Ecovita: la historia detrás de la pyme familiar que le disputa mercado a las multinacionales
De ser legado a ser proyecto personal, la historia de Ecovita "no fue amor a primera vista, sino que nos fuimos enamorando" asegura su dueño Guido Mellicovisky.
"No venimos de familia industrial. Lo que hicimos fue aprender hablando con gente", señala el titular de Ecovita.
La Fábrica PodcastGuido Mellicovisky, dueño de Ecovita, pasó por La Fábrica Podcast donde contó su historia de herencia, esfuerzo, dudas profundas, crisis económicas, inundaciones, peleas de hermanos, terapias, crecimiento y, finalmente, la convicción por la que Ecovita dejó de ser un legado para convertirse en su proyecto personal. Conocé todo lo que dijo, en Argentinos que construyen.
“Cuando uno está metido cuesta parar y darse cuenta que uno armó una empresa”, admite Mellicovisky en cierta parte del reportaje. Ecovita es hoy una compañía familiar de productos para el cuidado de la ropa y el hogar, con marcas propias y un peso importante en marcas blancas. “En el canal moderno, en los grandes supermercados, tenemos 10 puntos del mercado con la marca Ecovita en cuidado de la ropa. Y en marcas blancas otro 10. De nuestra fábrica sale el 20%”, señala el entrevistado con orgullo.
Pero nada de esto parecía posible cuando su padre fundó la empresa hace 25 años. “Mi viejo siempre se dedicó a otra cosa. En los 70 y 80 tuvo un mayorista conocido; en los 90 quebró. Y así cayó Ecovita de casualidad, con una fábrica de cosmética”. Al comienzo la empresa se reducía a un depósito familiar vacío, un químico contratado por aviso y un padre intentando reinventarse. Guido tenía 17 años. “Yo no trabajaba en la empresa. No venimos de familia industrial. Lo que hicimos fue aprender hablando con gente”.
Ser dueño de una Pyme
“Me entregó una fábrica con 22 años. Y yo no quería estar ahí”
Guido estudió abogacía y periodismo, vivió en China, y a su regreso su padre fue directo: “Ahora te toca”. Ese fue el inicio de una transición abrupta: “22 años tenía. Mi viejo pretendía que llegara a las 6 AM y me fuera a las 6 de la tarde, y yo nunca había trabajado”. Su primer rol fue con Carlitos en la elaboración: levantar tachos, mezclar suavizante con un remo, romper panes de grasa a pico y pala. Duró dos semanas. “Envasando también duré poco”, confiesa.
Eran ocho personas. Ecovita era artesanal, precaria y llena de pruebas. “En elaboración, si se rompía el remo, nos íbamos a las náuticas en San Fernando a comprar otro”. No había glamour ni gerencias, había trabajo.
Pero lo más difícil no fue lo físico, sino lo emocional. “La poltrona desde un lugar de impostor la tuve mucho tiempo. Me costó mucha terapia. Me costó hacerme cargo de que tenía una fábrica”. Sentía que la empresa “se la habían regalado”, que lo habían puesto en un lugar para el que no estaba a la altura. “Era percepción mía. Tener 23 años y una fábrica a cargo con las personas que sean es difícil”.
Durante años, no disfrutó ir a su propio trabajo. “Para nada. Era un legado familiar. Yo tenía que trabajar. No quería entrar a un estudio de abogacía. Me metí de prepo. Era la salida para empezar a ganar guita. No me gustaba”.
De la obligación al amor: “Con la empresa nos fuimos enamorando”
El giro no vino de un día para el otro. No hubo epifanía. Hubo resultados. “Cuando las cosas te empiezan a salir bien, te empieza a convencer. No arranqué con pasión; la pasión se fue convirtiendo. No fue amor a primera vista. Con la empresa nos fuimos enamorando”.
Delegar lo que no le gustaba, encontrar su rol y construir junto a su hermano —cada uno con estilos opuestos, “Menotti y Bilardo”— fue clave. “Mi hermano es más de oficina, prolijo, minucioso de la planilla Excel. Yo soy más de hacer, de hablar con los empleados”.
Las discusiones eran inevitables. “Me costaba un huevo bancarme la discusión. En algún momento mi hermano cumplía un rol de liderazgo y un día me di cuenta que estaba a la altura. Ahí mejoró todo”.
Hacerse cargo en primera persona
La crisis, el barro y la inundación de 2013: “Ese fue el peor día”
La anécdota más cruda de Ecovita no tiene que ver con negocios, sino con supervivencia. “La inundación de La Plata en 2013. Nuestra planta de San Martín quedó bajo agua. Habíamos comprado una máquina el viernes anterior. Cuando llegamos había un metro de agua. Se salvó de milagro. Perdimos de todo”.
Nunca hicieron la cuenta total del daño. Montañas de cajas mojadas, materias primas destruidas, máquinas arruinadas y un futuro incierto. “Argentina tiene vaivenes desde hace 50 años. Y lo sufrimos también en la cuarentena. Cada devaluación es ‘¿Qué hacemos?’”.
Pero la empresa siguió. Con optimismo. Con terquedad. “Jugamos al tenis en cancha de adoquines. No sabés para dónde pica mañana”.
De vender en un auto a competirle a multinacionales
En los primeros años, vender era concretamente Guido solo con su auto y una muestra en la mano. “Era la primera etapa comercial de Ecovita: ir a vender a los chinos”. “Era número dos en ventas. Confort, Viveré y pará de contar. Una categoría donde los líderes manejan el 80% del mercado”.
“Trabajamos con los mismos proveedores que las multinacionales. Fragancieras de Suiza, Francia, Estados Unidos. No hay secreto: hay que tener buenos proveedores. Somos muy hinchas con la calidad”.
Y agrega algo que muestra la naturaleza pyme en su máxima expresión: “No teníamos plata para focus group. Entonces, pusimos en los envases mi teléfono y el de mi hermano. Eso era nuestro focus group. Te atendía mi hermano”.
Cuando le preguntan qué le diría a quien quiere emprender, Guido responde con la frase que siempre repiten en Ecovita: “El primer paso no te lleva donde querés, pero te saca de donde estás”. Y agrega: “Nunca bajar los brazos. Siempre emprender. Ser disruptivo, innovar, apostar a la tecnología. Tener esperanza. Confiar en que el futuro va a ser mejor”.

