¿Existe el instinto materno? Entre el mito, las presiones y los cuestionamientos
¿El amor hacia los hijos es automático o se construye? Cuestionar el “instinto materno” no ataca a las madres: humaniza la maternidad y libera a las familias de un mandato idealizado y cruel.
Cada vez más mujeres optan por posponer la maternidad a pesar del supuesto "instinto".
Hay frases que, dichas en determinados contextos, caen como una bomba. No porque sean nuevas, sino porque se atreven a cuestionar algo que culturalmente damos por sentado. Hace un tiempo, en un magazine semanal de uno de los canales más vistos de la Argentina, me invitaron a hablar de otro tema. El tiempo de aire apremiaba, el ritmo del programa era vertiginoso y, casi como una pregunta de pasillo, alguien me consultó por el llamado “instinto materno”. Respondí con convicción: el instinto materno, tal como suele presentarse, no existe.
La reacción fue inmediata. Una penalista y vedette —figura mediática, carismática y vehemente— se me enfrentó al aire. Aseguró que el instinto materno no solo existía, sino que era una verdad indiscutible. En el corte llamó a su psicóloga, quien la respaldó. Al regresar, cuando el programa estaba cerrando, pidió la palabra y se tomó varios minutos para explicar por qué yo estaba equivocado. Dicho eso, cerró su exposición. Aunque lo pedí, no tuve derecho a réplica.
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No traigo esta escena para ajustar cuentas ni para señalar personas. La traigo porque es profundamente ilustrativa. Lo que ocurrió en ese estudio de televisión ocurre todos los días en la sociedad: cuando alguien pone en duda el mito del instinto materno, la reacción suele ser emocional, defensiva y, muchas veces, moralizante. Como si cuestionarlo fuera atacar a las madres. Como si invitar a pensar fuera sinónimo de minimizar la maternidad o deshumanizar la crianza. Nada más lejos de eso.
Lo que dije aquel día no fue una improvisación ni una provocación vacía. Fue —y es— el resultado de años de formación, de lecturas, de bibliografía seria y, sobre todo, de experiencia clínica acompañando parejas, familias, madres, padres e hijos. También de haber escuchado demasiadas historias que no encajan en el relato romántico de la maternidad como destino natural.
La pregunta no es si las madres aman. La pregunta es si ese amor es un instinto biológico inevitable o una construcción vincular profundamente humana. Y esa diferencia no es menor.
El problema de llamar "instinto" a lo que es humano
Cuando hablamos de instinto, hablamos de conductas innatas, universales, automáticas y previsibles. El instinto no se elige, no se aprende, no se cuestiona. Los animales actúan por instinto: migran, cazan, protegen a sus crías siguiendo patrones biológicos relativamente estables.
Si el instinto materno existiera en los seres humanos de ese modo, deberíamos encontrarlo en todas las mujeres, sin excepción. Debería activarse automáticamente con el embarazo o el parto. No depender de la historia personal, del deseo, del contexto, del sostén emocional o de la salud mental. Pero la realidad muestra otra cosa.
Hay mujeres que no desean ser madres y lo saben desde muy jóvenes. Hay mujeres que atraviesan embarazos no deseados. Hay madres que sienten rechazo, angustia o desconexión frente a sus hijos. Hay mujeres que abandonan, que maltratan, que no pueden cuidar. Y también hay mujeres que aman profundamente a hijos que no gestaron, que no parieron, que no comparten su genética.
Si el instinto materno fuera una ley natural, ¿cómo explicamos todo esto? La respuesta habitual suele ser defensiva: “son excepciones”, “algo les falla”, “no son verdaderas madres”. Y ahí aparece el verdadero problema: el mito del instinto materno no solo explica, también juzga. Divide a las mujeres entre las que encajan en el ideal y las que quedan fuera.
La maternidad no es naturaleza pura, es historia y cultura
Durante siglos, la maternidad fue presentada como el destino natural de las mujeres. No como una elección, sino como una función. La mujer era madre porque su cuerpo lo permitía y porque la sociedad lo exigía.
Sin embargo, la forma de maternar cambió radicalmente a lo largo de la historia. No se cría igual hoy que hace cien años. No se ama igual. No se espera lo mismo de una madre en distintas culturas.
La antropología y la sociología han mostrado con claridad que la maternidad es una construcción histórica y social. Las prácticas de crianza, el valor otorgado a los hijos y el rol emocional de la madre varían enormemente según la época y el contexto.
Si fuera puro instinto, ¿por qué cambia tanto?
Incluso algo tan idealizado como el “amor inmediato” tras el parto no es universal. Muchas mujeres no sienten ese amor en el primer instante. Algunas lo construyen con el tiempo. Otras lo sienten mezclado con miedo, culpa o ambivalencia. Y, sin embargo, cuidan. Porque cuidar no es un reflejo automático: es una tarea psíquica. Apegarse no es instintivo, es vincular.
La teoría del apego, desarrollada por John Bowlby y ampliada por Mary Ainsworth, es clave para entender esto. El apego no depende del sexo del cuidador ni del vínculo biológico. Depende de la disponibilidad emocional, de la sensibilidad y de la capacidad de responder a las necesidades del niño.
Un bebé no se apega a una madre por instinto materno. Se apega a quien lo cuida de manera consistente. Puede ser una madre, un padre, una abuela, un abuelo o una familia adoptiva. El apego se construye en la repetición de los encuentros, en la experiencia de ser sostenido, mirado y calmado.
Si el amor parental fuera instintivo y exclusivo de la madre biológica, la adopción no sería posible. Y, sin embargo, sabemos que miles de niños construyen vínculos profundos, seguros y amorosos con adultos que no los gestaron. ¿Dónde queda el instinto ahí?
Biología no es destino
Claro que hay procesos biológicos involucrados en la maternidad. El embarazo, el parto y la lactancia generan cambios hormonales reales. La oxitocina, por ejemplo, cumple un rol importante en el vínculo. Pero reducir el amor materno a una hormona es tan simplista como peligroso.
Las mismas hormonas se liberan en padres, en cuidadores y en vínculos afectivos intensos. La oxitocina no distingue género ni biología: responde al contacto, a la cercanía y a la interacción. La biología puede facilitar el encuentro, pero no lo garantiza.
¿Y el instinto paterno?
Si aceptamos sin cuestionar la idea de instinto materno, surge una pregunta incómoda: ¿por qué no hablamos de instinto paterno? ¿Por qué el cuidado, la sensibilidad y la entrega serían naturales en las mujeres y no en los hombres?
Esta creencia no es inocente. Ha sostenido durante décadas una distribución desigual de responsabilidades. A las mujeres se les exigió saber cuidar “por naturaleza”. A los hombres se les permitió aprender —o no— sin culpa.
Sin embargo, la clínica y la vida cotidiana muestran otra cosa: hay padres profundamente presentes, sensibles y disponibles. Padres que crían solos. Padres que desarrollan vínculos de apego tan sólidos como cualquier madre. Lo que existe no es instinto materno, sino capacidad humana de cuidar. Y esa capacidad se despliega cuando hay deseo, responsabilidad y compromiso.
Deseo, no instinto
Uno de los aspectos más silenciados en torno a la maternidad es el deseo. O, mejor dicho, la falta de deseo. No todas las mujeres desean ser madres. Y eso no las vuelve incompletas, egoístas ni defectuosas.
El mito del instinto materno niega la posibilidad de no desear. Convierte la maternidad en obligación moral. Y cuando una mujer no siente lo que “debería sentir”, aparece la culpa.
Muchas madres sufren en silencio porque no encajan en el ideal. Porque tuvieron hijos sin haber deseado ser madres, o porque aman a sus hijos pero no disfrutan la maternidad. Porque cuidan, pero se sienten agotadas, ambivalentes, desbordadas.
Poder decir que el amor se construye —y no que brota mágicamente— alivia. Humaniza. Permite pedir ayuda.
Familias que desarma el mito
La subrogación de vientre, las familias diversas, las adopciones y las crianzas compartidas son realidades que el discurso del instinto materno no logra explicar.
¿Cómo se ama a un hijo que no se gestó? ¿Cómo se construye el vínculo cuando no hay parto? La respuesta es siempre la misma: presencia, tiempo y disponibilidad emocional. Nada de eso es instintivo. Todo eso es humano.
Lo que realmente existe
No existe el instinto materno como mandato biológico universal. Lo que existe es: – la capacidad de vincularse; – la posibilidad de cuidar; – el deseo (o no) de maternar; – la construcción del amor en la experiencia. Sostener el mito del instinto materno no protege a las madres. Las encierra. Cuestionarlo no desvaloriza la maternidad. La libera de exigencias imposibles.
Pensar la maternidad como vínculo —y no como instinto— nos permite una mirada más justa, más real y más humana. Tal vez incomode. Tal vez genere debate. Tal vez despierte enojo.
Pero si una idea no puede ser pensada sin que se active la censura emocional, entonces no estamos frente a una verdad natural, sino frente a un dogma. Y los dogmas, incluso los más románticos, también merecen ser revisados.
Porque cuando una idea se vuelve incuestionable, deja de ser una explicación y pasa a ser una exigencia. Y cuando esa exigencia se apoya en la biología para callar la experiencia, el daño no es teórico: es real.
Tal vez no exista el instinto materno. Tal vez exista algo mucho más complejo, más incómodo y más humano: personas intentando amar, cuidar y vincularse lo mejor que pueden, atravesadas por su historia, su deseo, sus límites y sus contradicciones. Aceptar eso no debilita a la maternidad. La saca del pedestal. Y solo cuando algo baja del pedestal puede ser habitado sin culpa, sin miedo y sin la obligación de encajar en un ideal imposible.
Quizás el verdadero terremoto no sea dejar de creer en el instinto materno. Quizás lo verdaderamente disruptivo sea animarnos a pensar que el amor hacia un hijo no es un mandato de la naturaleza, sino una construcción profundamente humana. Y que, justamente por eso —porque no es instinto— puede fallar, puede doler, puede aprenderse... y también puede elegirse. Me encantaría recibir tus comentarios sobre la nota y sugerencias de temas para mi columna en Instagram: @elpsicologoysexologo.
Mauricio J. Strugo. Psicologo y Sexólogo Clínico MN 41436. Autor del libro: ¿Padres o Pareja la oportunidad de crecimiento al transformarse en familia. Creador del Podcast: HDP Hora de Pensar Instagram: @elpsicologoysexologo
