9 de Julio: la otra historia de la Independencia, entre guerras, disputas y proyectos monárquicos
Lejos del relato escolar, la declaración de 1816 estuvo marcada por conflictos internos, intereses cruzados y un contexto internacional adverso.
Buenos Aires prefería distraer tropas que podían pelear contra los españoles en el Alto Perú a fin de someter al puerto de Santa Fe.
Archivo.El único deber que tenemos con la historia es reescribirla”, sostenía Oscar Wilde, y cada nuevo aniversario de nuestra independencia es una oportunidad propicia para contemplarla desde otra perspectiva, alejada del relato fundacional de un país que contaba una versión almibarada para la fácil comprensión de los inmigrantes y sus hijos.
Para entender la envergadura de este gesto, es menester comprender el contexto internacional de una Europa que acababa de liberarse de Napoleón e iniciaba un nuevo proceso de organización con el Congreso de Viena. En realidad, lo de nuevo era una expresión de deseos, porque la conclusión de este Congreso, convocado y conducido por la voluntad del zar Alejandro, era volver a los cánones de la monarquía absolutista. La experiencia republicana de los franceses había resultado desastrosa para el viejo continente y la experiencia norteamericana aún era una curiosidad que se debatía con el Imperio británico. El retorno de Fernando VII al poder había cambiado la perspectiva de la lucha con las colonias. El monarca, que en un momento había sido “el Deseado” por el pueblo español, volvía siendo absolutamente absolutista y quería recuperar el imperio que Napoleón le había arrebatado.
Europa acababa de liberarse de Napoleón
Los intentos libertarios de sus colonias habían fracasado, hecha la excepción de la obstinada conducta de Bolívar —que tantos desvelos le había ocasionado— y la titubeante conducta de las Provincias Unidas, que mantenían una actitud beligerante con las fuerzas realistas en el Alto Perú y la Banda Oriental —con distintas suertes—, pero que permitían que la insignia española ondease sobre el Fuerte de Buenos Aires, como lo hizo hasta 1815. Al enterarse en Buenos Aires de que desde Madrid se preparaba una expedición punitiva a cargo del general Morillo, las autoridades porteñas enviaron una comisión de notables, como lo eran Belgrano, Rivadavia y Sarratea, para negociar la coronación de un príncipe español como monarca del Río de la Plata.
Los intentos libertarios de sus colonias habían fracasado
La vuelta de Napoleón de Santa Elena y el fracaso de las negociaciones con un curioso conde de Cabarrús, que por poco terminan en un duelo con Manuel Belgrano, habían hecho que este retornase a Buenos Aires y vistiese una vez más el uniforme de general. Rivadavia, en cambio, prefirió quedarse en Europa y persistió en el proyecto monárquico. La toma de Montevideo, en junio de 1814, un puerto ideal para el desembarco de las tropas de Morillo, disuadió al general español de dirigirse al sur del continente y se concentró en luchar contra Bolívar en Colombia y Venezuela. El panorama en las Provincias Unidas no era más alentador. El Ejército del Norte, conducido por Rondeau, iba de derrota en derrota. En abril de 1816, el entonces director supremo Álvarez Thomas envió a su tío, don Manuel Belgrano, a reprimir un levantamiento en Santa Fe, ciudad que era asediada por cuarta vez por las tropas porteñas.
Buenos Aires prefería distraer tropas que podían pelear contra los españoles en el Alto Perú a fin de someter al puerto de Santa Fe, que era una competencia estratégica para el comercio porteño. El coronel Eustoquio Díaz Vélez fue comisionado para pactar con los santafesinos, aunque estos lo convencieron de cambiar de bando y apresar al mismísimo general Belgrano. En su proclama, los santafesinos preguntaban: “¿Es este el sistema de libertad que han proclamado vuestras gacetas?”. La crisis condujo a la renuncia de Álvarez Thomas, quien fue reemplazado por Antonio González Balcarce. El Cabildo de Buenos Aires promovió el nombramiento de Juan Martín de Pueyrredón como Director Supremo, figura que también gozaba de la simpatía de San Martín.
El futuro Libertador había desechado la estrategia de acceder al Alto Perú por vía de las provincias del Norte y proponía la estrategia británica ideada por lord Maitland para conquistar el Perú vía Chile, a la espera de un ejército criollo que llegase del Virreinato de la Nueva Granada. Para llevar adelante esta campaña, San Martín instaba al diputado por Cuyo, Tomás Godoy Cruz, a acelerar el proceso independentista: “¿No le parece a usted cosa bien ridícula acuñar moneda, tener pabellón y cucarda, y no hacer la guerra al soberano de quien dependemos?”. Para entonces, Artigas y sus seguidores de las provincias mesopotámicas ya habían declarado la independencia de la metrópolis en el Congreso de Arroyo de la China. Días antes de este levantamiento en Santa Fe, más precisamente el 24 de marzo, se inauguró el Congreso en Tucumán.
A raíz de la conflictiva situación de Santa Fe, no concurrieron los diputados por la Banda Oriental, Entre Ríos, Corrientes y Santa Fe, provincias que respondían al liderazgo de Artigas, para quien la declaración de independencia en Tucumán era irrelevante. El 9 de julio se firmó la proclama de la voluntad de las Provincias Unidas de “investirse del alto carácter de nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópolis”. El 16 de ese mes, en España, Rivadavia era expulsado del país, a pesar del “reconocimiento de su vasallaje” y de referirse al Río de la Plata como integrante del reino de Fernando VII.
El 19 de julio, a pedido del diputado Medrano, se agregaba al Acta de Independencia que esta se declaraba no solo de Fernando VII, sino de toda potencia extranjera. Esta modificación se basaba en un rumor, que después sería cierto, de la intención de Portugal de dominar la Liga Federal artiguista. El 25 de julio, ante la tumba de los caídos en la batalla de Tucumán, cinco mil milicianos juraron defender a la nueva nación. Esta declaración, en un momento tan adverso, cuando España recuperaba algunas de sus posesiones en América, fue de enorme coraje y determinación por parte de un grupo de argentinos que, con el tiempo, se verían envueltos en disputas y disensos ideológicos.
Cinco mil milicianos juraron defender a la nueva nación
Argentina fue el primer país que proclamó y conservó su libertad de la voluntad española, pero sería el último en organizarse constitucionalmente, tras casi treinta años de guerras civiles (las constituciones de 1819 y 1826 fueron estrepitosos fracasos que poco duraron). La mayor parte de los congresistas de 1816 se trasladaron a Buenos Aires para proclamar la Constitución en 1819, la primera en intentar organizar al país, pero fue muy criticada por considerarla unitaria y propensa a crear una monarquía. De hecho, Pueyrredón había iniciado conversaciones para traer como rey a un noble francés. Cabe destacar que la mayoría de los diputados que habían proclamado la independencia serían perseguidos o sufrirían prisión.
Esta es parte de nuestra historia, que debe ser reescrita para entender que la génesis del país fue mucho más complicada, traumática y conflictiva de lo que nos han enseñado; que no todos nuestros prohombres estuvieron a la altura del bronce; y que nuestra estructura federalista nació de la lucha de intereses entre el puerto de Buenos Aires, su renta aduanera y las provincias, que no aceptaban el dominio porteño.
* Omar López Mato. Médico oftalmólogo e historiador argentino.



