionel Messi; gracias, Selección argentina

La final no terminó como soñábamos. Pero esta generación consiguió algo mucho más difícil: transformar el exitismo argentino en gratitud.

Gratitud hacia Lionel Messi.

Gratitud hacia Lionel Messi.

Archivo.

Hace exactamente diez años, en un vestuario del MetLife Stadium, un Lionel Messi de 29 años, con la camiseta albiceleste empapada en sudor y lágrimas, pronunció una frase que todavía duele. "Ya está, se terminó para mí. Son cuatro finales... no es para mí." Aquella noche creyó que había llegado al límite.

Diez años después, el destino lo llevó nuevamente al mismo estadio. Regresó convertido en campeón del mundo, bicampeón de América y en una leyenda viva del fútbol. La final ya terminó. España levantó la Copa del Mundo y Argentina volvió a sentir el dolor de una derrota en un partido decisivo. No era el final que soñábamos. Pero hace mucho tiempo que la historia de Messi dejó de depender del resultado de una final.

La verdadera grandeza

Antes de levantar la Copa del Mundo y conquistar América, Messi tuvo que atravesar el desierto más duro de todos: convivir con la derrota, soportar críticas feroces y cargar sobre sus hombros las expectativas de un país entero. Fue precisamente allí, cuando parecía que todo se derrumbaba, donde construyó la parte más valiosa de su legado. Nos enseñó que el talento, por extraordinario que sea, no alcanza sin perseverancia. Que la grandeza también consiste en volver a intentarlo cuando el camino invita a rendirse. Diez años después regresó al escenario donde había vivido uno de los momentos más dolorosos de su carrera. Compitió hasta el último minuto, dejó todo otra vez y se marchó sin el trofeo. Pero hace mucho tiempo que ya no necesita una copa para explicar quién es.

Antes de levantar la Copa del Mundo y conquistar América, Messi tuvo que atravesar el desierto más duro de todos.

Antes de levantar la Copa del Mundo y conquistar América, Messi tuvo que atravesar el desierto más duro de todos.

El regalo más grande

Mientras escribo estas líneas se me llenan los ojos de lágrimas. Son lágrimas de gratitud, pero también de una inevitable nostalgia. Porque después de tantos años disfrutándolo, uno empieza a comprender que cada partido con la camiseta argentina puede ser uno de los últimos. Por eso hoy solo quiero decir gracias. Gracias por enseñarnos que también los más grandes dudan, sufren, caen y vuelven a levantarse. Gracias por devolvernos la ilusión cuando parecía perdida. Gracias por la Copa del Mundo, por las dos Copas América y por una generación de futbolistas que volvió a hacer que millones de argentinos se sintieran orgullosos de su Selección. Pero, por encima de los títulos, nos dejaron algo todavía más valioso: una forma distinta de entender el deporte.

La victoria que nadie esperaba

Durante mucho tiempo los argentinos cargamos con un defecto que nos hizo daño: el exitismo. Parecía que solo había lugar para el aplauso cuando llegaba una copa y que las derrotas borraban todo lo anterior. Esta vez ocurrió algo diferente. La gente salió igual. No para celebrar un campeonato, sino para agradecer. Para reconocer a un grupo de jugadores que durante años representó al país con talento, compromiso, humildad y una entrega que nunca estuvo en discusión.

Quizá esa sea la victoria más importante de esta historia

Ganamos el privilegio de haber sido contemporáneos de una generación irrepetible, la que nos devolvió la ilusión, nos hizo tocar el cielo en Qatar y nos recordó que el orgullo de vestir la camiseta argentina vale mucho más que cualquier resultado. Por eso esta derrota duele. Claro que duele. Pero no borra absolutamente nada. Dentro de muchos años quizá pocos recuerden el resultado de esta final. Lo que nunca vamos a olvidar es todo lo que Lionel Messi y esta Selección nos hicieron sentir durante casi dos décadas.

Gracias, Leo, gracias, Selección

Porque esta vez no hubo vuelta olímpica. Pero hubo algo todavía más grande: un país que aprendió que el amor por sus ídolos no depende únicamente de levantar una copa.

Y esa, quizás, sea la victoria más importante que nos dejó esta generación.

* Eduardo Muñoz. Criminólogo. Creador del Teorema de la Omisión Preventiva. Autor de La doble cara del gol (2026), un análisis criminológico del fútbol y el poder.

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