A quemarropa: canción de amor a las cosas que se niegan a morir
Objetos que duran más que nosotros. Una mirada, a quemarropa, sobre el tiempo, la memoria y nuestra dificultad para desprendernos de aquello que quisimos.
Hay objetos que duran como una canción de amor en la memoria. Imagen IA
Me gustan los puentes colgantes cuando crujen, las grietas en las piedras, las vetas de la madera y el óxido de los yunques y martillos. Me gustan las arrugas en los rostros cuando lloran o ríen, las canas en las cabelleras, las primeras várices en las piernas de las damas de mediana edad, la torpe miopía del académico y la voz ronca de esos cantantes que atravesaron a nado el mar de los excesos y la nostalgia a quemarropa.
Lo impecable, si lo destejo, se me revela como insípido, gris. Me gustan las personas que acusan el paso del tiempo, las que estuvieron de pie bajo la tormenta y no salieron ilesas. Esas delaciones de la edad son certificados de vida fecunda. Todo acto de amor, arrojo, constancia o aventura deja consecuencias indelebles. Las cicatrices son inventarios sobre la piel. Los cirujanos plásticos son asesinos de la nobleza. Me gusta aquello en lo que, con los años, arde la vida.

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Con los objetos tengo ciertos vicios, actos de rebeldía poética tan inútiles como tiernos. Conservo algunos que intentan con esmero luchar contra el olvido. Esos objetos, sólo valiosos para mí, son santuarios en los que vive la memoria de los míos, cosas que fueron útiles aún antes de que yo naciera: un mueble con un espejo ovalado que compraron mis abuelos maternos siendo jóvenes, una madera en la que mi padre cortaba el salame picado el asado y una pequeña prensa de hierro que usaba mi madre para sacar el jugo de las carnes y darnos de beber ese néctar para fortificarnos, aunque ahora sabemos que podría haber sido fatal por el cóctel de bacterias que involucraba.
Te mata o te alimenta, la bacteria, la memoria.
Suelo acariciar esos objetos como si acariciara a quienes perdí. Las cosas antiguas contienen susurros profundos, cuando el mundo, a los gritos, nos empuja a producir, consumir, actualizar y arrojar a la basura. Esos objetos, sus quejidos y costurones, me reconcilian con la vida. Los recuerdos son migajas que nos concede el olvido. Entonces, si marchamos hacia un olvido inapelable, pues elijamos exhibirnos con las marcas que nos regalaron los días.
Lejos estoy de ser una persona distinguida. Soy de madera tosca, más forjado a golpes que pulido a mano. Por eso, me gustan las herramientas de hierro, los relojes a cuerda, las antiguas guitarras, los discos de arado y las copas de cristal que atesoro y sobreviven a las cenas con amigos y a mis esmerados enjuagues.
No obstante, mi amor va más allá y es, en cierto caso, bochornoso: conservo, por ejemplo, un par de zapatos desde fines del siglo pasado. Me los regaló una novia hermosa que tuve y que ahora vive en Madrid con un fulano. Cada tantos años les cambio las suelas y sigo caminando con ellos. Son de excelente cuero, cosido a mano. Ah, también conservo algunos platos de cerámica que compramos en Casa König. Cuando me la cruce, voy a lucir mis zapatos y le serviré un guiso en aquellos platos que duraron mucho más que aquel amor de juventud.
No iba a contarlo por pudor, pero lo haré: guardo también un buzo de algodón celeste, muy hippie, que regalé a un gran amor que tuve siendo muy joven. Lo compré en la Costa Atlántica, precioso. No sé por qué terminó en mis manos y por qué lo custodio con tanto celo. Bueno, si lo sé: ese buzo es la prueba de que un amor tan grande existió y no quiero olvidar a ese que supe ser mientras lo elegía para ella.
Está claro que soy un tipo al que le cuesta desprenderse de lo que quiso. Me lo repito: soy un tipo al que le cuesta desprenderse de lo que quiso, si bien me desprendo con mayor facilidad de las personas que de las cosas. Y ahora me contradigo, porque suelo sostener, vehemente, que el amor no consiste en conservar lo que se ama, sino en el trabajo de darle alas. Todo está destinado a irse, también los amores y las convicciones. Todo lo bonito esconde un pájaro en sus entrañas. Soy una persona que se desprende de todo lo que quiso, aunque se guarda un detalle para honrar la memoria de lo querido.
Si fuese una persona valiente, tomaría ese buzo, esos zapatos, ese mueble con espejo y la madera y la prensa y los incendiaría en el patio una noche de luna llena. Lo que queda de mí en ellos ardería también. Soy un cobarde. Saber despedirse es un arte de pocos, un acto de resistencia ante los tarascones del olvido. Yo no sé hacerlo. Muy rico todo. Hasta la vista baby. Me las piro, vampiro. No sos vos soy yo.


