Aceptar todo, una mansa actitud cotidiana y así nos va
El universo digital alteró las costumbres más que cualquier fenómeno conocido en la historia de la humanidad. Un análisis sobre los efectos más importantes.
El universo digital alteró las costumbres más que cualquier fenómeno conocido en la historia de la humanidad. Quizá después del dominio del fuego, unos cuatrocientos mil años atrás, nada modificó tanto la cultura de hombres y mujeres como el desarrollo de internet, que se popularizó en el vértice de los últimos dos milenios, vertiginosamente.
A diferencia del fuego, nos vemos afectados por los bits sin que podamos verlos, conocer cómo son, cómo se producen, qué factores intervienen para su producción, quien los enciende, cuánto oxígeno se requiere para su pervivencia, hasta donde pueden beneficiarnos con la provisión de temperatura y cómo detenerlos si se escapan de nuestra necesidad y voluntad. Por más indómitos que simulen ser los incendios, sabemos que en algún momento, aunque hayan devorado naturaleza, vida y bienes, el fuego se extingue. La evolución digital abarca más de lo pensado y es probable que nos queme nuestra propia ignorancia y no sepamos apagarlos a tiempo.
Mal educados
La discusión sobre el uso de pantallas e internet en la educación es casi tan extensa y diversa como las alianzas de partidos políticos en Argentina frente al nuevo escenario electivo. Las explicaciones abundan, los debates no se agotan, mientras las conclusiones son incomprendidas por la gente de a pie. La sociedad subvierte su rol: pasa de ser protagonista democrática a víctima inerte de decisiones y definiciones ajenas. Definiciones que afectan la rutina y el futuro. Comunidad que no fue educada para dominar las nuevas tecnologías y menos aún, para comprender cómo es que radical significa superficial y maleable; y liberal es aquél que somete, castiga e insulta a quien, en libertad, piensa de otra manera.
Rapidísimo
Bien distinto que con el dominio sobre el fuego, que demandó miles de años entender los muchos beneficios que propicia su uso, y también los riesgos ante su aparición accidental, el uso de la red cibernética resulta más sencillo, a pesar de su enorme complejidad. Esto ocurre principalmente porque -en realidad- son otros los que piensan por las mayorías que le dan uso, de ahí ese término que suele pasar inadvertido: intuitivo. Con demasiada ligereza se piensa que porque una criatura de cortísima edad gatilla videos y activa sonidos en un teléfono móvil con el tierno movimiento de sus deditos, está actuando consciente y decididamente, algo que está bastante lejos de ser cierto, aunque sirva para su entretenimiento y el solaz de sus progenitores.
Nadie se da cuenta
La cifra de humanos sobre el planeta se estima en ocho mil doscientos millones, de esa población, el 69,4% posee al menos un aparato móvil, pero la cantidad de conexiones supera en su absoluto a los individuos respirando sobre la Tierra ; ocho mil seiscientos cincuenta. Nunca algo así había sucedido. Con suerte en un concierto de Serú Giran en River hubo 50 mil encendedores en simultáneo, para continuar con la comparación inflamable. Ofrece demasiadas dificultades de abstracción concebir que en este momento, en el que está leyendo estas líneas, miles de millones de personas están haciendo algo parecido teniendo frente a sus ojos, como usted y como quien esto firma, una pantalla.
Histeria digital
Aún sigue sorprendiendo aquello de que nos aparece en la pantalla de la computadora o del teléfono móvil la oferta de lo que acabamos de mencionar en el mundo tridimensional, pero como el fuego, tampoco es magia. Esto comenzó a interferir nuestra cotidianeidad con mayor frecuencia desde que los aparatos celulares traen la batería encriptada, inseparable, o sea, el ardid de quitarle la batería para que no pudiera registrarse algún encuentro confidencial o discreto ya no está permitido, pero a la vez, es admitido sin algún tipo de reproche a los fabricantes y ni a sus socios, los desarrolladores de software. Según Byung-Chul Han, casi ocurre lo contrario, o sea, se privilegia hacer público lo íntimo, fenómenos que él denomina “extimidad”. Una rara confusión entre el pundonor y la desaparición del pudor.
Comete esa galletita
La ambigüedad también es moda. En las comunicaciones interpersonales, se toman recaudos antes impensados. Enviamos un mensaje pidiendo permiso para establecer una comunicación posterior, inclusive con seres bien próximos. La mayoría es renuente a dar públicamente su número de celular so pretexto de lograr privacidad. No existe aún, luego de más de tres décadas de su proliferación, una guía de números de telefónicos móviles. Hay quienes siguen negando manifestar su propia edad y quienes ocultan adonde se detuvo la aguja de la balanza en la farmacia. Esos mismos -y los demás, también- son quienes cuando aparece la proposición de rechazar, elegir o aceptar sin más las “cookies”, usan la tercera opción con un desparpajo total. Una contradicción cotidiana, universal y flagrante. Se oculta de sus congéneres visibles y se desnuda frente al mundo voyeur que -como se sabe- sus apetencias son de todo tipo y fundamentalmente comerciales. Se les proporciona además de la información identitaria, la posibilidad de ser auscultados durante toda la vigilia Pero la huella digital registra también la otra, o sea detecta y conserva los pasos del mundo físico, que luego serán usados a su favor, o en su contra.
Que viva la oscuridad
Aunque a través de las propias búsquedas, de los mensajes privados, de los me gusta, de las manifestaciones en redes y del historial digital, los big brother pueden deducir cual es la preferencia política, todavía se preserva algo que costó sangre y lágrimas (sudor no, en este caso) como es el secretismo del voto. El sagrado cuarto oscuro quizá sea el último refugio de la pulsión democrática. Aunque la formidable e irrefrenable manipulación algorítmica ya haya hecho lo suyo, todavía queda ese instante aislado, momentáneamente propio, donde al derecho le empata la obligación, y la reflexión fugaz de la historia, de la vivencia personal, de la perspectiva y de la esperanza, tiene aún volumen, aroma y un minúsculo pero indispensable orificio por donde atisbar el futuro.
Sustitución voluntaria de identidad
Con tanta metamorfosis, ductilidad ideológica, ambiciones mezquinas y desprecio por la verdad es necesario encontrar recursos fiables. Con la consagración reciente de postulantes disfrazados de candidatos, cribar entre los que fingen y los que representan los intereses colectivos, se torna una función irrevocable de cada uno. Quizá dejarle el celular al presidente de mesa sería una alternativa para que la elección en los próximos comicios esté menos contaminada y así impedir que aparezca a último momento una promesa en la pantalla que pueda tentar. Seguir aceptando acríticamente que lo sencillo se muestre enrevesado y lo natural, artificial, es peligroso y perjudicial. Saber que lo digital puede digitar nuestra acción es un buen comienzo, actuar para evitarlo, fundamental.