El desafío de la empatía en la docencia actual
La filósofa Edith Stein ofrece claves para repensar la empatía en las aulas y prevenir el agotamiento emocional de los educadores.
Se les exige a los docentes comprender de manera instantánea cada realidad sociocultural, contener crisis familiares complejas.
Archivo.En las dinámicas de las instituciones escolares contemporáneas, la palabra "empatía" ha dejado de ser un mero concepto pedagógico para transformarse en una suerte de imperativo moral y operativo. Se les exige a los docentes comprender de manera instantánea cada realidad sociocultural, contener crisis familiares complejas que desbordan los perímetros del aula, y sintonizar con el universo emocional de decenas de alumnos en una sola jornada laboral.
Sin embargo, en medio de aulas cada vez más masificadas y atravesadas por realidades vertiginosas, surge una pregunta incómoda pero urgente que la agenda educativa suele evadir: ¿puede el exceso de sintonía emocional convertirse en una trampa que paralice a nuestros educadores y desresponsabilice a los alumnos? Para desentrañar este nudo, que afecta tanto la salud mental del profesorado como la calidad del aprendizaje, la filosofía del siglo XX nos ofrece una brújula invaluable. En su célebre tesis doctoral de 1916, Sobre el problema de la empatía (Zum Problem der Einfühlung), la filósofa y fenomenóloga Edith Stein se dedicó a delimitar con precisión quirúrgica qué es —y qué no es— este acto fundamental de la conciencia. Lejos de la interpretación blanda o meramente sentimental que hoy impera en los manuales de autoayuda, el riguroso análisis de Stein cobra hoy una vigencia asombrosa para comprender el desgaste invisible que sufren los equipos docentes en las escuelas de nuestra época.
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El peligro del stress empático y sobreempatía
Una de las grandes contribuciones que nos hereda el texto de Edith Stein —especialmente al confrontar y depurar las teorías psicológicas de su época, como la de su contemporáneo Theodor Lipps— es la necesidad absoluta de diferenciar entre simpatía y empatía (o lo que en la tradición fenomenológica alemana se categorizaba como Mitgefühl o Einsfühlen, el "sentir a una"). Para Stein, la empatía es un acto experiencial autónomo. Es la vivencia mediante la cual aprehendemos la conciencia ajena y sus estados (un dolor, un duelo, un destello de alegría), pero manteniendo siempre una frontera ontológica clara: la vivencia original le pertenece al otro, y se manifiesta en mí de un modo estrictamente no originario, mientras que mis propias vivencias brotan en mí de manera originaria. "En mi vivenciar no originario me siento, en cierto modo, conducido por uno originario que no es vivenciado por mí y que empero está ahí, se manifiesta en mi vivenciar no originario".
Cuando esta frontera analizada por Stein se borra en la práctica cotidiana del ámbito escolar, caemos en lo que la psicología moderna y la experiencia docente denominan sobreempatía, entendida aquí como un exceso de identificación con los otros. El educador sobreempático ya no realiza el movimiento de acompañar o comprender el sufrimiento de un estudiante vulnerable; en lugar de ello, absorbe la angustia, la asume como propia y disuelve su individualidad en el conflicto del alumno. Es precisamente en este punto de disolución donde se instala el estrés empático, un estado de saturación emocional crónica que, paradójicamente, te lleva a sentirte superado y no escuchar a otros. El docente atrapado en este bucle pierde la capacidad de ser un receptor efectivo; su pantalla mental queda tan completamente colonizada por los traumas y demandas del entorno que se produce un cortocircuito perceptivo. Todos podemos sentirnos sobrepasados por las exigencias institucionales o humanas, pero el precio de este desborde en el ecosistema de la escuela es la pérdida de la distancia pedagógica y el eje terapéutico indispensables para guiar con claridad y templanza. Un guía que se está ahogando en el mismo río que su caminante deja de ser un guía.
Las cosas resuenen en mí a partir de mi experiencia
¿Por qué determinadas problemáticas de los alumnos golpean a ciertos docentes con la fuerza de un impacto demoledor mientras que otros logran procesarlas con mayor ecuanimidad? La fenomenología de Stein nos ofrece una respuesta profunda: el cumplimiento intuitivo y la plenitud de lo que empatizamos depende de la estructura de nuestra propia corriente de conciencia y de nuestra historia personal. Al interactuar con los alumnos, permitimos de forma inevitable que las cosas resuenen en mí a partir de mi experiencia. Si un profesor o profesora ha atravesado en su historia privada situaciones de exclusión social, abandono, maltrato o severas privaciones económicas, el dolor de un estudiante que se encuentra bajo esas mismas coordenadas fácticas no se presentará ante él como un dato abstracto. Resonará con un eco ensordecedor en las capas más profundas de su yo personal, reactivando fibras que quizás creía adormecidas.
Esta resonancia es el motor de las grandes vocaciones pedagógicas, pero si no está mediada por un proceso riguroso de autoconocimiento, se convierte en una vía rápida hacia el colapso psicológico. El educador confunde la biografía del alumno con su propia biografía, intentando salvar en el niño al infante que él mismo fue, restando objetividad a su intervención educativa.
El bucle de la impotencia y la queja constante
Cuando este malestar psicofísico y espiritual no encuentra canales saludables de elaboración, las salas de profesores y las reuniones de personal corren el riesgo de transformarse en laboratorios de la impotencia a través de la queja compartida. Edith Stein describe con maestría cómo a partir de la sincronía de sentimientos entre un "yo" y un "tú" se puede erigir un "nosotros" como un sujeto de grado superior, una comunidad unida por un mismo pulso emocional. En las escuelas actuales, desafortunadamente, este "nosotros de grado superior" suele constituirse en torno al desánimo, la frustración y el resentimiento frente a un sistema que se percibe hostil o deficiente. Es aquí donde se vuelve evidente una de las advertencias más agudas del diagnóstico sobre la queja: la escucha de la queja constante puede instalar a la persona en un lugar donde se le echa la culpa a los demás o a la coyuntura, y nos desresponsabiliza de lo que podemos hacer para solucionar los problemas.
Cuando el discurso institucional se reduce a señalar de manera sistemática las fallas del ministerio, la desidia de las familias o la decadencia de la sociedad, se produce un desplazamiento ético. Al ubicar las causas del fracaso siempre en factores macroestructurales externos, el actor educativo se autopercluye; se convence a sí mismo de que nada de lo que haga dentro de los muros de su aula tendrá un impacto real. Este fenómeno resulta hipotentizador le quita potencia, soberanía y capacidad de acción (agencia) a la comunidad educativa. La queja constante funciona como un anestésico moral; otorga un falso consuelo de inocencia ("nosotros hacemos todo bien, el problema es el contexto") pero condena a la escuela a la inmovilidad, sumergiéndola en una narrativa donde el destino de las nuevas generaciones parece estar enteramente fuera de nuestro alcance pedagógico. En este punto resulta interesante el decir de la madre Teresa de Calcuta: “No tenemos en nuestras manos la solución a los problemas del mundo, pero tenemos nuestras manos para los problemas del mundo”.
Una empatía con eje pedagógico y responsabilidad mutua
El aula del siglo XXI necesita, de manera innegable, docentes empáticos, capaces de descodificar el lenguaje corporal de sus estudiantes y comprender los entramados de sentido que configuran sus conductas. Pero la empatía pedagógica no debe confundirse con la condescendencia ni con la disolución afectiva. Recuperar el pensamiento de Edith Stein plasmado en su obra Sobre el problema de la empatía es un llamado a ejercer una empatía madura, consciente de sus propios límites y subordinada a leyes racionales y axiológicas. Una verdadera empatía con eje pedagógico implica comprender el sufrimiento o la limitación del alumno, pero sin restarle su condición de sujeto responsable de sus propios procesos de aprendizaje. Significa validar su contexto, pero, al mismo tiempo, sostener la exigencia como la forma más honesta de respeto hacia su dignidad espiritual.
Para cuidar a quienes tienen la tarea de educar, el sistema escolar debe dejar de exigirles que operen como asistentes sociales sin herramientas o psicoterapeutas sin diván. Aprender a poner límites racionales a la empatía no es un acto de insensibilidad ni de deshumanización; es, fundamentalmente, la única estrategia de supervivencia que nos queda para garantizar que la escucha en la escuela siga siendo un puente real de transformación y aprendizaje, y no un pozo de agotamiento mutuo.
Mg. Juan Manuel Ribeiro, especialista en educación.