D2 Mendoza: así eran las celdas de tortura y muerte en el Palacio Policial
El centro clandestino de detención, torturas y exterminio más grande de Mendoza funcionó en el Palacio Policial. Hoy en dos ambientes está el Espacio para la Memoria y los Derechos Humanos ExD2.
En la sala de interrogadorios todavía están las baterías que alimentaban la picana eléctrica.
Marcos Garcia / MDZUna puerta de madera oscura se abre y comienzan las estrechas escaleras. Uno, dos, tres, cuatro… un descanso, otra vez la seguidilla de escalones. Me raspo un codo, miro y descubro que la pared es de granito, los escalones de dos niveles se transforman en trampas para los pasos cortos casi entre penumbras mientras me sostengo de la baranda helada.
Una nueva puerta se abre. La sala es gris, pequeña, no hay aire, el ruido del rack -instalado entre la vuelta de la democracia y 2015- se vuelve insoportable, en la parte baja de la pared aún están amurados los ganchos donde sujetaban las esposas de los secuestrados. Entre la pintura descascarada y las huellas de las botas se dibujan manchas -¿orín, sangre? quizás los dos-, pegadas al zócalo descansan un par de baterías que alimentaban las picanas eléctricas.
Hace 50 años, en el centro de esa habitación había un camastro de metal en la que torturaban y violaban a mujeres y hombres. “Esto no estaba así de limpio. Acá no se podía respirar porque el cuerpo torturado no controla esfínteres”, cuenta el ex preso político, Eugenio Paris. Mi mente imagina los gritos de dolor. Me falta el aire, vuelvo a mirar las manchas en la pared y ahogo las náuseas.
Salimos de la “sala de interrogatorios” y la otra guía dice: “Hay que apurarse porque hay un traslado”. Por un momento, el viaje de medio siglo al pasado me abstrae de la realidad y olvido que actualmente en el Palacio Policial funcionan oficinas de la Policía, el Poder Judicial, el Ministerio Público y la Penitenciaría. “Están trasladando un preso”, pienso.
Volvemos al entrepiso y esta vez la puerta está abierta. El pasillo lúgubre se abre en dos y las puertas verdes de metal con pequeñas mirillas se suceden una tras otra. En total, son trece y al fondo están los baños. La mayoría son para una sola persona, excepto las dos del final donde alojaron hasta doce detenidos.
Apagan las luces y las pequeñas celdas de solo 1,50 metro -diseñadas para que no se pueda descansar ni en el suelo- se convierten en verdaderos agujeros negros. En el interior no hay nada, solo un triángulo de chapa en un rincón que hace las veces de asiento. Solo una celda tiene una claraboya por la que entran los débiles rayos del sol.
En las celdas no había horas ni días. No había rutinas. Solo el rugir de la cerradura que adelantaba una violación en el pasillo o una sesión de torturas. Cada tanto, los guardias dejaban un tacho con lo que parecía un caldo, los baños no se usaban y las personas secuestradas no tenían más opción que hacer sus necesidades en las celdas.
Recorro las celdas. En una de las grandes del final hay nombres grabados en la parte más alta. Montenegro leo con la punta de los dedos. En otra pared: Marta, Alicia. Nombres, personas, historias que no las pudieron borrar, tapar o desaparecer con pintura.
Con los ojos vidriosos vuelvo a recorrer el pasillo ahora con las luces prendidas. En cada puerta, con letra pequeña con corrector blanco dice: científica, limpieza y otros nombres de dependencias policiales. Entre 1983 y 2015 los calabozos donde torturaron, violaron y asesinaron personas secuestradas funcionaron como depósitos.
El calabozo cero
El Espacio para la Memoria y los Derechos Humanos ExD2 administra las celdas del entrepiso, una sala que se utiliza para charlas y presentaciones, y la antigua sala de torturas. Pero hay otra zona de calabozos en el subsuelo que está clausurada. Solo se pueden ver unas pequeñas ventanas enrejadas desde el estacionamiento.
En ese lugar había solamente celdas individuales, más pequeñas que las que están en manos de los organismos de derechos humanos. Además, estaba el calabozo cero, una pequeña habitación que parecía un sarcófago vertical que se utilizaba para castigos severos e incomunicar a los secuestrados.
El ingreso de los secuestrados
El ingreso por la explanada estaba reservado para las personas que iban a hacer trámites en el Palacio Policial. Un hall de ingreso, carteles con indicaciones, ventanillas de recepción y todo el andamiaje burocrático para tramitar desde la cédula de identidad hasta el certificado de antecedentes penales.
Los secuestrados no tenían esos honores. En general, los detenidos llegaban con ojos vendados cargados en el baúl o el asiento trasero de un auto. El ingreso al D2 era por el estacionamiento, que actualmente linda con el Auditorio Ángel Bustelo. Eran arrastrados por la playa de tierra y entraban al edificio por las puertas de atrás directo a la sala de torturas, también conocida como acumuladores.
Vigilancia y castigo, los baluartes del edificio
El Palacio Policial es uno de los edificios emblema del brutalismo en Mendoza. Las líneas simples y las paredes frías de concreto le dan vida a una estructura tipo panal de abejas que permite moverse rápidamente entre pasillos, entrepisos y escaleras a los conocedores del lugar, sin embargo se convierte en un laberinto para los que lo pisan por primera vez.
Los parasoles están a casi un metro de distancia del cuerpo del edificio por lo que un guardia puede caminar sin problemas alrededor de todo el perímetro sin ser visto desde la calle.