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Alfredo Andrés: el hombre que inventó "El 60" y le puso nombre a una generación

Su diagnóstico sobre el lenguaje, la política y Argentina sigue explicando lo que nos pasa ahora. Hay libros que describen una época. Y hay libros que la inventan


Su diagnóstico sobre el lenguaje, la política y Argentina sigue explicando lo que nos pasa ahora. Hay libros que describen una época. Y hay libros que la inventan. “El 60”, publicado en 1969 por: “editores dos”, pertenece al segundo grupo. Su autor, Alfredo Andrés (1934-2013), no se limitó a hacer una antología ni un ensayo académico. Hizo algo más riesgoso: tomó diez años de poesía argentina, y le puso un nombre, una actitud y una genealogía.

Ese nombre pegó. Hoy hablamos de "la generación del 60" como si siempre hubiera existido. Pero antes de Alfredo Andrés, ese rótulo no estaba. Él lo forjó. Y en el proceso, se forjó él mismo como la voz crítica más lúcida y temida de ese momento.

El punto cero: 1956 y el fin de una inocencia

Para Andrés, todo empieza con una fecha y un libro: 1956, “Violín y otras cuestiones” de Juan Gelman.

"Gelman, al publicar “Violín y otras cuestiones”, dio la primera y restallante noticia de que algo nuevo empezaba para la poesía argentina". Esa frase abre el cuerpo del libro porque para Andrés ahí se quiebra algo.

Hasta entonces la poesía argentina miraba a Europa. Los jóvenes leían a Milocz, a Rilke, a Cernuda, a los surrealistas. Pero Gelman hizo otra cosa. Trajo el lenguaje de Buenos Aires, derivado de Raúl González Tuñón y de ciertas letras de tango. Y le sumó algo que no se veía: un compromiso social que al principio era "sectario", pero que con el tiempo se fue "despojando de esquemas con los pies de barro" para ahondar en "la problemática del individuo, ubicado en este hoy y aquí".

Ese mismo año 56 aparece “poesía buenos aires”, la revista que Andrés ubica como el otro pilar. Ahí se juntaron los que después serían nombres clave: Leónidas Lamborghini, entre otros. La revista duró poco, pero cumplió su función: marcar un antes y un después.

Andrés lo dice claro: antes de 1956 había dispersión. Después hubo dirección.

¿Generación o promoción? El problema del nombre

Si hay algo que obsesiona a Alfredo Andrés en “El 60” es el problema de las etiquetas.

"No hay peor enemigo de un escritor o de un poeta, que ser catalogado", escribe. Odia las "menciones catastróficas" y los casilleros. Sabe que hablar de "generación" es peligroso porque mete a todos en la misma bolsa.

Por eso propone otra palabra: “promoción”.

"Se habla del '60' en el sentido de una promoción, más que nada, para intentar subrayar un cambio de actitud". ¿Qué cambio? Una manera distinta de enfrentarse a los problemas vitales.

Y ese cambio se resume en una palabra: “realismo”. Pero no el "realismo socialista" de manual. Para Andrés el realismo del 60 es otra cosa. Es "una postura vital, existencial, que parte de que las cosas “son” en sí mismas, independientemente de la volición del individuo".

Es aceptar el mundo como es, con su complejidad, con "lo polifacético de cada brizna del existir". Y a eso le suma una segunda palabra: "realismo crítico". Es decir: la voluntad de aprehender todo lo que nos rodea, "desde el amor hasta el pasado histórico", más "la humana facultad de modificarlo".

En criollo: estos poetas no se escapaban de la realidad. La miraban de frente, la nombraban, y desde ahí intentaban cambiarla.

Esa es la tesis central de Andrés. Y es la que le da coherencia a todo el libro.

El estilo: directo, porteño, sin metáforas enroscadas

Si el 60 tiene una marca en la forma, es esta: la enunciación directa.

"Lo corriente es la enunciación directa. Las metáforas rehuían en general la complicación, tenían que decir algo, y lo decían".

Andrés lo ejemplifica con dos citas que se volvieron emblema.

Leónidas Lamborghini: "El país está descompuesto; y como a uno de esos teléfonos públicos todos lo golpean".

Juana Bignozzi: "Como sufro y me aburro resulto bastante divertida".

Nada de barroquismo. Nada de hermetismo por el hermetismo. El lenguaje tenía que servir para comunicar una experiencia. Y esa experiencia estaba atravesada por algo que nadie podía ignorar: la política.

La sombra larga del 55

Andrés no elude el contexto. De hecho, lo pone en el centro.

"El golpe de 1955 dividió en dos la vida argentina y la vida de todos los argentinos". Para los poetas del 60, que tenían entre 20 y 30 años en ese momento, ese golpe fue fundante.

"La experiencia de la frustración de un gobierno popular, que al ser depuesto dejó el país en una tremenda crisis de principios, y de principios morales, marcó profundamente a los hombres de mi generación".

De ahí viene la necesidad de realismo. De ahí viene también la figura central para Andrés: el peronismo. No como bandera partidaria, sino como "piedra de toque" del país.

Y el poeta que mejor lo entendió, según Andrés, fue Leónidas Lamborghini.

Leónidas Lamborghini: el cronista del país

Si Gelman es el punto de arranque, Lamborghini es el punto de llegada para Andrés.

Le dedica varias páginas y lo trata con una mezcla de admiración y rigor. Cuenta su historia: antes de 1960, con ayuda de Luis Alberto Murray, publicó “Saboteador arrepentido”. Un poemario "tan breve como denso" donde ya estaban "los gérmenes de toda la poesía posterior de Lamborghini".

Después vino “Al Público” en 1957, publicado por “poesía buenos aires”. Años más tarde volvió como “Al Público, Diálogos 1 y 2”. Y finalmente “Las patas en las fuentes” en 1965.

Para Andrés, Lamborghini hizo algo único: "convirtió aquellas cuartillas en un librito más amplio" y fue reelaborando el mismo poema durante años. Por eso dice que es "imposible hablar del poema de Lamborghini excepto en el nivel de lo que sería el comentario a un borrador".

¿Qué encontró ahí? "Un canto de gran aliento sobre el país". Un país donde "el peronismo es piedra de toque". Un lenguaje "efectivo y tosco a la vez, de neta prosapia porteña".

Y también vio los límites: "cierto aliento de epopeya, eso sí, con altibajos, con zonas de intensidad que luego se pierden cuando el autor comienza a desarrollar su idea".

Andrés no idolatra. Analiza. Y por eso su lectura de Lamborghini sigue siendo una de las más lúcidas que se escribieron.

Los retratos: crítica con nombre y apellido

La fuerza de “El 60” está en que Andrés no habla en abstracto. Habla de personas. De amigos, de enemigos, de compañeros. Y lo hace sin anestesia.

Ramón Plaza: "un ejemplar extraño". Tiene "un aire de intelectual que a veces molesta, que a veces resulta estrafalario". Para muchos es "pedante", pero Andrés ve detrás de eso defensas para "tapiar un temperamento agónico". Lo ubica como uno de los más "adheridos al clasicismo" dentro de la promoción. Y destaca su "inocultable amor a la tierra, al país que lo vio nacer", que lo aleja de las vanguardias de afuera. Cita “Libro de las Fogatas” (1963) y "Tren de Hacienda" como piezas antologizables.

Daniel Barros: acá Andrés se pone personal. "Daniel es mi mejor amigo". Y reconoce que eso complica el análisis objetivo. Aun así, lo define: "Daniel es un puro. Así no más. Pura sensibilidad, pura poesía, puro idiota".

Describe su poesía como "cultivada y sensible", que funciona mejor cuando "se deja conducir por vía de la sensibilidad". Celebra libros como “Los días mandan”, “Cross a la conciencia” y sobre todo “Nuevos poemas”, que "sin duda alguna figurarán entre lo mejor de la producción del 60".

Pero también le marca los puntos flojos: una "cierta atemporalidad e incluso una cierta vaguedad espacial". Y critica cuando Barros se pone "socializado" o "politizado", porque ahí "menos encuadra en la personalidad general del tipo". Su ejemplo de poema memorable es "No negociable".

Roberto Hurtado de Mendoza: "Tito" para los amigos. Tenía "algunos años más que el promedio" pero es "otro de los artistas básicos de la promoción". Andrés destaca su "singular capacidad de maniobra" para abordar temas variados. Pasa de poemas largos como "Felipe Varela" a colecciones como “Salvado del Terremoto” o “Abismo Puro”. Y lo define por su "intensa capacidad vital" que disimula "una auténtica sabiduría en la construcción poemática". Cita “equívoco gratuito”: "cada minuto se me pierde una cara / lo tranquilizo a Dios cuando se enoja".

César Fernández Moreno: Es el puente. Venía de la "generación del 40", pero con “Sentimientos” y “Argentino hasta la muerte” se volvió "hito básico para la poesía del 60". Para Andrés, aportó dos cosas: "una voluntad de conocimiento del ser argentino" y "una consciente búsqueda de un lenguaje afín a lo que esa poesía quiere expresar".

“El 60”, publicado en 1969

La lista de la "apuesta"

Cerca del final, Andrés hace algo que solo un crítico enamorado de su tiempo puede hacer: una lista.

La llama "una apuesta, sin más". Y nombra a los que, para él, iban a quedar: "Alberto Szpunberg, Ana María Ponce, Miguel Ángel Viola, Alejandra Pizarnik, Juan Carlos Portillo, Francisco Madariaga, Antonio Requeni, Juana Bignozzi, Roberto Santoro, Nicolás Espiro, Roberto Aracama, Horacio Salas, Humberto Angeli, Juan Gelman, Leónidas Lamborghini".

No es una antología cerrada. Es un pronóstico. Es decir: "a estos léanlos, que aquí hay futuro".

Alfredo Andrés: el crítico que estaba adentro

¿Qué hace distinto a “El 60” de otros ensayos de la época? Que Alfredo Andrés no escribió desde afuera. Escribió desde adentro.

Él mismo formaba parte de esa promoción. Discutía poemas, publicaba, compartía revistas. Por eso el libro tiene ese tono: mitad crónica, mitad manifiesto, mitad ajuste de cuentas.

Se nota cuando habla de Barros. Se nota cuando ataca a las "menciones catastróficas". Se nota cuando defiende el realismo no como doctrina sino como necesidad vital.

Andrés era poeta y crítico. Y como crítico era "temido", según dice la contratapa del libro, y siempre lo siguió siendo con los años. Porque no tenía pelos en la lengua. Pero tampoco tenía distancia. Amaba esa poesía. Y por eso la juzgaba con tanta dureza.

El cierre: una preocupación personal

El libro termina con un poema corto del propio Alfredo Andrés:

"especialmente andaba preocupado / por el tiempo, la vida, otras cositas como ser / morir sin haberse alcanzado a sí mismo"

Esa frase lo dice todo. Andrés no estaba escribiendo historia literaria para la posteridad. Estaba tratando de entenderse a sí mismo y a su generación mientras la vivía.

Tenía miedo de no "alcanzarse". De que todo el ruido, las discusiones, los libros, no alcanzaran para decir lo que de verdad importaba.

Por eso “El 60” no es un libro definitivo. Es un libro urgente. Es una foto tomada en movimiento.

Más de 50 años después, “El 60” sigue vigente por tres razones:

  • Le puso nombre a algo: antes de Andrés, no existía "la generación del 60". Después sí. Y ese nombre nos sirve todavía para pensar cómo la poesía argentina se hizo cargo de su país, de su lenguaje y de su tiempo.
  • Definió una poética: el "realismo crítico" como postura existencial sigue siendo una herramienta útil para leer no solo a los del 60, sino a mucha poesía argentina posterior.
  • Es un documento humano: es la voz de un poeta que quiso pensar a sus pares sin traicionarlos. Que los criticó porque los quería. Que entendió que la poesía no se hace en el vacío, sino en un país "descompuesto" donde todos golpean el teléfono público.

Alfredo Andrés no escribió el último libro sobre la poesía del 60. Escribió el primero. Y el más necesario.

Por eso vale la pena volver a él. No para repetir sus juicios, sino para entender cómo se pensó una generación a sí misma, en caliente, sin red.