Comenzar distinto: el acto subjetivo que rompe la repetición
Comenzar no es empezar de cero, sino hacer un corte: un acto de deseo que resignifica el pasado y abre una posibilidad nueva, sin necesidad de la repetición.
Un pequeño acto que puede alterar el rumbo.
Freepik.Comenzar no es borrar el pasado, sino reorganizarlo. Entre repetición y deseo, cada inicio es un acto subjetivo que implica un corte, una apuesta una forma de decir sí, es por ahí. Hay palabras que no logran una descripción y si en cambio una acción. “Comienzo” no nombra el inicio de algo nuevo, sino un pasaje, un umbral en el que el tiempo se pliega y la vida cambia de posición. Todo comienzo es una frontera: atrás queda lo conocido. Adelante, lo posible.
Sigmund Freud conocía que la vida psíquica no llega a tolerar la quietud
Aún cuando creemos estar detenidos, algo insiste, empuja. Busca salida. En ese sentido, comenzar no es una decisión racional: es respuesta a un deseo que ya estaba en marcha. No se empieza porque todo nos resulta claro, sino porque ya no se puede continuar de la misma manera. Por ello, los comienzos no resultan “limpios” del todo, puesto que arrastran restos, marcas, recuerdos. No hay tábula rasa como algunos nos quieren hacer creer, porque lo nuevo se construye con materiales resignificados. El pasado no es la historia pero tampoco se borra: se reescribe. Y esa reescritura es un verdadero acto inaugural.
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Jacques Lacan llevó esta lógica un paso más allá al afirmar que el sujeto se constituye a partir de la falta. No hay transformación sin ruptura, sin ese instante en el que algo deja de repetirse del mismo modo. Un comienzo, en este sentido, no es un hecho cronológico, sino un acto. Algo que introduce diferencia allí donde antes podía haber un circuito cerrado. En nuestro país, la palabra “comienzo” tiene un peso especial. Años que empiezan con expectativas desmesuradas, promesas de refundación, intentos de dejar atrás lo que no funcionó. Y sin embargo, la experiencia nos enseña que la historia no se reinicia: retorna. Tal vez por eso, el desafío no sea empezar de cero, sino comenzar distinto.
Muchos de los comienzos son silenciosos
No se anuncian. No tienen fecha ni testigos. Un día algo puede llegar a moverse, es decir, un interrogante aparece, una verdad se vuelve imposible de callar. Nadie aplaude pero la vida cambia repentinamente de eje. Lacan diría que allí hubo un acto. Freud que algo de lo que llamamos placer, puede encontrar su trayecto. Vivimos rodeados de discurso sobre “los comienzos” como si bastar con la voluntad o con una fecha en el calendario. Pero la experiencia clínica y vital enseña otra cosa puesto que los comienzos son en su gran medida, torpes, incompletos y varias veces contradictorios. Porque no avanzan en línea recta. Se equivocan. Retroceden. Insisten.
Tal vez por eso, el título de este artículo que le pertenece a T.S. Eliot en “Cuatro Cuartetos” quien escribe que en el comienzo se encuentra el fin. No como amenaza, sino como una verdad posible. Todo inicio implica una pérdida y también, de modo decisivo, todo final puede ser leído como el lugar desde donde algo nuevo empieza. Estamos siempre empezando, incluso cuando no lo sabemos. El mayor acto de coraje no es avanzar, sino creer que vale la pena hacerlo. Apostar a que el deseo sigue siendo un motor posible. Que el fututo no se encuentra clausurado. Porque comenzar no es una fecha (a pesar de desear lo mejor para el 2026).
Es una rebelión íntima. Un pequeño acto que puede alterar el rumbo. Y eso, en tiempos inciertos, no es poco.
* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta. Pueden ver su programa Megapsinepolis por YouTube


