Cuando el clima golpea, la infancia paga el precio
Argentina y el mundo enfrentan una tormenta sin refugio llamada crisis climática, que no es solo un desajuste del termómetro global; es un incendio que devora derechos y un río que arrastra oportunidades, impidiendo el paso hacia el futuro, subrayando la urgencia de actuar para mitigar los impactos negativos.
El informe Análisis de riesgos relacionados con clima, energía y medio ambiente ( Unicef, 2021) desnuda una verdad incómoda: las niñeces son las más vulnerables en este naufragio. No es solo el calor extremo o las inundaciones como lo sucedido en Bahía Blanca, sino el colapso de servicios esenciales que acarrean: las escuelas cierran por falta de agua, no hay suficientes camillas en los hospitales o la energía no llega a las zonas rurales. No hablamos del futuro: el desastre ya está aquí y toca la puerta con más fuerza a quienes menos pueden defenderse.
También debemos tener en cuenta el Índice de Riesgo Climático de la Infancia (IRCI), un mapeo que identifica a quienes están más expuestos y menos preparados. La última actualización del IRCI fue hace cuatro años y no sorprende: pobreza y clima caminan de la mano, ya que si el hambre es una herida abierta, la crisis ambiental es la sal que la profundiza.
Invertir en infraestructura resistente ya no es un lujo, es una obligación. Comunidades enteras ven sus casas devoradas por incendios y sus cultivos sepultados bajo el agua. Mientras el mundo debate medidas, la realidad de millones de niñas, niños y adolescentes se ve afectada.
Parte de la solución está en la educación ambiental. Unicef señala la importancia de enseñar sobre el cambio climático desde la infancia, no como una asignatura opcional, sino como una herramienta de supervivencia. Quien comprende el problema, puede enfrentarlo.
Nuestro alrededor es un reloj en constante movimiento. Como joven activista por los Objetivos de Desarrollo Sostenible, considero que debemos cambiar los métodos de enseñanza en las aulas para no solo pintar hojas de árboles de colores, vestirnos de días temáticos o reciclar como gesto simbólico; sino para que cada decisión cuente, tenga un impacto real y significativo.