Cuando la memoria también suena: la música que resistió a la dictadura y se negó al olvido
Entre metáforas, censura y exilio, artistas argentinos transformaron sus música en un refugio y denuncia durante los años más oscuros del país.
La música como memoria y como crítica en épocas de dictadura militar.
Hubo un tiempo en el que cantar también era peligroso. En el que una letra podía incomodar al poder y una melodía convertirse en amenaza. Durante la última dictadura militar en Argentina, la música no sólo fue censurada, sino que también fue refugio, denuncia y memoria. Y hoy, a 50 años y en el Día de la Memoria, un repaso de los artistas que, de distintas maneras, buscaron hacer frente, repudiar y aún invitan a recordar: nunca más.
A falta de libertad, aparecieron las metáforas. Donde no se podía nombrar, se sugería. Donde el silencio era impuesto, la música encontró formas de decir sin decir.
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Los álbumes en época de dictadura
En esos años, mientras el país atravesaba uno de sus períodos más oscuros, también se editaban discos que hoy son parte central de la historia del rock y la canción argentina. Artaud, de Spinetta, ya había marcado un camino poético difícil de encasillar. Más tarde llegarían Grasa de las capitales, de Serú Girán, con su mirada filosa sobre la sociedad, o La dicha en movimiento, de Los Twist, que desde el absurdo y el humor también lograba filtrar una época.
En paralelo, convivían obras como Crucis, Vasos y besos, el debut de León Gieco, Fiebre de vivir, de Moris, o Metegol, de Raúl Porchetto. Discos distintos entre sí, pero atravesados por un mismo contexto: el de crear bajo vigilancia. Porque, mientras la música salía a la calle, también era vigilada, prohibida o directamente silenciada.
Algunas canciones quedaron marcadas por esa censura explícita. “Violencia en el parque”, de Aquelarre, describía un clima social atravesado por la represión. “Me gusta ese tajo”, de Pescado Rabioso, fue prohibida. Lo mismo ocurrió con “Tema de los mosquitos”, de León Gieco, cuya carga metafórica y crítica incomodaba al poder.
Otras canciones cargaban con un peso simbólico aún mayor. “Juana Azurduy”, en la voz de Mercedes Sosa —perseguida y luego exiliada—, evocaba una figura histórica que también incomodaba en ese contexto. María Elena Walsh, por su parte, lograba moverse entre lo poético y lo político con “Como la cigarra” o “Gilito del barrio norte”, que atravesaron distintos niveles de censura.
Incluso canciones que hablaban de amor o de lo cotidiano podían leerse en clave política. “Viernes 3 AM”, de Serú Girán, o “Ayer nomás”, de Moris y Pipo Lernoud, mostraban una sensibilidad generacional atravesada por la época.
La persecución a los artistas
En ese contexto, muchos artistas también fueron perseguidos. Horacio Guarany, militante del Partido Comunista, tuvo ocho canciones censuradas y debió exiliarse en 1974 tras amenazas de la Triple A, antes de regresar años más tarde. La música, claramente, no era ajena a lo que pasaba: era parte.
La censura operaba sobre discos, radios y escenarios. Mercedes Sosa, por ejemplo, fue detenida tras un show en La Plata y luego decidió exiliarse en 1979. Pero ese mismo control también generó algo inesperado: una forma distinta de escribir. Más críptica, más poética, más cargada de sentido. Canciones que lograban decir lo indecible sin nombrarlo.
Relatos ocultos en canciones que parecían otra cosa
Pero incluso bajo esas condiciones, las canciones no dejaron de construirse como relatos paralelos. Historias que parecían ajenas, pero que en realidad hablaban de lo que ocurría todos los días. Como en “Resumen porteño”, donde “Águeda baila, baila y se cae...” y sólo era feliz en los conciertos: “Y siempre se la llevan detenida”. O Cacho, que va con su caña y su portátil a pescar al Río de la Plata para “ver los blancos peces en un nylon, cuando es tan temprano”, aunque “solamente flotan cuerpos a esta hora”, en referencia a los vuelos de la muerte.
Y así como Charly nos recuerda a todos: “Hoy desperté cantando esta canción / que ya fue escrita hace un tiempo atrás / es necesario cantarla de nuevo una vez más”. No es solo una frase, es una forma de resistencia. Volver a cantar, insistir, no dejar que el olvido nos gane.
Y en ese entramado, la música se convirtió en refugio emocional. En algo que no podía ser completamente arrebatado.
Porque, incluso en los peores momentos, había una certeza que sobrevivía en las letras: “Mamá, la libertad siempre la llevarás dentro del corazón. Te pueden corromper, te puedes olvidar, pero ella siempre está”. Esa idea —la de una libertad íntima e imposible de censurar— fue una de las claves de la época. Aunque se prohibieran canciones, aunque muchos artistas fueran perseguidos o exiliados, la música seguía circulando.
A casi cinco décadas del golpe, esas canciones no sólo siguen vigentes: siguen hablando. No como piezas del pasado, sino como recordatorios activos de lo que ocurrió. Porque la memoria, en Argentina, también suena. Y cada vez que esas letras vuelven a cantarse, no sólo evocan una época: ayudan a mantenerla viva.




