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Canela: "La historia de una niña inmigrante es, en el fondo, la historia de todos"

La periodista y escritora presenta La niña que no vio los besos, un libro autobiográfico donde reconstruye su infancia en la Italia de la posguerra, el viaje a la Argentina y el valor de la memoria.

Canela en Entrevistas MDZ

Canela en Entrevistas MDZ

Marlene Rolando / MDZ.

Con más de medio siglo dedicado a la literatura y el periodismo, Canela decidió escribir el libro que había postergado durante toda su vida. La niña que no vio los besos recupera los recuerdos de Gigliola Zecchin, la niña italiana que cruzó el Atlántico junto a su familia para comenzar una nueva vida en la Argentina, en un relato atravesado por la guerra, la inmigración, el humor y la gratitud.

En Entrevistas MDZ, la autora habla sobre el origen de esta obra nacida durante la pandemia, los tesoros que guardaba en una pequeña valija de cartón, el descubrimiento de un país que la recibió sin discriminación y las razones por las que cree que su historia logra conmover a lectores de distintas generaciones. Canela es viuda de Eduardo Luis Duhalde, es mamá de cuatro, abuela de diez.

Entrevista completa a Canela

-"La niña que no vio los besos", ¿es Canela o es Gigliola?
-Creo que es Gigliola. Después del título dice Gigigliola Zecchin y abajo, en manuscrita, Canela. Bueno, esta niña no sabía que iba a ser Canela. Y el libro concluye cuando yo llego a Argentina y descubro la Argentina, me gusta mucho decir que. por lo menos "mi" América no la descubrió Colón; la descubrí yo cuando vine en barco.

-¿Y qué descubrió aquella niña?
-Había superado el pánico que me daba un viaje en barco. (Yo creía que se iba a hundir porque era de hierro. Pero no, no se hundió y no tuvimos tormenta).Cuando bajamos en Brasil había delfines en el agua y eso fue maravilloso. Cuando llegamos a Buenos Aires, era el atardecer. Se estaba poniendo el sol detrás de la ciudad y yo vi el recorte de los edificios, la silueta me pareció un palomar, que era lo que yo conocía. En mi ciudad no había edificios tan altos, había palomares. Entonces me pareció eso, con las ventanitas oscuras en el momento del atardecer, en el mes de marzo. Ese fue el primer descubrimiento. El segundo, las voces de mis hermanos y mis tíos que estaban en el puerto gritando nuestro apellido: -"Zecchin". Nosotros éramos siete. Mis hermanas mayores se dieron cuenta que había voces que nos llamaban, se asomaron a una de las barandas del barco y los vieron a mis hermanos mayores que nos estaban esperando y a los tíos. Y a mí me dejaron solita, sentada sobre una pila de valijas y se fueron todos. Y dije: "Acá me abandonaron. No me van a querer más. Y en un país desconocido". No. Era que yo estaba cuidando las valijas, sobre todo la mía que era chiquita. Comimos (con demasiada abundancia) en casa de una hermana de mi mamá y, a la mañana, muy temprano, yo casi dormida, en ómnibus con mis dos hermanos mayores, fuimos a Mar del Plata y ahí descubrí algo extraordinario; que seguía el mar, pero era verde...¡Era la pampa! Amé para siempre. Amo el campo argentino.

-¿Por qué haber esperado hasta este momento de la vida para escribir el libro que cuenta esa historia?
-Porque era el momento de hacerlo. Yo, en realidad, escribo desde hace mucho tiempo. He editado una novela para adultos "En brazos del enemigo". He participado de libros, de ensayos y, hace poquito, me pidieron que contara cuántos libros escribí. Son 52 títulos. Pero quiero decirte esto, ¿Por qué después de 50 libros? Bueno, en la pandemia yo estaba sola, muy sola. Soy una persona mayor, tengo 83 años, así que estuvimos confinados, los mayores, confinados en soledad. Los hijos me dejaban las cosas fuera de la puerta. Yo, con el barbijo, abría, "adiós". Fue muy cruel y muy duro. Por suerte, de esa experiencia, yo por lo menos, me estoy olvidando. Lo que me ayudó a olvidar la soledad, fue empezar a escribir. Escribí un cuento. Mi hija Aldana lo leyó y me dijo: "Mamá, este no es un cuento para niños. Esto es tu vida y la tenés que contar". Y entonces me dediqué a escribir las cosas que recordaba, las que había ido anotando. Hacía muchísimos años, cuando mis hermanos mayores vivían todavía, que, a cada uno que visitaba, le preguntaba cosas sobre mi familia, sobre Italia, e iba anotando. No para escribirlas, para saber. Yo quería saber cómo era mi papá, a quien casi no conocí. Conocí muy poco. Y el resultado fue buscar estas voces. Tenía algunas grabaciones de ellos porque mi oficio ha sido preguntar siempre y entonces le preguntaba a mis hermanos y de todas esas anotaciones surgieron mis recuerdos. Yo iba tirándoles la lengua, como dicen los criollos. Y bueno. así fue como pude contar mi historia.

"Escribí un cuento y mi hija dijo, es tu vida, tenés que contarla"

-Maravilloso. ¿Sos la menor de 11 hermanos de los cuales vivieron 10?
-Uno murió chiquitito en épocas en que no había antibióticos. No lo no conocí, pero a los demás los he conocido muy bien y además soy una curiosa profunda.

-Y estabas al cuidado de todas las valijas, especialmente la tuya "la chiquitita". ¿Qué tesoros tenía esa valija?
-La chiquita era de cartón y yo tenía colgada de una cadenita, la llavecita. Esa cadenita era la que los soldados usaban para su identificación. Cuando se morían, se les sacaba la cadenita. Mi mamá; nosotros, teníamos una hostería, o sea, dos habitaciones para huéspedes, un bar y un restaurante. en Italia. Allí venían primero los soldados alemanes, que son los que yo conocí (yo nací en el 42), después los americanos; teníamos un vínculo muy, muy fluido con gente joven que hacía la guerra. Terminó la guerra y Vicenza, mi ciudad natal, fue una ciudad que tuvo mucho que ver con el final de la guerra, con la firma del final de la guerra. Y en mi caso, yo tengo muchos, muchos recuerdos de los soldados y los cuento. ¿Y sabés que cuando uno se empeña en escribir sobre sus recuerdos, esos recuerdos vienen a uno? Vienen cosas en las que no habías pensado.

"Es un libro que me hizo reír y llorar"

-Y me ibas a contar de la valijita...
-Bueno, en la valijita estaba mi ropa: mi vestidito de los domingos, el conjunto para bajar del barco, la ropa de todos los días. Mi mamá sabía que atravesaríamos el Ecuador y había que vestirse de verano., mis zapatitos y mi mamá agregó una botella de grapa y una bolsita de nueces para traer a los tíos de América. Entonces, a mí me daba impresión, ¿cómo junto con mi ropa, una botella de grapa y las nueces que hacían ruido, para colmo? Había dificultad para abrir la valijita pero mi hermano, que me sigue, Ascanio, me ayudaba y la abríamos. Ese era mi tesoro. Yo tenía la ilusión de ese vestidito, de los zapatitos blancos. Cuando bajamos del barco, uno de mis hermanos (o mi tío, no me acuerdo ahora), se puso mi valijita al hombro. Y la valijita hacia ruido y goteaba. Caían gotas, caían gotas. No la podíamos abrir. Se arruinó toda la ropa . Y, mi tía (la que nos agasajó con una exquisita comida cuando llegamos) cuando abrimos por fin la valija con la botella rota, perdida la grapa; mi tía dice:-"tutto si compra, ma la grappa no. "Yo cuento esas cosas en el libro. A mí me hizo reír y llorar. Y la gente que lo lee dice que ríe y llora.

-Que seguramente comparten muchos recuerdos. Hay nostalgia, hay mucha ternura y hay dolor también.
-Y humor. A la par. Humor y sufrimiento. Es inevitable. Los niños que nacen en la guerra...Por eso también creo que el libro fue significativo para mucha gente, porque hablo de los niños que nacen en la guerra y que viven en la posguerra, que es muy terrible también. Los padecimientos del alimento escaso, la falta de medicinas, las escuelas cerradas. Todo eso yo lo he sufrido y después lo gocé cuando se abrieron las escuelas, cuando apareció la comida en la Argentina, que fue parte del descubrimiento de este generosísimo país.

-¿De dónde vienen la alegría y la gratitud?
-La gratitud viene porque yo tuve una vida muy rica, inesperadamente rica. Tengo cerca a mis hijos. Ninguno se fue del país, tengo a mis nietos. Hoy estuve con uno de ellos...La gratitud a mis hermanos, a quienes yo dedico el libro, a mis padres que tuvieron tantos hijos en una época en la que no te preocupabas por ver si había camitas para todos; de algún modo se compartía lo que había y a mis hermanos, que han sido también en parte "mis padres". Y a la Argentina. La Argentina en la que los inmigrantes encontraron un nivel de generosidad... Yo no sufrí discriminación, no sufrimos discriminación, nunca más tuvimos hambre, descubrí el dulce de leche, anduve a caballo. O sea, cosas que eran impensadas para una niña nacida en una ciudad del Véneto. (Y que no conocía Venecia).

-Canela, ¿sos una persona de fe?
-Tengo fe en la humanidad. Tengo fe en un Dios que no termino de conocer, aunque tuve un hermano cura, sacerdote. Hoy pensaba, cuando venía, hablando de la fe y de mi visión de la vida que, no sé por qué vino a mi mente un proverbio que mi mamá repetía. "Tra il dire e il fare c'è di mezzo il mare". Quiere decir, entre decir o proponer algo y hacerlo hay largo trecho. Y luego otro que me gusta mucho que dice "Mezzo mondo critica l'altro mezzo" quiere decir que la mitad del mundo está con su fe, con su Dios o sus dioses, con sus propósitos en oposición a la otra mitad del mundo. Eso lo sabemos desde el fondo de la historia. Y contra eso hay que luchar y escribir.

"Yo tuve una vida rica, inesperadamente rica"

-Estamos acostumbrados a leerte para chicos, por lo menos yo, desde la biblioteca escolar. Este libro, que es "para grandes", ¿qué esperas que produzca en tus lectores, Canela?
-Lo que sucede es que no cuento una historia extraordinaria; cuento la historia de una niña inmigrante y hay muchísima gente que se identifica o por la propia vida, o por la de sus padres o por la de sus abuelos. Yo te diría que es una sola historia que nos incluye a todos. El temor al viaje, a lo desconocido, comenzar otra vez, levantar una casa y el deseo de volver que no se cumple, en general. Y eso está contado. Y por eso es que mucha gente se conmueve. Lo que me llama la atención es que la gente que va a comprar el libro, lleva dos porque uno es para la suegra o para la mamá o para la abuela, ya que dan ganas de compartirlo.