Blücher, el mariscal que ayudó a derrotar a Napoleón y quedó a la sombra de Wellington
La historia suele atribuir Waterloo a Wellington, pero el aporte decisivo del mariscal prusiano Blücher fue clave para sellar la caída definitiva de Napoleón.
La historia británica suele presentar al general Wellington como el gran vencedor de Waterloo.
Archivo.La historia británica suele presentar al general Wellington como el gran vencedor de Waterloo. Sin embargo, esa versión omite un dato fundamental: las tropas británicas representaban apenas una parte de la coalición que enfrentó a Napoleón entre el 16 y el 18 de junio de 1815. Junto a ellas combatieron fuerzas de Prusia, los Países Bajos, Hannover, Nassau y Brunswick.
Entre todos esos comandantes, uno resultó decisivo para inclinar la balanza: el mariscal prusiano Gebhard Leberecht von Blücher. Nacido en Rostock en 1742, Blücher inició su carrera militar en el ejército sueco durante la Guerra de los Siete Años. Capturado por los prusianos, aceptó cambiar de bando, algo que en aquella Europa fragmentada no era considerado una deshonra. Desde joven cultivó una fama de hombre impulsivo, amante de la bebida, los juegos y las bromas pesadas.
Un carácter indomable
Su personalidad extravagante estuvo a punto de arruinar su carrera. Durante una campaña en territorio polaco ordenó un simulacro de fusilamiento contra un sacerdote local, una ocurrencia que indignó al rey Federico II de Prusia. Cuando Blücher reclamó por la falta de ascensos, el monarca le respondió con una frase que se volvió legendaria: “Váyase usted al diablo, Blücher”. Alejado temporalmente del ejército, se dedicó a la vida rural hasta que la situación europea obligó a recuperar oficiales experimentados para enfrentar a la Francia revolucionaria y, más tarde, a Napoleón. Sus subordinados lo admiraban porque combatía siempre en primera línea. Valiente hasta la temeridad, encabezaba personalmente las cargas de caballería y compartía los riesgos con sus hombres. Esa conducta le ganó una lealtad inquebrantable, pese a los rumores sobre su salud mental alimentados por sus excentricidades.
La obsesión de derrotar a Napoleón
Blücher conoció de cerca las derrotas frente a Napoleón. En 1806 participó en la batalla de Auerstädt y sufrió las consecuencias del derrumbe militar prusiano. Tras la campaña de Jena fue capturado por los franceses y atravesó uno de los momentos más difíciles de su vida. Aquella experiencia marcó profundamente al militar, que juró vengarse de Napoleón. Sin embargo, además de su espíritu combativo, comprendió que Prusia necesitaba modernizar sus fuerzas armadas. Junto a otros oficiales impulsó reformas que volvieron al ejército más flexible y eficiente. Los resultados llegaron en 1813, cuando las potencias europeas derrotaron a Napoleón en la batalla de Leipzig. La victoria abrió el camino hacia París y forzó el primer exilio del emperador francés en la isla de Elba. Como reconocimiento, Blücher fue ascendido a mariscal y quedó al frente del ejército prusiano.
El papel decisivo en Waterloo
La historia parecía terminada, pero en 1815 Napoleón escapó de Elba y regresó al poder durante los llamados Cien Días. Las potencias europeas volvieron a organizarse para enfrentarlo y Blücher se comprometió a apoyar a Wellington en Bélgica. Antes del enfrentamiento decisivo, los prusianos fueron atacados en Ligny. Allí Blücher resultó herido, pero se negó a abandonar la campaña. Cumpliendo la promesa hecha a Wellington, reorganizó sus fuerzas y marchó hacia Waterloo. La llegada de los contingentes prusianos en la tarde del 18 de junio resultó determinante. Mientras los británicos resistían los ataques franceses, la irrupción de Blücher desorganizó las posiciones de Napoleón y terminó por inclinar la batalla en favor de la Séptima Coalición.
El hombre detrás de la victoria
La derrota marcó el fin definitivo del emperador francés. Para Blücher también significó el cumplimiento de una vieja promesa. Entró triunfante en París y pudo cobrarse la revancha por los años de humillación sufridos tras su captura. Lejos de las leyendas que lo describen como un hombre desequilibrado, los hechos muestran a un comandante capaz de conducir enormes ejércitos y de convertirse en una de las figuras centrales de la caída de Napoleón. Tras la guerra regresó a una vida más tranquila y murió en 1819. Su nombre quedó ligado para siempre a Waterloo, aunque la fama terminara favoreciendo a Wellington. Hoy, muchos historiadores coinciden en que sin la intervención de Blücher aquella batalla habría tenido un desenlace muy diferente.
* * Omar López Mato. Médico oftalmólogo e historiador argentino.



