Presenta:

El azar que estamos perdiendo: cómo los algoritmos achican nuestro mundo

Los algoritmos nos muestran cada vez más de lo que ya conocemos, pero reducen los encuentros casuales que pueden hacernos descubrir algo nuevo.

La humanidad se pasó siglos peleando contra la incertidumbre y eso está muy bien. Pero al ganar esa guerra descubrimos que necesitábamos un poco de lo que estábamos combatiendo.

La humanidad se pasó siglos peleando contra la incertidumbre y eso está muy bien. Pero al ganar esa guerra descubrimos que necesitábamos un poco de lo que estábamos combatiendo.

Archivo MDZ

Es la tercera vez que hablo de azar en esta columna, así que a esta altura ya es una obsesión declarada. Primero fue el azar que las máquinas no saben fabricar. Después, el azar como raíz de eso que llamamos decidir. Hoy quiero hablar de un azar más callado, el que estamos perdiendo sin darnos cuenta, y que intuyo que nos hace falta más de lo que creemos.

Empecemos por lo más obvio

Durante casi toda la historia, el azar fue nuestro enemigo. Una infección era una sentencia de muerte, un granizo inesperado arruinaba una cosecha en una tarde, una marea brava se llevaba un barco. Vivir era estar a merced de lo impredecible. Y fue así que la humanidad buscó predecir. Medicina, ciencia, ingeniería, todos juntos buscando acotar el azar. Reducir el territorio de lo que puede salir mal. Visto así, cada avance del conocimiento fue una victoria contra la incertidumbre. No hay duda de que nadie quiere volver a ese peligroso mundo anterior.

Dos tipos de azar diferentes

Sin embargo, hay dos tipos de azar y son distintos. El primer tipo, que analizamos recién, es el azar como riesgo: el accidente, la enfermedad, la pérdida. Ese lo fuimos acotando y nos permite tener una vida mejor. El otro es el azar como hallazgo. El encuentro con alguien que no buscabas y te cambia el día. El libro en el estante equivocado que te encuentra justo cuando no sabías que lo necesitabas. La conversación de ascensor que deriva en un nuevo trabajo. La canción que suena por casualidad y se vuelve tu favorita. A ese azar no le tenemos miedo; lo llamamos suerte, casualidad, serendipia. Y no es un peligro que haya que eliminar: es un nutriente. Es la vía por la que entra a nuestra vida lo inesperado. Mi hipótesis es esta: estuvo bueno derrotar el azar que nos mataba, pero ahora estamos matando el que nos hacía expandirnos, cambiar y crecer.

Es la tercera vez que hablo de azar en esta columna, así que a esta altura ya es una obsesión declarada.

Es la tercera vez que hablo de azar en esta columna, así que a esta altura ya es una obsesión declarada.

¿Quién está borrando la serendipia?

No hace falta buscar mucho, los culpables están a la vista. El feed que se ordena solo según lo que ya mirás, y peor aún, de lo que ya pensás. El marketing que te segmenta hasta el detalle. La inteligencia artificial que aprende tus gustos para anticiparlos. Todos, sin excepción, optimizan exactamente lo mismo: darte más de lo que ya te gusta, de lo que ya sos. Y ahí hay una trampa que puede parecer inofensiva, pero es tóxica. Más de lo que ya te gusta es menos de lo que todavía no conocés. Cada vez que el sistema acierta con lo que te muestra, estrecha un poco el borde de tu mundo. No te miente, no te manipula en el sentido grosero: simplemente te da la razón, otra vez, sobre quién ya sos.

¿Por qué nos empobrece?

En cualquier sistema que aprende existe una tensión: explorar contra explotar. Explotar es aprovechar lo que ya sabés que funciona. Explorar es probar lo incierto, arriesgarte al error para descubrir algo mejor. Un sistema que solo explota queda atrapado en un lugar suficientemente bueno del que nunca sale, porque para encontrar algo mejor primero tendría que aceptar, al menos por un rato, algo peor. Los algoritmos que ordenan nuestra atención son puro explotar. Optimizan atraparnos, y lo hacen dándonos lo conocido. Nos arman un micromundo que puede sentirse como un paraíso. El problema no es que estemos mal en ese lugar. El problema es que nunca vamos a saber qué hay un poco más allá, porque el sistema tiene todos los incentivos para que no miremos para afuera.

El costo que no se ve: los lazos débiles

Hay una idea del sociólogo Mark Granovetter que llamó "la fuerza de los lazos débiles". Su hallazgo es contraintuitivo pero interesante: las oportunidades que nos cambian la vida rara vez llegan de nuestro círculo íntimo. Vienen de los conocidos lejanos, de los vínculos casuales, de esa gente que apenas frecuentamos. ¿Por qué? Porque nuestros amigos cercanos se parecen a nosotros. La novedad vive en los bordes, en los que están lejos. El feed profundiza tus lazos fuertes mostrándote a los que ya seguís, a los que piensan como vos, y te oculta los débiles. Optimiza tu comodidad pero te aísla de esos lugares donde encontrabas lo nuevo.

Mark Granovetter

Mark Granovetter

Malditos algoritmos. ¿O somos nosotros?

Es cómodo cargarle toda la culpa al algoritmo, que claramente busca atraparnos. Pero hay también una parte incómoda: el mismo movimiento lo hacemos nosotros solos, sin ninguna máquina de por medio, cuando elegimos por ejemplo con quién y dónde vivir. Es la tendencia que tenemos a rodearnos de lo semejante. Buscamos el barrio donde nos sentimos entre pares, los grupos donde ya piensan como nosotros, las mesas donde nadie nos discute demasiado. Pero nadie nos encierra, nos encerramos solos, y con la mejor de las intenciones, porque lo parecido es cómodo y lo distinto requiere esfuerzo.

Sin obligación, es elección

Cada una de estas elecciones, mirada de a una, parece razonable. Quiero que me recomienden lo que me gusta. Quiero perder menos tiempo. Quiero vivir cerca de gente con la que me entiendo. El problema no está en ninguna de esas decisiones. Está en la suma. Nos empobrecemos de a pequeñas decisiones sensatas, una comodidad por vez, sin darnos cuenta de que el resultado final es una vida más chica. Y acá encaja justo la idea de antifragilidad de Nassim Taleb. Un sistema al que le quitamos toda la volatilidad no se vuelve más fuerte, se vuelve más frágil. Una vida perfectamente predecible no es solo más pobre: está peor preparada para el primer golpe inesperado, porque perdió el entrenamiento del desorden. Lo cómodo, a la larga, nos deja indefensos. No tengo cómo probar que somos hoy más predecibles que hace veinte años. Pero la dirección del movimiento me parece difícil de discutir.

Un poco de azar

La humanidad se pasó siglos peleando contra la incertidumbre y eso está muy bien. Pero al ganar esa guerra descubrimos que necesitábamos un poco de lo que estábamos combatiendo. Que el desvío, el error, el encuentro que nadie programó, no es algo a eliminar, sino la forma en que nos expandimos. No hablo de volver a un tiempo pasado como si hubiera sido mejor. Propongo algo más simple: dejar entrar un poco de azar a propósito. El libro que no te recomendó nadie. La conversación con el que piensa distinto. Una visita inesperada.

Y vos, ¿cuánto azar estás dispuesto a dejar entrar en tu vida?

Para quien quiera profundizar: la fuerza de los lazos débiles está en el trabajo clásico de Mark Granovetter, "The Strength of Weak Ties" (1973). La tensión entre explorar y explotar es un problema central del aprendizaje automático; la referencia de cabecera es "Reinforcement Learning: An Introduction" de Sutton y Barto. Y la idea de que quitar toda volatilidad nos vuelve frágiles, en "Antifrágil" de Nassim Taleb (2012).

* Juan Pablo da Rocha

X @YanpolCripto