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A 31 años del atentado a la AMIA: "Mi amigo Diego de Pirro murió sonriendo"

Gustavo Montanini perdió a su mejor amigo, Diego de Pirro, en el atentado a la AMIA. 31 años después, lo sigue recordando con cariño y con una sonrisa.


El atentado a la AMIA ocurrió el lunes 18 de julio de 1994 en Buenos Aires, cuando un coche bomba explotó en la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA). Este ataque terrorista dejó un saldo de 85 muertos y más de 300 heridos, marcando un antes y un después en la historia de Argentina.

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Entrevista a Gustavo Montanini

La explosión destruyó la sede y varios edificios cercanos, causando un gran impacto en la sociedad argentina. El atentado a la AMIA marcó la vida de los argentinos. Gustavo Montanini, uno de los amigos más cercanos de Diego de Pirro, una de las 85 víctimas, revive ese lunes trágico y el legado emocional que dejó su amistad.

-Gustavo no lo he conocido a Diego, que es el protagonista de esta entrevista. Esa mañana soleada, estabas hablando por teléfono con él.

-Era una mañana soleada de lunes me acuerdo muy bien, hablaba por teléfono con mi amigo Diego de Pirro. Estábamos planificando cómo celebrar el Día del Amigo, que se aproximaba. La conversación transcurría entre risas y planes. De repente, la explosión. Escuché todo por el teléfono. Para mí era una caldera, no imaginé lo que era. Diego vivia justo enfrente a la AMIA, en un octavo piso, y yo en su oficina, cuando ocurrió el atentado. La llamada increíblemente no se cortó. Si escuché los gritos, los vidrios rotos, el caos. Marta, su madre, lo llamaba. Él no respondía. Ahí supe que algo terrible había pasado. Prendimos la radio y me enteré del atentado. Salí corriendo hacia allá, pero era imposible pasar. Me enteré recién a las 15 que lo habían encontrado sin vida.

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Siempre quiero recordar a Diego con una sonrisa.

-Vos y Diego eran más que amigos, eran como hermanos, los dos como hijos únicos.

-Los dos éramos hijos únicos, nos criamos juntos desde los seis años, ibamos al mismo colegio, al club, hicimos la secundaria y la facultad juntos. Compartimos todo, la intensidad del vínculo hace que, aún hoy, su ausencia y el dolor siga pesando. Lo recuerdo con una sonrisa. Literalmente. Me dijeron los médicos que su último gesto fue una sonrisa. Yo creo que se fue feliz, hablando conmigo, planeando algo lindo.

-¿Lo recordás vos mismo o hablan de él con otros amigos que también lo conocieron? Me gustó mucho lo de recordarlo con una sonrisa.

-Diego sigue presente. Entre sus amigos, formamos un grupo de WhatsApp llamado "Pelito", en su honor. Nos seguimos juntando, muchas veces en la misma pizzería que solíamos frecuentar. Siempre terminamos yendo a donde él hubiese dicho. Es como si nos siguiera guiando.

El momento del atentado

El momento del atendado.

-¿Seguiste frecuentando a su mamá y a su papá?

-Sí, a la mamá y al papá. Nos hemos seguido viendo casi todo el grupo de amigos durante muchos años. Ya partieron al cielo con mucho dolor los dos. Carlos y Marta vivían a la vuelta era una dinámica muy linda. Y yo eso se lo agradezco siempre a Javier también, otro amigo de Diego. Siempre fue más importante pensar en Diego que pensar que nunca hubo justicia que pensar que nunca hubo culpables.

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Diego sigue presente.

-¿Cómo les hablaste a tus hijas del "Tío" Diego?

-Para mis hijas, Diego es "el tío Diego". Aunque nunca lo conocieron, está presente en fotos, anécdotas y objetos cargados de afecto. Me casé con un traje de Diego. Siempre tengo algo de él. Un libro, un suéter, un recuerdo físico que me acompaña. Cada 18 de julio, la memoria se activa con más fuerza. Mis hijas escuchan su nombre en los actos, en la televisión, y saben quién es. No porque yo se los haya impuesto, sino porque él forma parte de nuestra familia emocional.

¿Cómo lo recordás?

¿Cómo lo recordás?

-¿A pesar del paso del tiempo, el dolor persiste?.

-Uno se acostumbra a vivir con el dolor. No desaparece. Pero lo que me sostiene es recordarlo bien, con amor. La justicia tiene que seguir su curso, pero la emocional... esa no llega nunca. Nada nos quita los afectos que tuvimos. Lo que nos quita es la continuidad de la vida física juntos. Pero lo vivido, lo que nos hizo reír y llorar, eso queda para siempre.