La reflexión de una amiga del papa Francisco: "Espero que sus mensajes resuenen en el Cónclave"
Arminda tenía cerca de 20 años cuando vio por primera vez a Jorge Mario Bergoglio, el entonces “muchachito del barrio” que unos cuantos años más tarde se convertiría en el “ Papa de todos, todos, todos”. Había coincidido con él trabajando en la Acción Católica de la Sede Parroquial de la Basílica de San José de Flores. “Era un jovencito de unos 13 o 14 años que trabajaba muchísimo para llevar a Jesús al barrio; un chico alegre, lindo. Tengo muy lindos recuerdos de él”, aseguró Arminda Aragón, amiga de la juventud de Francisco, en diálogo con MDZ.
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No solo compartían su misión en la Acción Católica, sino que, también, eran vecinos en Flores, el barrio porteño que lo vio nacer, crecer y donde sintió su conexión con la fe católica. “Estábamos a una cuadra y media de la casa de su familia. Yo trabajaba en la parroquia y tenía a mi cargo las chicas jovencitas y, entre ellas, estaba Marta que era hermana de Jorge Bergoglio. Incluso, cuando Martita cumplió los quince años, le hicieron una fiesta y yo estuve en su casa”, recordó con lucidez la mujer que ahora tiene 94 años.
“Martita”, como le dice Arminda, creció, se casó y se distanció, pero su vínculo con Jorge no terminó. Bergoglio nunca quiso dejar el barrio, siempre volvía a visitar a los suyos, a los de siempre. “Él me conocía del barrio, conocía donde vivía, era también muy amigo de mi hermana, quien falleció”, confesó Aragón.
“Él venía mucho al Colegio de la Misericordia, acá en Directorio y Bonorino, porque había hecho ahí su primera comunión y quería mucho a las religiosas, entonces venía a tomar el té”, evocó Aragón y aseguró que, en una de esas visitas que realizó el entonces obispo de Flores, le dijo con cariño y humor: “¿Sabe una cosa? Pasé por su casa y me pregunté ‘¿estarán vivas las Aragón?’”. “Después me decía ‘yo sé muy bien su dirección’, y me decía exacto la dirección de mi casa y el piso donde vivíamos. ¡Una memoria!”, exclamó contenta.
Son muchos los recuerdos que Arminda tiene de aquel joven que pasó de misionar en el barrio de Flores a liderar la Iglesia Católica y a ser querido y honrado por creyentes y no creyentes de todo el mundo. “Yo tengo presente que él era muy amigo de otro muchacho de Flores, más o menos de su edad. Ambos ponían una mesita en la vereda frente a la Iglesia. En la mesita tenían rosarios y libritos. Entonces la gente pasaba, les hablaban y les regalaban esos libritos y rosarios. Después, se corrían más adelante, iban a la otra cuadra a hacer lo mismo y así iban misionando. Era una cosa increíble”, rememoró.
“Era un ser extraordinario en todo sentido, en lo humano, en lo religioso, en su calidez. Además, como era un chico joven, un chico lindo, un chico simpático, atraía a la gente, no causaba rechazo. Era esa su misión. Desde muy chiquito demostró ese amor a Jesús”, subrayó.
El 13 de marzo de 2013, la fumata blanca salió de la Capilla Sixtina para confirmar la elección del nuevo Papa tras la renuncia de Benedicto XVI. Todo el mundo esperaba la revelación del nombre del que sería el Sumo Pontífice por los siguientes años. Arminda recuerda con lujo de detalles aquella histórica jornada. Estaba en su casa, junto a su hermana, viendo la transmisión desde la única habitación de su casa donde había una televisión. De repente, un cardenal pronunció el nombre de Jorge Mario Bergoglio y la emoción invadió su cuerpo. “¡No sabés la alegría que sentimos con mi hermana! Pegamos un salto, nos abrazamos y empezaron a tocar las campanas de la zona”, contó con suma felicidad, como si fuera aquel día.
“Realmente fue un regalo de Dios pensar que ese muchachito que conocíamos de joven ahora era el Papa de todo el mundo. Una emoción inmensa porque era de acá, del barrio, de la iglesia San José de Flores; jugaba la pelota en una placita que hay acá cerca”, dijo orgullosa. “En el barrio está la casa donde nació y vivió, el colegio donde hizo la primaria. En todos esos lugares hay una placa con sus datos. El barrio de Flores está inundado de Bergoglio, del papa Francisco y eso para el barrio es una alegría grandísima”, sostuvo Arminda.
Durante su papado, Arminda siguió y escuchó cada discurso de Francisco a pesar de la distancia. Si bien, confesó que le hubiese gustado volverlo a ver y compartir como antes, sabía que era difícil que eso ocurriera. Aun así, tuvo la suerte de saludarlo, al menos a la distancia, en un viaje grupal a Tierra Santa. “Fuimos a Roma, al Vaticano, pero teníamos asignado un lugar y el Papa pasó saludando y, en ese momento, sí lo saludé, pero no fue un saludo personal. Después yo ya no volví para allí y me hubiera gustado que él viniera a la Argentina, pero él tendría sus razones, uno no las puede discutir y acá el pueblo argentino lo quiere mucho”, afirmó.

Ella califica al papado de Francisco como extraordinario. “¿Viste los viajes que hizo, cómo se comunicaba con la gente? Él acá, cuando era obispo, iba mucho a las villas miseria, que son las villas pobres, y se acercaba a los sacerdotes que estaban en esas villas que tenían su capillita; hablaba con la gente, abrazaba a los niños. ¿Viste esa sonrisa que tenía? Realmente atraía mucha gente; era un valor”, manifestó la mujer que sigue misionando en la misma iglesia a la que acudió en toda su vida.
La partida de Jorge Bergoglio, el pasado 21 de abril, la conmovió bastante. Se enteró esa mañana de lunes al ver las noticias del día. Sintió congoja y la necesidad de volver a rezar por él, antes de comunicarse con la comunidad eclesiástica del barrio, que más tarde organizaría una misa en su honor. “Ese fue su paso por esta tierra, pero un paso que dejó una huella imborrable. Creo que en este momento nos está protegiendo desde el cielo”, reflexionó con suma confianza.
“En mi casa, tengo en la mesita de luz y en otras habitaciones, una bendición papal que nos dio a mi hermana y a mí, y varios cuadritos de él. ¿Viste que hay una foto que está él con una paloma? Tengo esa foto grande, preciosa, puesta también en otra habitación, pegada en uno de los placares”, expresó la mujer aún conmovida.
“Espero que sus mensajes resuenen, como todo lo que dijo sobre el amor, sobre la amistad, de la unión de los argentinos, de la unión de los hombres, de que tampoco hay que quedarse dentro de la iglesia, sino que hay que salir de la iglesia y estar con la gente”, finalizó Aragón, que todas las noches reza por su amigo Jorge, el “muchachito” de barrio que dejó una huella imborrable en la historia de la Iglesia Católica.
