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Cruce de los Andes: las trece estaciones desconocidas

Cartas, columnas militares, refugios de alta montaña y una logística monumental detrás de la gesta que definió el destino de un continente.

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El hombre nunca sabe lo que es, hasta que lo intenta. Cruzar Los Andes no solo era necesario. Era imprescindible. “Lo que no me deja dormir no es la oposición que puedan hacerme los enemigos, sino el atravesar estos inmensos montes”; le escribía San Martín a su amigo Tomás Guido tiempo antes de empezar el cruce andino (14 de junio de 1816). Estaba clara su preocupación. Había que movilizar “un pueblo” para sortear la cordillera americana.

Lo comenté hace un tiempo en estas mismas notas. Soy un enorme privilegiado que sigue en deuda con la geografía y la naturaleza, pues conocí una parte de la vida del general San Martín mucho antes que a la profunda cordillera. Así, pues, “cuando San Martín y sus soldados escalaron la cordillera, no enfrentaron solamente al enemigo: desafiaron al frío, al hambre, a lo desconocido y al propio cuerpo. Muchos eran adolescentes de 13 años, que habían dejado atrás familias, afectos y sueños. Cada paso fue un acto de supervivencia, de emoción compartida y de propósito trascendente. San Martín entendió en base a su culta formación y antes de que la ciencia teorizara, explicara y demostrara (y que los historiadores lo contáramos) que el ser humano no se mueve solamente por fuerza física o por razones, sino por la unión del instinto, la emoción y el pensamiento. Fue por eso que, frente al frío y la inmensidad de la montaña, la guerra, las dudas, el miedo y el adversario: el cuerpo resistió, el corazón sostuvo y la mente dio un propósito”. (EN: MDZ – “San Martín, el psicólogo”; 22 de diciembre de 2025).

A los Andes

Aquellas cartas de San Martín con su confidente Tomás Guido nos enseñaron como se fue construyendo la libertad de un continente, pues corroboraron hechos y conmemoraciones ineludibles, pero por sobre todas las cosas nos siguen mostrando lo que representará esa gesta en nuestra historia argentina. “El 17 empieza la salida de la vanguardia: las medidas están tomadas para ocultar al enemigo el punto de ataque. Si se consigue y nos dejan poner pie en llano, la cosa está asegurada. En fin, haremos cuanto se pueda para salir bien, pues si no todo se lo lleva el diablo”. Será esta carta del 13 de enero de 1817 dirigida a Guido, el documento que oficializó la fecha conmemorativa de la partida de la campaña libertadora del Ejército de Los Andes, aunque el verdadero comienzo del cruce fue el 9 de enero bajo la conducción del teniente coronel Juan Manuel Cabot (“el tucumano”) con destino a San Juan y con el objetivo llegar a Coquimbo y apoderarse del puerto de La Serena. La circunstancia quiso que la victoria definitiva de la columna de Cabot fuera en la batalla de La Salala, en la región de Ovalle, a orillas del río Limari, justo el mismo día del triunfo de Chacabuco (12 de febrero de 1917). Más de 400 kilómetros separaron un triunfo patrio de otro, aunque el objetivo era uno solo: la libertad.

Recordemos que seis fueron las columnas que partieron hacia la cordillera cubriendo un frente de guerra de más de 800 kilómetros, haciéndolo en diferentes fechas y por distintos pasos. El 11 de enero partió desde el Fuerte de San Carlos el teniente coronel Lemos por el “paso del Portillo”. Luego el 14 de enero la columna del teniente coronel Ramón Freire hacia el sur, cruzando por el “paso del Planchón” tras pasar por la posta de Luján. Desde La Rioja, el comandante Francisco Zelada marchó hacia el “paso de Come Caballos”. El 18 de enero partió la división de vanguardia al mando de Juan Gregorio de Las Heras, rumbo a “Uspallata”. Un día después (19 de enero) iniciará su marcha el grueso del ejército conducido por el comandante José Antonio Melián, yendo por el camino de “Los Patos”, junto a Fray Luis Beltrán con una pequeña división de artillería. Luego partirán las divisiones de Alvarado, O'Higgins, Necochea, Zapiola y la artillería pesada a las órdenes de Pedro Regalado de la Plaza.

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San Martín empezará la marcha recién el 25 de enero con su Estado Mayor por el camino de “Los Patos” hacia la estancia de Manantiales, desde donde dirigió la operación general. Tengamos en cuenta que el 2 de febrero gran parte del Ejército de Los Andes ya había cruzado la cordillera y que el 9 de febrero todas las principales columnas del ejército convergieron coordinadamente en San Felipe. Y aunque parezca mentira, tras la dura travesía de un mes, triunfaron ante uno de los ejércitos más importantes del mundo en Chacabuco a solamente tres días de haber concluido el paso.

Secretos de aquellos tiempos

En la actualidad podrán resultar lugares históricos medianamente conocidos, pero estos hitos que mencionaremos, fueron en tiempos coloniales, los imprescindibles refugios del camino entre Mendoza y Chile y a su vez, las referencias ineludibles que guiaban que se estaba transitando por la ruta correcta. Fueron solo conocidos por determinados baquianos, arrieros o algún calificado miembro militar perteneciente al correo oficial, quienes mantuvieron activos estos lugares a lo largo de siglos.

Las investigaciones históricas mucho deberán a los artistas. Por ejemplo, al pintor alemán Mauricio Rugendas, quien durante su estadía en Chile (entre 1834 y 1842) describió con su arte, determinados dibujos y pinturas de refugios de ladrillo dispuestos a todo lo largo del camino cordillerano que unía Los Andes con Mendoza. Fueron estos sitios pintados por el alemán, lo que hoy conocemos como “las casuchas del rey”. Un reciente y extraordinario libro de Beatriz Aguirre-Urreta y Víctor Ramos: “Las Casuchas del Rey: una historia de 250 años de comunicaciones trasandinas” (EUDEBA. 2025), reflejó tras décadas de investigación algunos de los secretos mejor guardado de la cordillera. En dicha obra, muchos investigadores mendocinos brindarán su aporte.

El libro describe la historia de trece refugios de alta montaña construidos durante los tiempos coloniales y la futura época independentista. Los primeros ocho: Ojos de Agua, Juncalillo, Las Calaveras, La Cumbre, Las Cuevas, Paramillo de Las Cuevas, Los Puquios y Las Vacas, fueron levantados entre 1765 y 1775, en lo que entonces abarcaba la Capitanía General de Chile. Tras las respectivas declaraciones de la independencia, tanto de Argentina como de Chile, quedarían a uno y otro lado de la frontera.

Durante el siglo XIX, las nuevas repúblicas añadirían otros cinco parajes a la lista: Peñón, Juncal y Portillo en Chile. Mientras que Puente del Inca y Los Penitentes se sumarian en Argentina. En la actualidad, todas estas casuchas se encuentran en las inmediaciones de la Ruta 60 de Chile y la Ruta Nacional 7 de Argentina. La mayoría de ellas fuera del espectro visual de conductores y transportistas, excepto los refugios de Juncal y Paramillos de las Vacas (la única que cuenta con un punto de referencia en Google Maps).

El refugio de La Cumbre es el más antiguo de todos, y aún conserva sus cimientos. Los refugios, tanto coloniales como republicanos, están dispersos a lo largo de los cajones y quebradas de montaña. Actualmente, solo cuatro de ellos, uno en Chile y tres en Argentina, cuentan con una declaratoria formal de protección patrimonial.

La idea de Ambrosio O`Higgins

El propósito de estos albergues de montaña era asegurar las comunicaciones del Correo Real entre Buenos Aires y Valparaíso en los años del imperio español, habida cuenta de los peligros y dificultades que entrañaban las rutas alternativas. El Correo Real entre Buenos Aires y Lima no podía cruzar por los mares del sur debido a la amenaza de los corsarios ingleses y tampoco podía usar la ruta del Alto Perú, que demandaba varias semanas de viaje. Por ende, el camino más directo era: Mendoza – cruce de Los Andes – Valparaiso – por ruta marina a Perú.

Ambrosio O’Higgins (padre de Bernardo) tenía el cargo de Capitán del Cuerpo de Dragones de la Frontera y gestó la idea de los refugios tras una desagradable experiencia y un trágico cruce de la cordillera en 1763 donde casi perdió la vida.

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La vivencia personal motivó al capitán O’Higgins la necesidad de solicitar la intercesión del Gobernador de Chile, Don Antonio de Guill y Gonzaga, quien remitió una carta al Rey Carlos III para pedir la construcción de estos refugios de montaña. Ya con la venia del monarca, y con los planos del ingeniero militar Josseph Birt a la mano, hombres y mulas, cargados con bloques de ladrillo penetraron en las profundidades del macizo andino.

Las primeras casuchas en levantarse fueron Ojos de Agua, Las Calaveras y La Cumbre, en el lado chileno, y Las Cuevas, Los Puquios y Las Vacas, en el argentino. Más tarde, tras el reclamo de los baqueanos se sumaron Juncalillo (Chile) y Paramillo de Cuevas (Argentina).

Edificadas cada una con 5.000 ladrillos provenientes de Santa Rosa de Los Andes (Chile), las casuchas contaban con espacio para alojar a 15 personas y estaban provistas de víveres y cueros de guanaco para el abrigo de los huéspedes.

Una vez construidas las Casuchas del Rey, la ruta comenzó a ser más transitada. Por ella pasaron militares, políticos, clérigos, comerciantes y cazafortunas. Una anécdota recuerda que Gregorio Araoz de Lamadrid se vio obligado a prender fuego a las culatas de los fusiles para calentar a sus tropas en el refugio de La Cumbre. Pero mucho (reiteramos) le debemos al mundo de la cultura en el rescate de este patrimonio. El cronista inglés Alexander Caldcleugh realizó el paso de Los Andes, describiéndolo en su libro “Viajes por Sud-America durante los años 1819, 20 i 21: esposición del estado actual de Brasil, Buenos Aires i Chile”. Y además de Rugendas, quien documentó estos parajes en 1833, la ruta fue conocida por los artistas Théodore Pavie (1833), Charles Brand (1827), Victor Gendrin (1856) y Auguste Borget (1837), quienes retrataron el penoso cruce de cordillera y el arriesgado tránsito en la cuesta de Los Caracoles en sus obras.