El arte de engañar: pinturas para un Día de los Inocentes
Del mito de Zeuxis al trompe-l’œil, de Arcimboldo a Magritte, la pintura convirtió el engaño en juego, crítica y reflexión sobre la mirada.
Caravaggio, "Jugadores de cartas"
Gentileza.
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Cada 28 de diciembre, el Día de los Inocentes además de la conmemoración religiosa trae la celebración profana del engaño: bromas, noticias falsas, chanzas que ponen a prueba la credulidad ajena. Mucho antes de que la fecha se asociara al humor mediático, la pintura ya había explorado —con inteligencia, ironía y virtuosismo— el placer de engañar al ojo y a la mente.
Un mito fundacional: Zeuxis y Parrasio
La anécdota más célebre sobre el engaño pictórico proviene de la Antigüedad griega. Plinio el Viejo relata la competencia entre Zeuxis y Parrasio, dos maestros legendarios. Zeuxis pintó unas uvas tan realistas que los pájaros descendieron a picotearlas. Seguro de su victoria, pidió a Parrasio que corriera la cortina que cubría su obra. La cortina —descubrió entonces— estaba pintada.
La sentencia atribuida a Zeuxis resume siglos de reflexión estética: “Yo engañé a los pájaros; Parrasio engañó a un pintor.”
Del engaño moral al engaño visual
En la pintura flamenca del siglo XVI, la burla adopta un tono social. Pieter Brueghel el Viejo puebla sus escenas de aldeanos crédulos, charlatanes, estafadores y víctimas voluntarias del engaño. En obras como “Los proverbios flamencos”, la pintura se vuelve un catálogo de tonterías humanas, donde la risa es inseparable de la crítica.
El barroco refina esa tradición. En “Los jugadores de cartas”, Caravaggio muestra a un joven ingenuo engañado en una partida de naipes. El espectador ve lo que el personaje no ve y, como en el Día de los Inocentes, se convierte en cómplice silencioso de la broma.
El trompe-l’œil: la broma perfecta
El trompe-l’œil barroco lleva el engaño al extremo. Cartas clavadas, cortinas pintadas, marcos falsos: artistas como Cornelis Gijsbrechts o Samuel van Hoogstraten convierten la pintura en una trampa visual. Aquí el inocente ya no está representado en la escena: es quien la observa. Estas obras no narran una broma; son la broma.
Arcimboldo: el engaño culto
En el siglo XVI, Giuseppe Arcimboldo introduce una variante decisiva. Sus célebres retratos compuestos por frutas, flores, peces, libros o utensilios —Las cuatro estaciones, Los cuatro elementos, El bibliotecario, El cocinero— funcionan como acertijos visuales. De cerca, el espectador ve objetos aislados; de lejos, un rostro humano perfectamente reconocible. El engaño no es óptico en sentido estricto, sino intelectual: la imagen se revela solo a quien sabe mirar dos veces.
Arcimboldo no engaña a los pájaros, como Zeuxis, ni simula objetos reales en el espacio del espectador, como el trompe-l’œil barroco. Engaña al ojo ilustrado, al espectador culto de la corte. Su pintura es una chanza erudita, un juego visual que anticipa el arte conceptual.
De la burla a la paradoja
En el siglo XX, el engaño se vuelve filosófico. René Magritte no busca imitar la realidad, sino cuestionarla. “Esto no es una pipa” es, en esencia, una broma seria: una trampa para el pensamiento. La inocencia ya no consiste en creer que algo es real, sino en creer que las imágenes dicen la verdad.
Gamarra, la simulación en la escultura
El argentino Jorge Gamarra crea sus obras en materiales rígidos a los que otorga características plásticas de las que carecen.
Molina Campos
En la pintura argentina, el artista que a mi criterio mejor encaja en el argumento de hoy es Florencio Molina Campos (1891-1959). Toda su obra está imbuida de sano humor. Pero como bien remarcó Rafael Squirru, don Florencio no se ríe del paisano sino “con el paisano” desde que él mismo se consideraba uno de ellos.
La escena de “La escuelita” que acá reproducimos donde un gurí que enciende un petardo en plena clase se me ocurre ideal para augurar un feliz día de los Inocentes.
* Carlos María Pinasco es consultor de arte.







