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El monumento a Bartolomé Mitre en Recoleta: arte y definición de identidad

Las obras, distribuidas estratégicamente en plazas y avenidas, no sólo buscaban embellecer el espacio urbano, sino también articular una memoria histórica oficial que consolidara la identidad nacional

La Ciudad de Buenos Aires se transformó, entre fines del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX, en un escenario privilegiado para la consagración de héroes nacionales a través del arte monumental y cada obra. En este contexto, el Monumento a Bartolomé Mitre, inaugurado en 1927, se encadena con el de Carlos María de Alvear, (inaugurado dos años antes), del que nos ocupamos en nuestra nota del domingo pasado. 

La muerte de Bartolomé Mitre en 1906 dio lugar a un movimiento de homenaje inmediato. Figura clave de la generación del 80, Mitre fue presidente, general, historiador y fundador de un diario. La clase dirigente, que lo reconocía como arquitecto del orden nacional y símbolo de la cultura ilustrada, promovió la erección de un monumento en su memoria. En 1907 se conformó una comisión presidida por representantes del gobierno, descendientes de Mitre —como su hijo Emilio— y miembros del círculo mitrista.

Detalle del monumento “La Victoria alada”.

A diferencia del caso de Alvear, no se organizó un concurso público internacional, sino que se optó por la contratación directa del escultor italiano Davide Calandra (1856-1915), de la escuela turinesa, a quien, desde su fallecimiento se sumó Eduardo Rubino (1871-1954), también italiano, como colaborador en bajorrelieves y elementos alegóricos. La escultura ecuestre fue fundida en bronce en Nápoles, Italia. También los mármoles del basamento fueron tallados en la Península.

La muerte de Bartolomé Mitre en 1906 dio lugar a un movimiento de homenaje inmediato.

El pedestal, rodeado de figuras de mármol de Carrara, fue proyectado por el arquitecto Eduardo Gianotti, de origen italiano. Su diseño sobrio y elegante se integró armónicamente con la gramática escultórica del conjunto. Como dato adicional, Gianotti fue padrastro del notable escultor argentino José Fioravanti, quien años después sería autor de varias esculturas oficiales, como el monumento a Roque Sáenz Peña, consolidando así una línea de continuidad artística entre generaciones.

Es relevante mencionar que hubo una propuesta alternativa del escultor español Agustín Querol Subirat, figura prominente en la escultura oficial de la época, autor del Monumento de los Españoles en Buenos Aires. Su proyecto fue objetado y finalmente rechazado, lo que generó una reorientación: Querol canalizó sus esfuerzos hacia el monumento a Justo José de Urquiza, inaugurado en Paraná (Entre Ríos) en 1907. Esta derivación no fue meramente circunstancial. Mitre y Urquiza representaron en algún momento visiones opuestas del proceso de organización nacional.  El simbolismo del proyecto de Querol ahondaba las diferencias. Cundió el espíritu de conciliación y el español fue reemplazado. En el otorgamiento del proyecto a Calandra seguramente pesó la opinión de Antonio Alice (el autor de Los Constituyentes de 1853, el gran óleo que se exhibe en el Salón de los Pasos Perdidos del Congreso Nacional), quien pintó el retrato del escultor trabajando en el caballo de Mitre.

El pedestal, rodeado de figuras de mármol de Carrara, fue proyectado por el arquitecto Eduardo Gianotti.

El Monumento fue finalmente inaugurado el 21 de noviembre de 1927 en la barranca de la actual Plaza Mitre, sobre la Avenida del Libertador, frente al Parque Thays y en las cercanías del Museo Nacional de Bellas Artes. La elección del lugar reforzó la monumentalización del eje cívico y cultural de la ciudad. La ceremonia de inauguración fue presidida por el entonces presidente de la Nación, Marcelo Torcuato de Alvear, cuya figura resulta particularmente significativa: no solo era jefe de Estado, sino también nieto de Carlos María de Alvear, a quien se le había rendido homenaje apenas dos años antes, en 1925, también en su presencia.

En ambas inauguraciones, Alvear encarnó el rol de legitimador simbólico de la continuidad institucional. En la de su abuelo, participó no solo como presidente, sino también como descendiente directo, en un gesto que fusionó lo familiar con lo estatal. En la de Mitre, su presencia buscó sellar una alianza intergeneracional entre los próceres de la independencia (como Alvear) y los constructores del Estado nacional (como Mitre), proyectando sobre su propia figura una síntesis entre pasado heroico y modernidad republicana.

En la barranca de la actual Plaza Mitre.

Desde el punto de vista estético, el monumento a Mitre se alinea con los cánones del neoclasicismo monumental. La escultura ecuestre del prócer, en actitud serena y firme, domina el conjunto desde lo alto del basamento. En la base, relieves alegóricos y las figuras en mármol representan la historia y la literatura, subrayando la doble dimensión del personaje como militar y como intelectual. Fuerte el simbolismo de Victoria alada, que con una corona de laurel, encaramada en la proa preside el conjunto.

En contraste con el monumento a Alvear, realizado por el francés Antoine Bourdelle, de lenguaje más expresionista y dinámico, el de Mitre apuesta por una forma más contenida y solemne, coherente con la imagen del estadista ilustrado. Desde el estricto punto de vista artístico, sin embargo, la obra de Bourdelle es (en nuestra opinión), por lejos, muy superior.

Antonio Alice: “Retrato del escultor David Calandra”, 1913. Museo Mitre

Pero el homenaje a Mitre no fue meramente conmemorativo. En él se consolidó una acertada visión liberal de la historia, centrada en el progreso, la racionalidad y la unidad nacional. La narrativa que se esculpió en mármol y bronce fue también una operación política: frente a un país que comenzaba a experimentar nuevos actores sociales y tensiones democráticas, estos monumentos reforzaban la figura del prócer como garante del orden, el mérito y la civilidad. Vinieron, sin embargo, tiempos posteriores con lamentables derivas en las que no viene al caso profundizar. 

Hoy, el monumento a Mitre sigue en pie como parte del paisaje urbano en una de las zonas más lindas de nuestra ciudad. Es testimonio de una época en que la escultura pública no solo celebraba a los héroes, sino que ordenaba el pasado y el presente en función de un proyecto de país al que todavía aspiramos.

Carlos María Pinasco es consultor de arte.

carlosmpinasco@gmail.com