De Apolo a Artemis: la Tierra vista desde afuera
La nueva carrera lunar reactualiza una vieja paradoja: la ciencia avanza, pero la humanidad no logra dejar atrás la guerra.
La imagen de la Tierra como nave adquiere un sesgo inquietante.
NASALa carrera espacial ha sido, desde sus inicios, una escena privilegiada donde la humanidad proyecta tanto su potencia como sus paradojas. Si el programa Apolo, en pleno siglo XX, condensó el pulso geopolítico de la Guerra Fría, el programa Artemis, ya en el siglo XXI, parece desplegarse en un mundo que, aunque tecnológicamente más sofisticado, no ha logrado sustraerse de sus propias tendencias destructivas.
Apolo fue, ante todo, una demostración de supremacía
Llegar a la Luna no era únicamente un objetivo científico: era un acto simbólico dirigido a la Tierra. El alunizaje de 1969 no sólo marcó un hito técnico (¡y en esa época!), sino que estableció una narrativa de conquista, de dominio, incluso de apropiación del espacio. La Luna, en ese entonces, se volvió territorio de competencia, un espejo celeste de las tensiones terrestres. Artemis, en cambio, se presenta bajo otro discurso. Se habla de cooperación internacional, de sostenibilidad, de una presencia humana más prolongada y responsable en la Luna. Ya no se trata únicamente de “llegar primero”, sino de permanecer, de construir, de aprender. Sin embargo, esta diferencia en el relato no elimina la persistencia de intereses estratégicos, económicos y militares que siguen orbitando, aunque con un lenguaje más diplomático en una carrera ahora contra China (antes era Rusia).
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Artemis, se presenta bajo otro discurso
Pero hay un punto donde ambos programas, separados por décadas, se tocan: la experiencia subjetiva del astronauta. Si en Apolo emergieron las primeras descripciones de la Tierra vista desde afuera —esa imagen frágil, suspendida en la oscuridad— y “el gran paso de la Humanidad” dicho por Neil Amstrong, hoy los astronautas de Artemis retoman y profundizan esa percepción. La Tierra deja de ser el escenario absoluto para convertirse en un objeto: una nave en sí misma, un sistema cerrado que viaja en el vacío (o en algo que es tan difícil de aprehender). Esta inversión de perspectiva no es menor. Ver la Tierra como nave implica reconocer que no hay un “afuera” al cual escapar fácilmente. Todo ocurre dentro de ese sistema: los ecosistemas, las economías, las culturas, pero también los conflictos. Desde esa distancia, las fronteras desaparecen. No hay líneas divisorias visibles, no hay territorios que se impongan sobre otros. Sólo un planeta compartido.
Y sin embargo, en ese mismo planeta, continúan decisiones que parecen ignorar esa evidencia. La guerra, en sus múltiples formas, persiste como si la Tierra no fuese una unidad, sino un conjunto fragmentado de intereses irreconciliables. Se invierten recursos colosales en la exploración espacial, billones de dólares, —enviar humanos nuevamente a la Luna, proyectar misiones a Marte— mientras, simultáneamente, se destinan recursos igualmente vastos a la destrucción. La paradoja es evidente: una humanidad capaz de salir de su planeta y contemplarlo como un todo sigue siendo incapaz de actuar en consecuencia dentro de él. Quizás el mayor aporte de la nueva carrera espacial no resida en los avances tecnológicos ni en la expansión territorial, sino en esa mirada que retorna. El astronauta que observa la Tierra como una nave no trae únicamente datos o muestras: trae una experiencia que interpela. Una experiencia que cuestiona la lógica de separación, de enfrentamiento, de aniquilación.
La Tierra deja de ser el escenario absoluto
Y sin embargo, esa interpelación tropieza con un límite que Jacques Lacan formuló con precisión incómoda: la ciencia progresa, pero ese progreso no implica un avance en lo que concierne al sujeto. Dicho de otro modo, la acumulación de saber no modifica por sí misma la estructura del deseo ni domestica la pulsión de muerte. Desde esa perspectiva, la imagen de la Tierra como nave adquiere un sesgo inquietante: no es sólo el hogar común, sino también el escenario cerrado donde se repite lo peor. Tal vez allí se juegue el verdadero alcance de Artemis. No en el regreso a la Luna, sino en la posibilidad —aún incierta— de que esa mirada externa logre producir un efecto interno. Porque si la ciencia nos ha permitido salir de la Tierra, no ha logrado todavía que dejemos de destruirla. Como advirtió Jacques Lacan en su enseñanza, el discurso de la ciencia avanza sin hacerse cargo de aquello que forcluye: el sujeto y su goce. Y es allí donde retorna, bajo la forma de repetición, de violencia, de guerra: “La ciencia no progresa donde más importa: allí donde el sujeto insiste.”
* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta.