Dos finales
“Eso da para un cuento” reúne historias nacidas de situaciones cotidianas, incómodas o dolorosas. La primera entrega es “Dos finales”.
La separación fue un domingo a la tarde. El timing perfecto para una separación.
GentilezaLa separación fue un domingo a la tarde. El timing perfecto para una separación. En esa hora rarísima en la que baja el sol, el mate ya está tibio y el fin del fin de semana empieza a doler. La patada de elefante previa a arrancar la semana. El tobogán en picada, como lo llaman algunos.
Encima, la noche anterior, Racing había perdido un partido malísimo, de visitante, pero muy ganable y que lo complicaba en el campeonato local. Un gol sobre el final, un error boludo y un silencio largo después del pitazo final.
La separación
Él y Joaquín, su hijo de nueve años, apagaron la tele sin decir nada y sin ganas de terminarse la pizza. Él principalmente se fue a dormir sabiendo que se estaba terminando mucho más que un partido, aunque todavía no sabía bien qué.
El domingo habló con su mujer como en los últimos dos meses; sin gritos y sin escándalos. Adultos cansados hablando bajo, en piloto automático, donde lo único que evitaban era el roce para seguir discutiendo y mucho más delante de su hijo.
Ese año en el que iban a cumplir veinte de casados, se habían quedado sin nafta a pocos kilómetros de llegar. Como ir a Mar del Plata y que el motor muera en Coronel Vidal.
Igual, desde el comienzo de ese viaje aniversario, ambos sabían que no iban a llegar. Nunca lo hablaron y no hacía falta. Había pasado demasiada agua bajo el puente. Tanta que el dique ya estaba quebrado y a punto de romperse.
Esa mañana de domingo previa a poner en palabras esa frase que a tantas parejas les cuesta decir, él había googleado, por curiosidad, si existía alguna boda por los veinte años de casados. Descubrió que eran las de porcelana. Pensó en lo frágil que es la porcelana: se te cae y se hace mil pedazos. Sintió que la de ellos se había caído hacía tiempo y no la habían podido atajar. Quizás ayudaba que ambos fueran bastante torpes con los vasos y platos, rompiendo dos o tres por mes. La diferencia era que esta porcelana no se podía reemplazar.
No fue culpa de nadie. Fue la vida. El juego de la vida: a veces se termina y a veces no. Esa mañana, al levantarse, él recordó un título de un disco de rock nacional de los 90 que ya no le gustaba tanto: “Somos los mismos de siempre”. No eran los mismos ni en pedo.
No hubo reproches memorables. Más que nada frases educadas y dolorosas de una separación. “No somos felices”. “Así no va”. “En el fondo, para Joaquín va a ser mejor”. Todo dicho en tono moderado, como si el dolor pudiera controlarse con volumen bajo.
Tres semanas después, cuando finalmente ella se fue a una casa grande con su madre, el departamento quedó lleno de restos, de espacios vacíos con muebles para rellenar, fotos para reordenar, la biblioteca por la mitad y paredes con marcas de cuadros. Y siempre Racing, su Racing, prendido de fondo como un ruido blanco que ayudaba a no pensar. Y colgado en las paredes, ya sea con el banderín, el póster de El Gráfico del Racing campeón de la Supercopa del 88 y algunas fotos enmarcadas de diferentes épocas de Joaquín y él en la cancha.
Un nuevo nombre
Los partidos siempre se miraban completos, aunque fueran horribles. Le iba mal en el campeonato, pero, milagrosamente, en la Libertadoras había arrancado y parecía otro equipo, crecía una esperanza. Siempre los veía con Joaquín, eso no era negociable con su ahora exmujer, y realmente la pasaban muy bien juntos.
Iban a la cancha de local, sea fin de semana o en la semana. A pesar de que él estaba con poco trabajo freelance y ahora tenía que gastar más plata, prefería comer fideos todos los días antes de dejar de pagar la cuota de socio para ir con su hijo al “Cilindro”. De visitante, siempre lo veían por tele, siempre juntos.
Poco a poco, él se fue acostumbrando a su nueva vida y comenzó a organizarse, a salir con sus amigos solteros y, poco a poco, con las parejas, a probar aplicaciones nuevas que no sabía ni que existían.
Y lo mejor de todo, a empezar a llevarse bien con él mismo.
Un día, el “hay alguien” llegó sin anuncio. Una frase corta, casi al pasar.
Al principio, Joaquín lo nombraba poco a Juan. Después empezó a aparecer más seguido, como si se hubiera mudado a las conversaciones: “Juan me llevó”, “Juan arregló”, “Juan me regaló”.
Lo odiaba sin conocerlo. Lo odiaba en abstracto. Lo odiaba como se odia a alguien que ocupa un lugar que uno siente propio, aunque ya no lo sea. Odiaba que sea de la Academia como él. Hubiera preferido que sea del Rojo, tendría todo mucho más sentido su emoción.
El primer encuentro fue educado, pero bastante incómodo. Juan lo buscó a Joaquín por su casa y se dieron apretón de manos firme y mirada de nada. Una sonrisa forzada y una charla mínima. El tipo parecía educado hasta para respirar. Y entonces pasó algo que no esperaba. Juan se agachó para acomodarse el pantalón y él lo vio. Un tatuaje de un escudo de la Academia bien gastado, muy de los años 90. El mismo que él tenía tatuado, pero en la espalda. Automáticamente, algo cambió en él. Aunque ya sabía que era de Racing y lo odiaba por eso, ahora sus sentimientos se encontraban.
La final
–¿Sos de Racing? –le dijo sin saber que estaba haciendo una pregunta muy boluda.
Juan levantó la cabeza y sonrió distinto. No una sonrisa educada, sino una de verdad.
–Desde chico. Enfermo –dijo–. Mi viejo me hizo socio antes de que nazca. Joaquín me dijo que vos también sos fanático. ¡Aguante la Academia!
Algo se movió ahí. No fue simpatía, pero sí un reconocimiento. De repente, se olvidó de que Juan era el novio de su ex y el nuevo padrastro de su hijo. A pesar de su bronca, ser hincha del mismo club no es poco. Y mucho menos compartir el mismo tatuaje.
Con el correr de las semanas, Racing empezó a avanzar en la Libertadores como si no quisiera, pero no pudiera evitarlo. Sufriendo con goles sobre la hora, atajadas imposibles y laterales colgados del travesaño. Padre e hijo, ahora más unidos que nunca, veían los partidos y gritaban, lloraban y, ahora de buen humor, aprovechaba para contarle historias viejas suyas yendo a la cancha con amigos y con su abuelo, que él exageraba un poco, como hacen los padres separados que todavía quieren ser héroes.
Llegaron los octavos, los cuartos, la semi y, milagrosamente, la final. Cuando se supo que se jugaba en Brasil, no lo dijo, pero supo que no iba a estar ahí. Averiguó precios por todos lados, pero no llegaba. Ya venía endeudado y, lamentablemente, tenía que verlo con Joaquín en Buenos Aires o, al menos, en Avellaneda en pantalla gigante.
El llamado de su ex mujer llegó una noche cualquiera.
Juan
–Juan consiguió entradas –dijo ella–. Puede llevar a Joaquín, si te parece. Él se muere de ganas, aunque le da culpa por vos, ¿lo dejás?
Le pareció injusto, lógico y horrible.
–Está bien –respondió secamente–. Si él se muere de ganas, que vaya. Que vaya. Después hablo con él para que no sienta culpa.
Apagó el celular y se quedó mirando la pared, pensando en cuántas finales se pierde uno sin darse cuenta.
El día del partido estaba tan nervioso y se sentía tan solo que decidió no ir a al Cilindro ni verlo por la tele. Caminó sin rumbo fijo por San Telmo y finalmente escuchó gritos en un bar y se tentó y entró a ver el final del primer tiempo. Cero a cero. Parece que los brasileros los estaban cascoteando por todos lados. Se fue antes de que arranque el segundo tiempo. No quería sufrir más y siguió caminando. De repente, cuando estaba por avenida Independencia (avenida bien de Independiente), escuchó gritos que venían de varias casas y bares.
Comenzó a correr para buscar un bar y no había ninguno cerca. De repente, volvieron los gritos y supo que Racing, su Racing, era campeón de la Libertadores. Su celular explotó. Mensajes. Audios. Videos. Primeros bocinazos. Finalmente, encontró un bar donde varios hinchas festejaban y, medio desorientado, entró al baño y lloró como no lloraba desde hacía años. De felicidad, sí. Pero también de bronca, celos e impotencia de no haberlo visto con Joaquín. De esa envidia fea que no se puede contar.
Esa noche no durmió más que un par de horas pensando en su hijo, que ya le había mandado miles de videos y audios feliz de la vida contándole cómo había vivido la final.
El regreso desde Brasil fue un caos con el vuelo de Joaquín retrasado y cientos de hinchas con diferentes camisetas de la Academia en el aeropuerto que no paraban de cantar desde que había terminado el partido.
Había arreglado con Juan (quien, obviamente, ya tenía su contacto en WhatsApp) para encontrarse en una Shell a mitad de camino entre Ezeiza y el centro.
Ni la casa de ella ni la de él. Un lugar neutro donde llegó temprano y nervioso por el reencuentro con Joaquín. Mientras tomaba café sin parar, veía en la tele lo que se vivía en el aeropuerto.
Cuando vio el taxi llegar, lo reconoció por la bandera flameando por la ventanilla y la carita feliz de Joaquín asomando por la ventana como un perrito feliz.
Joaquín bajó antes de que frene del todo.
–¡Pa, somos campeones!
Venía roto y afónico. Cansado y feliz. Con una alegría que no se podría describir.
–No sabés lo que fue –decía Joaquín sin aire–. Cuando entramos a la cancha…, yo pensé que me explotaba el pecho.
Él no decía nada. Lo apretaba.
–Cuando hicimos ese golazo –siguió–, me largué a llorar. Juan me abrazó, pero yo solo pensé en vos. Pensé: “Ojalá estuviese acá”.
Eso lo quebró aún más. En dos días, había llorado lo que no había llorado en diez años o más.
Mientras tanto, Juan se quedó a un costado respetuoso y también emocionado, aunque trataba de esconderlo.
Finalmente, él miró a Juan y le dijo:
–Gracias…, gracias, Juan, por llevarlo.
Juan dudó un segundo y le contestó:
–No podía no llevarlo –respondió–. Esto…, esto es Racing. Si no se comparte, no sirve.
Se quedaron mirándose un segundo más de lo habitual. Dos tipos distintos. El mismo amor. La misma condena.
Racing siempre junta
–¿En qué tribuna estuvieron? –preguntó él.
–Popular –dijo Juan–. Como corresponde.
Sonrió sin querer.
–Bien. Si lo llevabas a platea, te cagaba a trompadas.
Juan se rio. Fuerte. Liberado.
–Lo pensé –dijo–. Pero no daba.
Joaquín los miraba a los dos, contento. Como si entendiera que algo se estaba acomodando.
–La próxima vamos los tres –dijo él, casi sin pensarlo.
Juan levantó las cejas.
–Cuando quieras –respondió–. Racing siempre junta gente.
Se despidieron sin solemnidad. Sin promesas grandes. Pero con algo nuevo.
Joaquín se subió a su auto y siguió hablando sin parar. Contando cada detalle. Cada gol. Cada abrazo.
Él manejaba en silencio. Escuchando. Pensando que no había estado en la final. Pero que, por primera vez, había ganado algo igual.
Racing campeón. Y su hijo feliz. Y que, al final, era lo único que importaba.



