Belleza Perfecta y el precio de la imagen en la distopía de la belleza impuesta
En su primera temporada, Belleza Perfecta explora una distopía donde la belleza se convierte en una condena, exponiendo las consecuencias de vivir bajo el imperativo visual de la sociedad.
La belleza nunca fue un atributo inocente
Archivo.Basada en un cómic de Jason Hurley y Jeremy Haun, The Beauty (Belleza Perfecta, 2025, Disney+) construye una distopía donde la belleza es lo menos aspiracional que existe, porque una sustancia que se transmite sexualmente, provoca una enfermedad en dos tiempos: el primer tiempo provoca un cuerpo bello desde donde se lo mire, el segundo tiempo, una muerte horrenda que comienza con una temperatura corporal de más de 52 grados hasta su estallido.
Metáfora de pandemias y asuntos de estado más conspiraciones de laboratorios, The Beauty promete en su primera temporada, debates de todo tipo y por supuesto, ubicando en el horizonte, el ideal de una vida humana que incluye belleza y dinero sin escrúpulos.
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La belleza nunca fue un atributo inocente
No es sólo una cualidad estética, ni una preferencia cultural pasajera: es una tecnología simbólica. Opera como norma, como mandato y como promesa. Promesa de amor, de reconocimiento, de pertenencia. Mandato de adecuación, de corrección, de borramiento de lo que no encaja. Bajo su apariencia luminosa, la belleza funciona como economía porque distribuye valor, jerarquiza cuerpos y otorga visibilidad.
En la actualidad, esa economía se ha radicalizado. La belleza ya no se presenta como ideal inalcanzable, sino como obligación alcanzable. Ya no se dice “así sos” sino “así deberías ser” (¿recuerdan es publicidad nefasta que comenzaba diciendo trae el cuerpo que tenés? ¿y con la promesa de hacer uno nuevo?). El mercado, la medicina estética, los filtros!!!, las redes sociales y el discurso del bienestar han producido una mutación de carácter decisivo: un cuerpo dejó de ser destino para convertirse en proyecto.
Un proyecto permanente, nunca terminado, siempre deficitario
Desde el psicoanálisis, esto puede leerse como un desplazamiento del Ideal del Yo hacia un Superyó estético. No se trata de querer gustar. Se trata de deber gustar. El imperativo ya no es moral sino visual. No viene a decirnos “sé bueno” sino “sé deseable”. Y como todo Superyó no descansa, cuanto más se obedece, más exige, Cada mejora abre una nueva falta. Cada corrección inaugura una nueva imperfección.
La serie “Belleza Perfecta” y toda la narrativa que representa, no hace llevar esta lógica a su forma extrema del “body horror”. Aquí la belleza aparece como promesa de salvación subjetiva: si sos bello, sos. De lo contrario uno puede permanecer en la periferia del deseo, en los márgenes de la visibilidad, en el fuera de campo del amor. La trama no gira en un contagio sino alrededor de una fantasía que puede ubicarse como el corpus de la serie: corregir el cuerpo es corregir la vida.
Pero como siempre, el psicoanálisis enseña algo incómodo, molesto. No hay cirugía para la falta. No hay relleno para el vacío estructural, No hay simetría que calme el desamparo. La belleza puede velar la angustia, pero no la resuelve. Puede seducir a la mirada, pero no pacifica el deseo porque éste no quiere perfección; quiere falta. Quiere diferencia. Quiere aquello que no cierra.
El drama no es querer ser bello
El drama es creer que sin belleza no se es. Que el derecho a existir, a ser amado, a ser mirado, depende de cumplir con una forma. Ahí la estética se vuelve política del cuerpo. Y el espejo deja de ser un reflejo para convertirse en tribunal. De todo ello surge un posible interrogante que me surgió al ver esta estupenda serie: ¿Qué precio subjetivo estamos pagando por vivir bajo el régimen de la imagen?
Cuando la belleza deja de ser un juego y se vuelve una condición, ya no estamos hablando de estética. Hablamos de una nueva forma de obediencia. Silenciosa. Brillante. Quirúrgica. Una obediencia que deja marcas visibles pero que escribe su ley directamente sobre el cuerpo. Recuerdo la frase de Oscar Wilde sobre la belleza en “El retrato de Dorian Gray”: “El verdadero misterio no está en lo que se oculta sino en lo que se muestra. Tal vez por eso hoy la belleza dejó de ser un enigma para convertirse en una orden”.
* Carlos Gustavo Motta es psicoanalista y cineasta. Pueden ver su programa Megapsinepolis por YouTube



