El Granadero de Boulogne sur Mer
La historia de la casa donde San Martín vivió sus últimos años, su vínculo con Boulogne-sur-Mer y el recuerdo de quienes lo acompañaron.
Vista de la muralla y sus jardines circundantes en la Haute Ville de Boulogne-sur-Mer.
Gentileza.París, febrero de 1848. La hermosa ciudad atravesada por el Sena se vería sacudida en febrero por una sangrienta revolución que en solo tres días cobraría cerca de 500 vidas. La crisis económica reinante y la prohibición de reuniones opositoras motivaron una respuesta violenta del pueblo, que logró la renuncia del Rey Luis Felipe I.
El General José de San Martín, que había dejado su querida Patria en 1824, residiendo con su hija Merceditas en distintos lugares como Londres y Bruselas, se instaló en París en 1830, en donde dos años después su hija Mercedes se casó con Mariano Balcarce, y partieron hacia Buenos Aires, naciendo allí su primera nieta, María Mercedes.

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En abril de 1834 con la ayuda de su gran amigo Don Alejandro Aguado, un exitoso banquero radicado en París, compró una cómoda casa en Évry, a unos 25 kms al sur de París, en un lugar conocido como Grand Bourg.
En su casa de Grand Bourg, San Martín disfrutaba de la jardinería y se mantenía al corriente de todos los acontecimientos políticos de su país y del mundo, además de frecuentar a su amigo Aguado y todas las interesantes relaciones que había construido en sus años parisinos.
En esta casa recibió también a su hija Mercedes junto a su esposo Mariano y su nieta María Mercedes, que se mudaron con él, y allí nació su segunda nieta Josefa Dominga (“Pepa”).
San Martín, con 56 años, se encontraba viviendo una época dorada.
Los horrores de la guerra con los que convivió desde los 13 años en su bautismo de fuego en el sitio de la plaza de Orán, cuando servía como cadete en el Regimiento de Infantería de Murcia para la corona española, hasta que concluyó su campaña libertadora y dejó América con 46 años, habían quedado atrás.
Ahora San Martín vivía rodeado de sus nietas, su hija y su yerno, cuidaba su casa y su jardín, y dedicaba horas a leer periódicos locales y otros que le enviaban sus amigos desde Buenos Aires y otras ciudades. El viejo guerrero, sin embargo, no dudó en ponerse a disposición para retornar a su Patria y desenvainar su espada cuando la vio amenazada por enemigos externos.
Hacía tiempo que su salud le cobraba el agitado estilo de vida que había elegido para su juventud. Tenía problemas gástricos severos, a los que había que sumar ataques de gota y reumatismo, que lo llevaban a viajar a Aix-les-bains para tomar baños termales, y ocasionales episodios de asma. En los últimos años también sufrió de cataratas, que afectaban su visión. Pero todos estos problemas no siempre lograban opacar su buen ánimo, ya que su hija Mercedes y su yerno se desvivían por cuidarlo y reconfortarlo, junto a la alegría que le regalaban sus nietas. El amor y cuidado de su familia era para él tal vez, la mejor condecoración a la que un hombre pudiera aspirar.
Esta era la vida de nuestro venerado San Martín en esos años, cuando en 1848 estalló la revolución, y en París y sus alrededores la vida se tornó de pronto, insegura e incierta.
El General sabía mucho de guerras y enfrentamientos armados, y haría todo lo que estuviera a su alcance para proteger a su familia de esos peligros. Trasladarse a Inglaterra, a Londres tal vez, fue la primera opción, pero en aquellos años todo era más lento y complicado que ahora. No se trataba de sacar un pasaje solamente. Cuando alguien quería viajar a otro país, y ese destino se encontraba a cientos de kilómetros, y separado por el mar, lo primero que había que hacer era buscar un puerto con buen tráfico hacia ese destino, para contar con opciones de distintas embarcaciones.
Es así como aparece en su vida Boulogne-sur-Mer, un puerto en el canal de la Mancha, ideal para cruzar a Inglaterra. Ubicado en la región Hauts-de-France que limita al sur con Ile-de-France y Normandía y al norte con Bélgica, la ciudad queda a unos 250 kms de París, por lo que fue ideal para alejarse del peligro de la revolución, y estar listos para cruzar a Inglaterra si era necesario.
No contamos con registros confiables que nos cuenten en dónde se alojaron a su llegada. Es probable que esto ocurra porque sus planes eran solo estar de paso un breve período hasta conseguir un transporte seguro para cruzar el Canal de la Mancha y llegar a Inglaterra, seguramente a Folkestone o Dover.
Sin embargo, a principios de 1849, en correspondencia de Mariano Balcarce podía leerse que la ciudad era de gran agrado del General San Martín. Y esto parece confirmarse porque es por esos primeros meses de 1849 cuando decide alquilar un piso completo en la casa que sería, sin saberlo, su última morada.
Boulogne-sur-Mer, febrero de 1849
En aquellos años, la ciudad de Boulogne-sur-Mer se encontraba claramente dividida en dos:
- La Haute Ville: La parte alta de la ciudad, que era amurallada (S XIII). Si bien se podía circular libremente entrando y saliendo de la gran muralla, esta le otorgaba un aire silencioso y residencial a quienes vivían intra muros.
- La Basse Ville: Era el resto de la ciudad, que se encontraba en pendiente hacia el puerto y la costa marina.
La vida transcurría entre la agitación del puerto con sus barcos mercantes y pesqueros, la vida comercial y administrativa de la ciudad, y la fuerte presencia turística gracias a sus playas y la reciente inauguración de un ramal ferroviario que la unía directamente con París.
También contaba con una importante presencia de ciudadanos ingleses. Esta “colonia” estaba formada por residentes que disfrutaban el clima y el estilo de vida francés (la comida, bebida y actividades sociales y culturales), y turistas, que aprovechaban la oferta de ferrys que con frecuencia cruzaban el Canal de la Mancha.
Por esos años, los “baños de mar” se habían convertido en una práctica aristocrática con Dieppe como el principal destino, pero seguido de cerca por Boulogne-sur-mer y más lejos por Trouville. Años más tarde, en la década de 1860, se sumaría Dauville.
En este contexto, aparece un personaje central en esta historia cuyo nombre es Adolphe Gérard, quien fuera el propietario de la casa ubicada en el 105 de la Grand Rue (actualmente 113, Grand Rue, debido a un cambio en la numeración de la calle). La Grand Rue, como su nombre lo indica, es la gran calle, una artería adoquinada que une a la Haute Ville con la Basse Ville y que baja hasta el puerto.
Abogado, periodista, bibliotecario, y miembro importante en la sociedad boulonnaise, Gérard había adquirido esta casa de sótano, cuatro plantas y un ático, y la había refaccionado por completo, terminando en 1848 con las obras.
El vivía allí con su familia compuesta por su esposa Adéle y sus tres hijos, y la casa se distribuía de la siguiente manera:
En la planta baja tenía lugar su estudio, en donde ejercía su profesión de abogado, y contaba además con salas de espera y reunión. Allí también Don José tenía lugar en donde recibir visitas. Este nivel terminaba con un patio-jardín trasero espacioso y muy agradable, y acceso a un sótano que funcionaba como depósito de leña y variados objetos.
El primer piso se encontraba compartido entre las dos familias, ya que allí se encontraba el comedor, una sala de conferencias y un salón fumador.
Era el segundo piso de la casa el que alquilaba completo la familia San Martín – Balcarce, con habitaciones para Don José, su hija Mercedes con Mariano Balcarce y sus nietas.
En el tercer piso vivía la familia Gérard, y en el altillo o ático estaba el lugar para el personal de servicio.
Es en esta casa en donde el General pasó sus últimos dos años de vida al cuidado de su familia y en donde forjó una relación de convivencia cercana y amistad con Adolphe Gérard.
Y aquí es donde es necesario destacar que Gérard no era solo el dueño de casa que le alquilaba un piso, y Boulogne-sur-Mer no era solo un puerto para cruzar a Inglaterra. Ambos ofrecían algo que para San Martín fue siempre importante en sus años dorados europeos: la posibilidad de relacionarse con diferentes círculos de la sociedad local con quienes compartir charlas y veladas que lo mantenían conectado al mundo.
Este general de mil batallas, de mirada vivaz y penetrante, y de conversación fluida en francés, inglés e italiano, cautivaba a todos con sus historias únicas, lo que rápidamente le ganaba un lugar especial en los círculos que frecuentaba.
El 105 de la Grand Rue recibía no solo a miembros de la sociedad boulonnaise, sino que llegaban allí periódicos y correspondencia de variados lugares, y también visitantes de Argentina, Chile, Perú y otros lugares.
Una pequeña prueba de las relaciones que el Libertador era capaz de forjar se puede ver en su acta de defunción, en donde los dos testigos que firman son Adolphe Gérard, su locador, y Francisco Javier Rosales, el Encargado de Negocios de Chile en Francia, y ambos figuran en el acta como amigos del difunto.
Tal vez la última referencia a Don José que podemos guardar sea la carta que su yerno Mariano Balcarce le escribe a Félix Frías el 13 de agosto de 1850, solo cuatro días antes de su muerte. Allí le cuenta que hacía seis días había dado su último paseo en coche, y estaba tan débil que tuvieron que bajarlo cargándolo entre dos hombres. También deja ver que su hija Mercedes estaba realmente agotada por las atenciones cada vez mayores que debía prestar a su padre.
El sábado 17 de agosto de 1850, Don José, muy debilitado hacía días, se levantó por última vez y pasó parte de la jornada junto a Mercedes, Mariano y sus nietas. Sus padecimientos gástricos lo tenían a mal traer. Después del mediodía pasó a la habitación de Mercedes para que ella le leyera los diarios, pero luego de las dos de la tarde sufrió una nueva crisis de sus dolores de estómago por lo que se recostó en la cama de su hija.
La muerte lo encontró allí a las 15h, rodeado de su familia, Francisco Javier Rosales, y su médico, el Dr. Jordán.
Boulogne-sur-Mer, noviembre de 2025
Ese mes de 2025 marcó mi retorno luego de más de 10 años a la Ciudad Luz, un lugar que tengo la inmensa fortuna de conocer bien, aunque nunca será suficiente.
Cada vez ha sido distinto y maravilloso, pero esta sería especial, ya que con mi familia salimos a la ruta desde Versailles, con destino a Gante y Brujas en Bélgica, y desde allí, retornamos por la costa pasando por Dunkerque y finalmente por Boulogne-sur-Mer, antes de regresar a París.
Conocer Boulogne-sur-Mer y en especial la Casa San Martín, como se llama ahora, era un viejo sueño que pude cumplir. Al momento de planificar el viaje, me enteré que la casa fue adquirida por el Estado argentino en 1926 y es una dependencia de la Embajada Argentina en París. Actualmente es un museo dedicado al Libertador, y su Conservador es nada menos que un integrante del Regimiento de Granaderos a Caballo General San Martín.
Por medio del sitio de nuestra embajada obtuve la dirección de email, y allí mismo recomendaban anunciarse con anticipación, así que eso hice, y encontré a vuelta del mail todo lo que podía esperar de un Granadero: Una amable y correcta respuesta diciendo que nos esperaría, y con los días y horarios para visitar la casa.
Finalmente, el miércoles 12 de noviembre arribamos a la Casa San Martín, en donde fuimos recibidos por el Suboficial Principal Rubén Torres. Con mucho detalle y dedicación, nos mostró uno por uno los distintos salones, habitaciones y objetos de interés en cada piso de la casa.
La planta baja, primer y segundo piso están dedicados al museo, el tercero es donde vive el Conservador con su familia, y en el ático están la lavandería y un taller.
Casi sin darnos cuenta, vivimos por un rato en la casa del Libertador, y tuvimos el enorme privilegio de disfrutar de una visita guiada para nosotros solos.
También nos contó que él había llegado hacía dos meses, y que estaría destinado allí por dos años. Y que su destino en Boulogne-sur-Mer incluye a su familia, por lo que estaban en esos momentos adaptándose todos a la nueva vida europea.
Nos dijo que en Boulogne-sur-Mer aún hoy existe un grupo numeroso de personas voluntarias que están muy cerca de todo lo que ocurre en la Casa San Martín, y que son de gran ayuda para los sucesivos Granaderos que tienen allí su destino, como él actualmente.
Luego de una hermosa visita en la que hablamos de todo, y en la que nos regaló mucho más tiempo que su horario de trabajo que ya había finalizado, partimos con las últimas luces alumbrando al ahora número 113 de la Grand Rue, y con las sombras ganando las murallas de la Haute Ville.
Conocer Boulogne-sur-Mer y visitar la Casa San Martín junto a mi familia, sin dudas es uno de esos momentos que se guardan en un rincón especial de la memoria como un pequeño tesoro personal.
Estando allí y gracias al SP Rubén Torres, me enteré que Don Adolphe Gérard publicó una necrológica de San Martín en el diario local L’Impartial de Boulogne-sur-Mer el 22 de agosto de 1850, solo cinco días después de su muerte. Y posteriormente circuló como separata del mismo diario.
Casi 170 años después, Gerardo Bartolomé lo tradujo al castellano, y le agregó el contexto necesario para entender mejor todo lo que Gérard exponía. Este trabajo quedó plasmado en su libro “Memorias de José de San Martín”, una excelente forma de tomar contacto con la interesantísima vida de nuestro Libertador, quien ha despertado el interés y admiración de personas tan variadas como notables, tal el caso del libro “¿Conoce usted a San Martín?” escrito por el Dr. René Favaloro.
Quiero agradecer nuevamente al Suboficial Principal Rubén Torres con quien retomé contacto recientemente para chequear información sobre la casa.
Para cerrar esta breve reseña de los días de San Martín en Boulogne-sur-Mer, para mí el argentino más importante de la historia, me parece adecuado hacerlo recordando de qué manera lo describía quien le alquiló parte de su casa, convivió, y fue testigo de sus últimos años, Don Adolphe Gérard:
“José de San Martín era un hombre mayor de noble aspecto, con una estatura que ni la edad, ni la fatiga, ni los dolores físicos pudieron doblegar. Sus rasgos eran expresivos y simpáticos, su mirada penetrante y vívida, sus modos llenos de cordialidad; era un gran lector y su educación era de gran erudición. Hablaba con igual facilidad que el español, el francés, el inglés y el italiano. Su conversación era siempre de lo más interesante que se podía escuchar, su conocimiento era ilimitado. Tenía por el hombre obrero la mayor de las simpatías, pero lo quería trabajador y sobrio. Ningún hombre hizo menos concesiones que él a la despreciable popularidad del adulador de los vicios de los pueblos. ¡Él decía a todos siempre la verdad!”










