Cómo es vender helado en 2026 para una heladería que tiene 100 años
Soppelsa es sinónimo de helado desde hace generaciones. Hoy observa cómo cambió el consumo y el negocio en Mendoza.
Luis Soppelsa pone en palabras lo que vive el rubro: menos consumo, más competencia y la necesidad de resistir sin perder identidad ni calidad.
Rodrigo D'Angelo / MDZDesde una fábrica donde todavía se mantienen procesos artesanales y los detalles de un edificio antiguo, Luis Soppelsa observa el presente del rubro heladero con la experiencia de quien vio a toda su familia hacer helado y con la serenidad de quien ya vio subir y bajar el péndulo muchas veces.
“Estamos en una etapa de resistir un poco para quedar mejor parados”, resumió Luis Soppelsa en diálogo con MDZ. Esta frase condensa la mirada de una marca mendocina que cumplirá 100 años y que hoy navega un escenario muy distinto al de aquellas tardes en las que la cola para comprar helado en la esquina de Emilo Civit y Belgrano ocupaba toda la cuadra.
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Menos consumo y más competencia
Para Soppelsa, el principal cambio del negocio no está en la receta ni en la máquina, sino en el consumidor. “Las ventas no han sido las que se esperaban en estos últimos años”, reconoció Luis, vinculandoló directamente con una caída general del consumo.
Pero no se trata solo de vender menos, sino de vender distinto. “La gastronomía creció, pero creció en dispersión horizontal. Hay muchos más puntos, pero no más volumen”, explicó. El resultado es un mercado atomizado, con más locales compitiendo por la misma clientela.
Antes, la lógica era otra: “Teníamos clientes que venían desde Maipú a tomar helado a la heladería. Hoy la gente sale de la casa y a dos cuadras tiene una heladería”, recordó Luis.
Ese cambio de hábito impacta de lleno en negocios tradicionales como Soppelsa, que construyeron su identidad alrededor del punto de encuentro, del ritual de ir “a la heladería”. Luis lo describe con una imagen que resume una época: “Se hacían tres hileras de gente desde la caja hasta la vereda Belgrano. Tres columnas que iban rotando, y adentro corriendo como locos”, detalló.
Hoy eso ya no pasa. No porque el helado haya dejado de gustar, sino porque el contexto es otro: más opciones, menos fidelidad territorial y un consumo más inmediato. A eso se suma la presión de las grandes industrias.
“Hay fábricas enormes que venden casi a costo”, señaló. Empresas que juegan a otra escala y que pueden absorber márgenes mínimos para ganar mercado. “Si fabricás un millón de litros te venden la leche a un precio; si fabricás 100 mil, a otro”, graficó Luis Soppelsa en un recorrido por la fábrica.
Crecer lento o endeudarse: una decisión clave
Frente a ese escenario, Soppelsa tomó una decisión que hoy reivindica: crecer despacio. “No somos una empresa de crecimiento exponencial. Venimos con un crecimiento muy lento y gradual”, dijo Luis.
Y marca un límite claro: “No hemos metido grandes créditos. Muchas empresas lo hicieron y no les fue bien”, remarcó. “En 100 años podés subir y bajar veinte veces”, dijo, casi como una advertencia aprendida con el tiempo.
El valor diferencial: lo artesanal y la tradición
En una fábrica donde todavía muchos procesos se realizan a mano, el diferencial no está en la velocidad sino en la calidad sostenida. “La calidad de lo que hacemos hoy no difiere de lo que hacía mi abuelo”, afirmó Luis.
Las recetas cambiaron poco. Los insumos sí, y no siempre para mejor. “Antes vos venías caminando y sentías el olor del durazno fresco. Hoy eso no pasa”, lamentó, recordando frutas menos perfectas visualmente, pero infinitamente más sabrosas.
La filosofía sigue siendo la misma: usar productos naturales y elegir bien. “Si la fruta es fruta, la naturaleza te la devuelve igual”, resumió Luis sobre la creación de helados.
El legado y las nuevas generaciones
El otro gran desafío no es económico, sino generacional. Soppelsa ya transita la cuarta generación, pero el escenario cambió: “Hay muchos profesionales. Los chicos toman otros rumbos”, contó Luis. Sus propios hijos trabajan en programación, software e ingeniería.
A casi 100 años de aquella primera heladería, la marca sigue apostando a lo mismo: resistir, competir y seguir.





