Presenta:

Federico Andahazi analizó la Argentina actual: "Estamos entre la sátira y lo grotesco"

El escritor presentó El prisionero del yerbatal y habló del mate, la inteligencia artificial, la literatura y la Argentina actual.

Federico Andahazi y su último libre El Prisionero del Yerbatal

Federico Andahazi y su último libre "El Prisionero del Yerbatal"

Tatiana Colangelo / MDZ

Federico Andahazi pasó por Entrevistas MDZ para hablar de El prisionero del yerbatal, su nueva novela, una obra en la que reconstruye la historia de Aimé Bonpland y el secreto detrás de la domesticación de la yerba mate. Con su estilo directo, irónico y reflexivo, el escritor volvió sobre los temas que atraviesan buena parte de su obra: los descubrimientos, los personajes históricos y los cruces entre deseo, poder y conocimiento.

A casi 30 años de la publicación de El anatomista, Andahazi también repasó el escándalo que marcó su debut literario, habló del vínculo entre psicoanálisis y literatura, analizó el impacto de la inteligencia artificial en la escritura y dejó una definición sobre el clima político argentino: “Estamos entre la sátira y lo grotesco”.

Mirá la entrevista completa a Federico Andahazi

Entrevista a Federico Andahazi

-¿Qué recordás de la publicación de El anatomista, tu primer libro?

-El año que viene van a ser 30 años y no lo puedo creer. El anatomista se publicó en 1997 y, efectivamente, vino acompañado de un escándalo. En ese momento yo era un escritor inédito, no tenía una trayectoria previa, y había presentado mi obra a dos concursos: el Premio Planeta y el Premio Fortabat. Primero me enteré de que estaba finalista del Premio Planeta, pero al día siguiente me informaron que había ganado el Premio Fortabat. Era una situación muy fuerte para alguien que recién empezaba. Sin embargo, por alguna razón que todavía ignoro, Amalita Fortabat decidió que no me iba a entregar ese premio. Sacó una solicitada en todos los diarios, una página entera, diciendo que no compartía el criterio del jurado. Y usó una frase que quedó muy instalada: dijo que El anatomista “no contribuye a exaltar los más altos valores del espíritu humano”. Yo siempre supe que no contribuía a eso, claro. Pero también creo que no es necesariamente el propósito de la literatura exaltar esos valores. La literatura es mucho más amplia, y la moral en la literatura es tan amplia como escritores y lectores existen.

-¿Sentís que aquella polémica terminó ayudando al libro?

-Durante mucho tiempo tuve la incómoda impresión de que le debía un favor a Amalita. Porque, efectivamente, ese escándalo le dio una promoción enorme al libro. De pronto, una novela de un escritor desconocido empezó a circular en los medios, en las conversaciones, en las discusiones públicas. Pero con el tiempo entendí que la novela también hizo su propio recorrido. En poco tiempo El anatomista se tradujo a varios idiomas y tuve el privilegio de presentarlo en muchos países. Estuve en Turquía, en Rusia, en los países escandinavos, en lugares donde nadie sabía quién era Amalita Fortabat. Eso fue muy importante para mí, porque me permitió ver que el libro no dependía solamente de aquel escándalo inicial. La polémica pudo haber sido una puerta de entrada, pero después la novela empezó a viajar sola, a encontrar lectores en culturas muy distintas. Y esas son las sorpresas que, en estos casi 30 años, me fue deparando la literatura.

-¿Hay un hilo conductor que atraviese tus novelas?

-Creo que mis novelas están todas atravesadas por un hilo conductor, que es el afán de descubrimiento. Me interesan esos personajes que descubren algo, que se animan a cruzar una frontera, que se meten en un territorio desconocido, muchas veces con consecuencias inesperadas. En El anatomista, por ejemplo, el protagonista es Mateo Colón, un médico renacentista que efectivamente existió y que se declaró descubridor del clítoris. A mí me sorprendió muchísimo que ese órgano tuviera un descubridor y que, además, se llamara Colón. Uno tiende a sospechar que las mujeres sabían que había algo ahí, pero lo cierto es que él fue el primero en atribuirle una función, una anatomía, una fisiología. Y si uno sigue ese hilo hasta mi última novela, El prisionero del yerbatal, aparece otro descubridor: Aimé Bonpland. Bonpland fue quien descubre el secreto que guarda la semilla de la yerba mate. Es una historia realmente asombrosa, porque cada vez que tomamos un mate ignoramos gracias a quién podemos hacerlo.

Se cumplen 30 años de "El Anatomista"

Se cumplen 30 años de "El Anatomista"

-¿Qué fue lo que te atrajo de la historia de Aimé Bonpland?

-Lo que me atrajo es que se trata de una historia increíble y, al mismo tiempo, muy poco conocida. La yerba mate era una planta silvestre, crecía donde quería y era imposible de domesticar y de plantar a escala. Hoy tomamos mate con total naturalidad, pero no sabemos por qué ni gracias a quién eso fue posible. Bonpland viaja a Misiones, se instala en las antiguas misiones jesuíticas y por primera vez consigue hacer plantaciones más grandes de las que nadie había logrado hasta ese momento. Del otro lado de la frontera, en Paraguay, estaba el dictador Rodríguez de Francia. Cuando ve esas extensiones, entiende que eso era lo que él quería hacer desde siempre. Entonces manda una partida de soldados, asesinan a los peones de Bonpland y lo secuestran junto a su familia. Lo tienen trabajando como un esclavo durante diez años para que reproduzca esas mismas plantaciones en Paraguay. Es una historia tremenda, porque mezcla ciencia, poder, violencia, ambición política y también una tradición cotidiana como el mate. Por eso digo que, si hoy podemos tomar mate en cualquier lugar del país —e incluso en lugares remotos del mundo, porque el mate se ha popularizado muchísimo—, es gracias a Bonpland. Ese prisionero del yerbatal descubrió un secreto que cambió para siempre una costumbre cultural.

-¿Cómo se cruzan en tu obra la psicología, el psicoanálisis y la literatura?

-Son dos disciplinas muy parientes, el psicoanálisis y la literatura. De hecho, me atrevo a decir que yo llego al psicoanálisis a través de la literatura, más que al revés. Cuando uno lee a Freud, lee a Sófocles, lee la mitología griega, se da cuenta de que el psicoanálisis está fundado sobre pilares literarios. Yo leo desde muy chico. Mi abuelo era editor y me crie en una biblioteca. Entonces mi relación con los libros viene desde antes de cualquier formación académica. Esa pasión previa por la literatura fue la que después me llevó al psicoanálisis. A la hora de componer un personaje, muchas veces uno echa mano a recursos de la psicología o del psicoanálisis. Sirve para pensar deseos, conflictos, contradicciones, zonas oscuras. Pero hay que ser muy cuidadoso, porque también me pasa que estoy describiendo un personaje y de pronto digo: “No, esto es una historia clínica”. Entonces tengo que frenar, hacer un parate y volver a escribir. La literatura no puede convertirse en un diagnóstico. Un personaje tiene que estar vivo, tiene que tener misterio, contradicciones, opacidades. Si uno lo explica demasiado desde la psicología, lo mata literariamente.

-¿Qué pensás de la inteligencia artificial aplicada a la escritura?

-Me parece un campo fantástico, un recurso casi borgiano. Esto de tener algo que escribe por sí mismo, con lo cual uno puede dialogar, tiene algo muy interesante. Es una herramienta poderosa y, como toda herramienta poderosa, abre posibilidades enormes. Ahora bien, también percibo que eso empieza a interferir con la escritura. O, para decirlo más correctamente, cuando se transponen las fronteras de la honestidad, ahí aparece un problema. No me molesta que alguien use inteligencia artificial, pero sí me parece problemático que no lo diga y firme un texto como si lo hubiera escrito íntegramente. Además, es muy fácil reconocer cuando un texto está escrito con inteligencia artificial. Hay ciertas marcas, ciertos clichés. Por ejemplo, esa negación en cascada: no es tal cosa, no es tal otra, es esto. También aparecen mucho los adverbios terminados en “mente”, que suenan tan feos. Esas palabras terminadas en “mente” demuestran que detrás de eso no hay ninguna mente, precisamente. También se nota en el abuso de los gerundios: viendo, escribiendo, estudiando. La inteligencia artificial piensa en inglés y después traduce, entonces aparecen giros que en inglés son comunes, pero que en castellano están muy contraindicados. García Márquez decía que había que evitar escrupulosamente las palabras terminadas en “mente”. Y tenía razón.

-Si tuvieras que narrar la Argentina actual, ¿qué género elegirías?

-La pregunta está muy bien, porque uno trata de leer la realidad en términos literarios. Y si tuviera que decir dónde estamos, diría que estamos entre la sátira y lo grotesco. Me parece que transitamos un lugar casi de sainete, del grito, del insulto, de esos padres de familia italianos que se insultaban en la mesa. Hay algo casi de sketch por momentos. La realidad cada vez se parece más a eso, incluso a algo de Capusotto. Pero me parece que hay que bajar el tono. Hay que bajar el tono de la confrontación y volver a conversar en términos razonables. Creo que se están haciendo cosas que eran completamente necesarias, sobre todo desde el punto de vista de la economía. Pero también creo que la política es conversación. La política tiene que ver con el diálogo, con escuchar, con poder hablar con el otro. Si todo se convierte en grito, insulto y confrontación permanente, se pierde algo esencial de la vida democrática.

Si te piden una novela sobre la Argentina actual

Si te piden una novela sobre la Argentina actual

-¿Cómo escribiste El prisionero del yerbatal y qué ingrediente lo vuelve especial?

-Desde que empecé a escribirlo hasta que lo terminé pasaron más o menos dos años. Pero los libros tardan muchísimo más tiempo que eso. Uno puede decir cuándo empezó materialmente a escribir, pero antes hay algo que va madurando. En este momento, por ejemplo, estoy abocado a hablar del libro, a viajar, a presentarlo, y no estoy escribiendo materialmente. Pero sé que hay algo trabajando ahí. Los escritores estamos todo el tiempo pensando novelas, consciente o inconscientemente. En el caso de este libro, desde el momento en que conocí la historia de Bonpland hasta que terminé la novela pasaron como diez años. Además, hubo algo que me resultó fabuloso durante la investigación: cada capítulo está antecedido por una receta de mate. Descubrí que había una infinidad de recetas. El problema es que los guaraníes no tenían escritura y, además, en un momento se prohibió la yerba mate. En tiempos de Hernandarias se decía que era una infusión del demonio. Entonces se perdieron muchísimas recetas. Nosotros hoy tomamos mate solamente con yerba mate, pero había mates para todo: mates curativos, mates ceremoniales, mate para dormir, mate para despertarse, mate para enamorar y mate para desenamorarse. Es fantástico. Creo que el lector se va a encontrar con una cantidad de recetas de mate insospechadas y con una tradición mucho más rica de lo que imaginamos.