Cuando dormir mal deja de ser una experiencia individual
El 38% de la población no duerme bien. Más que insomnio, es una señal de agotamiento emocional colectivo y de un modo de vida que no deja lugar para descansar.
Dormir mal dejó de ser una experiencia aislada para convertirse en un fenómeno colectivo.
Archivo MDZDormir mal dejó de ser una experiencia aislada para convertirse en un fenómeno colectivo. Según el Worldviews Survey 2025, un estudio global realizado por la Worldwide Independent Network of Market Research (WIN), el 38 % de la población mundial afirma que no duerme bien o rara vez logra un descanso reparador. En Argentina, el dato es prácticamente idéntico.
La cifra impacta, pero lo verdaderamente preocupante no es el porcentaje. Es lo que estamos naturalizando detrás de él. Porque cuando casi cuatro de cada diez personas no descansan bien, el problema deja de ser individual. Ya no estamos hablando solo de insomnio. Estamos hablando de agotamiento emocional sostenido.
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Dormir mal no es solo dormir poco
Desde la inteligencia emocional, el sueño no es únicamente un proceso biológico. Es un espacio clave de regulación emocional. Es el momento en el que el cerebro procesa experiencias, ordena información, baja la activación del sistema nervioso y permite que las emociones encuentren un cauce.
Cuando eso no sucede, el impacto no aparece solo de noche. Aparece de día:
- Menor tolerancia a la frustración
- Irritabilidad y reacciones exageradas
- Dificultad para concentrarse y tomar decisiones
- Sensación constante de urgencia
- Fatiga emocional, aun “durmiendo” varias horas
Dormir mal no nos vuelve menos capaces. Nos vuelve menos disponibles emocionalmente.
El cuerpo habla primero
El cuerpo suele avisar antes que la mente. Y el sueño es uno de los primeros espacios donde se manifiestan los desbalances emocionales. Estrés crónico, preocupaciones no resueltas, hiperconexión, exceso de estímulos y falta de pausas reales se acumulan durante el día. Muchas personas logran “funcionar” en automático, pero pagan el precio a la noche. Por eso, el insomnio, los despertares frecuentes o el sueño liviano no son el problema en sí. Son el síntoma de un sistema nervioso que no logra salir del estado de alerta.
No es solo una responsabilidad individual
Durante años se abordó el mal dormir desde la lógica del hábito personal: acostarse más temprano, apagar pantallas, tener disciplina. Todo eso ayuda, pero es insuficiente. El contexto importa. Ritmos laborales exigentes, culturas que glorifican el cansancio, la disponibilidad permanente y la autoexigencia como valor generan un impacto directo en el descanso. Cuando el mal dormir se vuelve masivo, como muestran los datos, el mensaje es claro: no estamos cansados solo de hacer, estamos cansados de sostener emocionalmente un modo de vida sin pausa.
Dormir mejor empieza antes de acostarse
Desde la inteligencia emocional, mejorar el descanso no empieza en la cama. Empieza mucho antes:
- En cómo gestionamos el estrés diario
- En la capacidad de poner límites
- En permitir pausas reales
- En registrar señales corporales
- En bajar la exigencia constante de rendimiento
El sueño no se fuerza. Se habilita. Y para eso, el sistema nervioso necesita seguridad, previsibilidad y espacios de recuperación emocional.
Dormir bien no es un lujo
Dormir bien no es un premio, ni un privilegio, ni algo que “ya llegará cuando baje el ritmo”. Es una función básica de salud mental y emocional. Que el 38 % de la población no duerma bien no es solo una estadística. Es una señal. Y como toda señal, merece ser escuchada. Porque no se trata únicamente de dormir más horas.
Se trata de vivir de una manera que nos permita, de verdad, descansar.
* Verónica Dobronich, Autora de “Desconectame por favor” Como escapar de la presión de las redes sociales y la hiperconectividad.



