El dolor de Lionel Messi y una cobertura sin límites: cuando la primicia rompe la privacidad
Cámaras, drones, vigilias y guardias durante el duelo de Lionel Messi generaron indignación y convirtieron una despedida familiar en un espectáculo.
La forma en la que se cubrió el duelo de Lionel Messi y su familia, generó una gran indignación.
Son incontables las alegrías que Lionel Messi nos dio a todos, tanto a los argentinos como a aquellos que siempre supieron disfrutar de sus gambetas, sus pases, sus genialidades y sus goles. De esos que te levantan de un asiento y te llevan a abrazarte con quien tenés al lado. Ni hablar de las medallas y los distintos trofeos, incluso de aquellos que estuvo muy cerca de conseguir.
Para muchos, todo eso lo convirtió prácticamente en una deidad. Su felicidad pasó a ser la de todos y ahora también su tristeza. Hace apenas algunas semanas era el hombre que llevaba la bandera de un país, acompañado por todo un equipo y rompiendo récords a una edad en la que la mayoría ya se retiró. Ahora, quizá, lo extraordinario sea comprender que todo lo que hizo, lo hizo mientras su papá luchaba contra una grave enfermedad, con él a miles de kilómetros de distancia. Sin embargo, cuando quedó expuesto en uno de los momentos más dolorosos de su vida, todo pareció olvidarse y se rompieron los códigos más elementales.
Muchos de sus gestos recientes quizá cobren ahora otro sentido. La felicidad extrema por la victoria, tal vez atravesada por la posibilidad de que haya sido su último Mundial; las lágrimas frente a las cámaras; sus palabras al contar que atravesaba un momento difícil; y la emoción después de convertir su primer gol ante Argelia. Todo parecía tener también un destinatario a la distancia: su papá, Jorge.
Messi sabía lo que estaba pasando en su casa y lo que atravesaba su padre, acompañado a la distancia por su madre. Aun así, eligió intentar regalarle —y regalarnos— una alegría más. Y ahora, podemos comprender que estaba peleando por mucho más que otra Copa del Mundo.
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Del respeto a la búsqueda de la primicia
Días después, regresó al país para estar con los suyos. Rosario, como tantas otras veces, respetó su privacidad y la de su familia. Esa que incluso, cuando ganó, se acercó con timidez y manteniendo cierta distancia. A los pocos días de haberse ido, recibió esa noticia que nadie quiere recibir y que ningún periodista debería desear dar primero (aunque ya se había intentado). Sin embargo, una vez más, detrás de la búsqueda de la primicia y de una imagen exclusiva, todo lo demás pareció quedar en segundo plano.
Rosario había conseguido durante un tiempo preservar la privacidad que merecían las circunstancias. Se entendió que el respeto debía estar por encima de cualquier intento por llegar primero, incluso en el sanatorio de la ciudad donde se encontraba internado Jorge Messi. La noticia tardó horas en confirmarse y, al menos durante ese lapso, el silencio funcionó como una forma de cuidado.
Cuando informar se convierte en invadir
Pero el límite comenzó a romperse el sábado, cuando Messi llegó por la noche a Rosario junto a su familia para darle el último adiós a su papá. Lo esperaron cámaras y cronistas, incluso en mayor cantidad que durante su anterior visita, y fue necesario desplegar un extenso operativo policial.
El domingo, la cobertura cruzó definitivamente todos los límites. Ya no se trataba de informar una muerte, sino de conseguir la imagen de una persona destruida mientras despedía a su padre: el hombre que lo acompañó siempre, que impulsó su carrera y que viajó junto a él a España cuando todo recién comenzaba.
El mismo al que llamó por videollamada cuando finalmente cumplió uno de sus grandes sueños: ganar un título con la Selección argentina, nada menos que ante Brasil y en el Maracaná.
Cámaras en el aeropuerto, guardias frente a la casa familiar, móviles en el cementerio, drones y hasta periodistas subidos a los árboles para buscar una fotografía. Todo para registrar el dolor de una familia que solamente pedía privacidad mientras despedía a un padre, un tío, un abuelo y, en el caso de Celia, a su compañero de toda la vida.
Todas las figuras públicas, especialmente aquellas que alcanzaron una dimensión como la de Messi, saben que cada uno de sus movimientos quedará expuesto. Mucho más en una época en la que la frontera entre lo privado y lo público parece haberse borrado. Pero es justamente ante situaciones como esta cuando se deben recordar los códigos más elementales de la profesión. Informar no significa invadir y estar en el lugar no obliga a mostrarlo todo. No todo vale. Ninguna primicia, fotografía ni carrera por conseguir clics puede anteponerse al dolor de una familia que solamente intenta despedir a uno de los suyos.