Del fracaso escolar al cuestionamiento del sistema educativo
Una especialista en educaciòn invita a cuestionar las estructuras rígidas de la escuela y su impacto en el rendimiento de los alumnos.
¿Es posible que el bajo rendimiento escolar no sea un problema de capacidad, sino un "efecto secundario" de cómo está organizada la escuela?
Archivo MDZ¿Es posible que el bajo rendimiento escolar no sea un problema de capacidad, sino un "efecto secundario" de cómo está organizada la escuela? Esta es la pregunta central que plantea la especialista Flavia Terigi en su análisis sobre el fracaso escolar desde una perspectiva psicoeducativa. Durante décadas, hemos señalado al niño como el "dueño" del problema, pero las nuevas teorías sugieren que el foco de la sospecha debería cambiar de dirección.
Las preguntas que nos obligan a repensar todo
¿Por qué diagnosticamos con "trastornos" a niños que simplemente no se adaptan a la rigidez del tiempo escolar?; ¿Es la "sobreedad" un defecto del estudiante o un límite de la escuela graduada para enseñar a ritmos diferentes?; ¿Qué pasaría si el fracaso escolar fuera, en realidad, una pieza funcional —aunque dolorosa— del sistema educativo moderno?
Del "niño problema" a la "situación educativa"
Históricamente, el fracaso escolar se interpretó bajo un modelo patológico individual. Si un alumno no aprendía, la psicología buscaba en él una deficiencia: un bajo cociente intelectual, un "retardo madurativo" o algún cuadro de la familia de los "dis" (dislexia, discalculia). Sin embargo, Terigi propone lo que llama una reconceptualización situacional. El problema no está "dentro" del niño, sino en la relación entre el sujeto y las condiciones de la escolarización. La autora denuncia la "falacia de abstracción de la situación", el error de evaluar las capacidades de un niño ignorando que la escuela es un contexto artificial con demandas muy específicas (como el filtrado riguroso de la atención) que no son "naturales".
El sistema educativo, un concepto bajo la lupa
El artículo de Terigi invita a dejar de "etiquetar" a ciertos grupos como "poblaciones en riesgo" (como adolescentes madres o jóvenes que trabajan) como si el riesgo fuera una propiedad de sus vidas. Un ejemplo es el de la maternidad, ser madre adolescente no impide aprender por sí mismo. Se convierte en "riesgo" porque el sistema exige una presencialidad continua que la escuela no sabe cómo flexibilizar. El peso del cronosistema actual está atado a un "cronosistema" que fija tiempos iguales para todos. Cuando un niño no sigue ese ritmo, la escuela —y no el niño— es la que encuentra su límite.
Hacia una nueva mirada en el aula
El desafío actual, según la autora, es que el conocimiento psicoeducativo deje de ser una "coartada" para convertir los límites del sistema en problemas personales de los alumnos. La inclusión plena no vendrá de mejores diagnósticos clínicos, sino de tensionar y remover las condiciones del proyecto escolar que hoy generan exclusión. Como bien señala la autora, en la medida en que mejora nuestra capacidad de enseñar, aquello que hoy llamamos "riesgo" deja de producirlo.
La atención: ¿Un proceso biológico o una exigencia escolar?
La escuela no se limita a potenciar el desarrollo espontáneo, sino que introduce cursos específicos en el desarrollo cognoscitivo. Mientras que un niño en su vida cotidiana puede explorar libremente, la escuela le exige un filtrado de información donde solo ciertos estímulos son "relevantes". Se observa una brecha clara en primer grado entre niños que pasaron por el jardín de infantes y los que no; los primeros ya han sido "educados culturalmente" para prestar el tipo de atención que la escuela requiere. Cuando un niño no logra este ajuste atencional, el sistema suele recurrir rápidamente a diagnósticos como el ADD o ADHD, convirtiendo una diferencia de adaptación en una "pandemia escolar" basada en manuales clínicos, es decir, patologizando a los niños.
El "Momento Evaluativo" como generador de fracaso
El fracaso escolar masivo no es solo una estadística, sino que se produce en la interacción diaria dentro del aula. Según las investigaciones citadas por Terigi (como las de McDermott), el aula es un entorno diseñado meticulosamente para localizar desempeños diferenciales y poner en evidencia la "discapacidad". Si un maestro tiene una visión estática y solo ve el "error" (por ejemplo, en la lectura de un número), contribuye a la producción del fracaso. Una evaluación que entienda los conocimientos del niño como "aproximaciones parciales" puede cambiar radicalmente el destino escolar de ese alumno.
La trampa de las "poblaciones en riesgo"
Terigi propone dejar de usar etiquetas que pongan el problema en el sujeto. El primer la sobreedad que no es un factor de riesgo por la edad en sí, sino porque la escuela está organizada de forma graduada y no sabe qué hacer con quien rompe ese ritmo. El segundo, la maternidad y trabajo, estas condiciones se vuelven "riesgosas" solo porque la escuela mantiene un régimen académico presencial y rígido que no se adapta a las realidades de estos jóvenes. Aquí tienes una conclusión contundente para cerrar el artículo, integrando el desafío que enfrentan hoy los profesionales del ámbito educativo bajo esta nueva lente:
Del diagnóstico clínico a la justicia educativa
El giro contextualista propuesto por Flavia Terigi no es solo un cambio de términos, sino un desafío ético y político para quienes habitan la escuela. El conocimiento psicoeducativo ya no puede funcionar como una "coartada" para convertir las limitaciones del sistema en problemas personales de los alumnos. El reto consiste en abandonar la mirada clínica individual y solitaria para analizar cómo las prácticas escolares, como regímenes de actividad específicos, producen desempeños diferenciales. Para los docentes el reto implica entender que el aprendizaje no es un proceso natural que ocurre en el vacío, sino una respuesta a demandas cognoscitivas —como la atención selectiva— que la propia escuela cultiva. Para el sistema el reto requiere reconocer que etiquetas como "sobreedad" o "riesgo" son, en realidad, indicadores de los límites de una escuela que todavía se aferra a la simultaneidad y la presencialidad obligatoria como únicos caminos posibles.
La plena inclusión educativa no se logrará "curando" a los sujetos, sino tensionando y removiendo las estructuras del proyecto escolar que hoy actúan como barreras. El riesgo educativo es una condición transitoria en la medida en que mejoramos nuestra capacidad de enseñar, aquello que hoy genera exclusión deja de hacerlo.
* Mg. Juan Manuel Ribeiro, especialista en educación.




