Jorge Cohen: "Que no haya justicia es una forma de desmantelar la memoria"
Ayer se conmemoraron 33 años del atentado terrorista contra la Embajada de Israel en Argentina, un episodio trágico que continúa siendo una herida abierta en la historia reciente del país. La explosión, atribuida a la organización terrorista Hezbollah, dejó un saldo de 29 víctimas fatales -22 fueron identificadas- y más de 200 personas heridas. El ataque, que destruyó por completo el edificio diplomático ubicado en el barrio de Recoleta, dejó una marca indeleble en la memoria colectiva y sigue siendo uno de los actos de violencia más devastadores en la historia del terrorismo internacional.
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Ese día, la vida de Jorge Cohen cambió para siempre cuando el edificio en el que trabajaba voló por los aires. Testigo, más que víctima del atentado, como le gusta definirse, se acercó amablemente hasta la redacción de MDZ para reflexionar sobre lo que ocurrió antes, durante y después del atentado. Ésta es su historia.
Ya pasaron casi 33 años ¿A medida que se va acercando un nuevo aniversario, ¿cómo lo transitas? ¿Cómo fue transcurriendo? ¿Se fue modificando tu visión con el paso del tiempo?
En principio, si hablamos de justicia, sabemos lo mismo que hace 30 años o 33 años y tenemos los mismos resultados, es decir, ninguno. No hay acusados, no hay encarcelados, la ley no se aplicó. Los sentimientos y la percepción sensorial, es otra cosa. A veces siento que pasaron 33 y a veces no, a veces pasaron 33 años, a veces pasaron diez, a veces dos y a veces fue ayer. Es probable que me emocione, porque pasan los años pero la emoción es la misma. Cuando paso por la calle Arroyo y Suipacha en el viejo barrio Norte de Buenos Aires, que es donde estaba el edificio de la embajada y ahora hay una plaza, puedo pasar y caminar, pero si entro en la plaza, sobre todo los aniversarios, me pasa algo en el cuerpo, tengo la piel de gallina. Cuando paso por ahí, algo me atraviesa. Es independientemente de mí, no es una cuestión de decisión, pasa por otro lado. Esto es lo que puedo decir. Pero claro, cada año es cada año y lo que permanece además siempre indemne, digamos intocable, es el recuerdo de mis compañeros muertos.
¿Pasa algún día sin que te acuerdes de aquel 17 de marzo de 1992?
Bueno, en estos años puede ser que haya un día que no, pero no sucede. Si yo no me acuerdo me lo hacen recordar, porque voy a una reunión cualquiera o qué sé yo y me dicen “¿vos sos fulano de tal?” y entonces sale el tema que no eludo para nada, me parece que haber quedado aquí es para hablar, para hacerlo en nombre de mis compañeros muertos y el resto de las personas que murieron. Quedé aquí para dar testimonio qué es lo que estamos haciendo ahora.
Quiero hacer doble clic en la frase que decías sobre no correrse, de ser sobreviviente. En más de una ocasión, en algunas entrevistas sugeriste que dejaste el papel de víctima atrás para convertirte en testigo. Vayamos al día del atentado, siempre has dicho que tenés pequeños fragmentos sobre lo que ocurrió en el momento de la explosión hasta la conversación telefónica con un colega, profundicemos ahí…
Es una pregunta con muchas. Con varias respuestas, pero no diferentes, sino para cada parte de la pregunta. Sí, dejé de ser víctima para ser testigo. Cada cual hace lo que puede, no estoy diciendo que haya que hacer lo que sea una obligación, cada cual llega hasta donde puede, hasta donde el cuerpo lo deja, hasta donde la mente lo deja. Cada uno es es cada uno y es un individuo en sí mismo, digamos. Lo que quiero decir es que dejé de ser víctima porque la víctima es una foto en blanco y negro congelada, el testigo se levanta y da testimonio, como el montañista que sube la montaña y cada cuatro pasos mira para abajo para ver de dónde salió. Y yo miro para abajo y me estoy emocionando para ver de dónde salí. El hecho de haber pasado de ser víctima testigo tiene que ver algo vinculado con Marcela Doblas, que murió en el atentado. Yo estaba en ese momento escribiendo unos textos de ficción y Marcela, en su horario de almuerzo los corregía porque en la computadora no tenía acento y hacía observaciones en el margen. Después del atentado me olvidé totalmente esos textos. Semanas después, no sé cuánto tiempo después, había unas bolsas negras donde estaban las pocas cosas que se pudieron recuperar de la embajada. Y bueno, cada uno revisaba y qué sé yo. Yo encontré esos textos en un papel sobre papel madera y lo abrí, estaban semi-chamuscados. Me senté en el suelo y me quedé pensando, y acaso también muy emocionado por ahí, como ahora, o un poco más. Al ver los dibujitos de Marcela dije esto más esto nunca más lo voy a abrir. Años después se lo comenté a un a un poeta, Daniel Chiron, que me dijo: “Esos textos tenés que tener las ganas y el deseo de completarlos. Tenés que editarlos, llamarlos cuentos bajo los escombros y dedicárselo a Marcela”. Dije ¿Cómo voy a hacer esto? Bueno, finalmente lo hice. Hace algunos años ese texto se publicó y allí di el paso a hacer de testigo. Esto que cuento, lo cuento en el libro y hago una comparación quizás impertinente, pero en un capítulo del Talmud, que es un libro de la tradición judía, se menciona que a un rabino en su templo le están quemando la Biblia, la Torá, y se acerca a su hijo y le dice ¿Qué puedo hacer? Y él le dice no te preocupes porque el papel se quema, pero las letras vuelan. Y acá, en algún sentido, las letras volaron.
¿En qué momento te enterás que lo que había sucedido fue un atentado?
Esta pregunta tiene que ver con la anterior. Vos mencionabas que hablé con un colega por teléfono y lo voy a decir porque tiene que ver con lo que me estás diciendo. Cuando me llevan en la ambulancia hay cosas que no me acuerdo, esto me acuerdo. Un colega me pone un teléfono celular de esos ladrillos que había en aquel momento, Eduardo, que trabajaba en Reuters. Entonces escucho a alguien llorar. Yo dije hola y él lloraba porque me escuchaba que estaba vivo. Esa persona era Marcelo Cantero, hoy editor de Clarín. Ahí empecé a tomar conciencia de algo, porque antes, mi viejo alcanzó a pasar las barreras de seguridad y me dio un abrazo. Yo no me acuerdo, vi las fotos después en el Diario Popular, pero no me acuerdo. Cuando subo a la ambulancia, me acuestan en la camilla, me hacen las primeras curaciones, me sacan la sangre y en un momento la ambulancia arranca para llevarme al hospital y ahí empecé a entender de lo que había pasado. Evidentemente no estaba bien pero ahí me di cuenta y dije ¿dije qué pasó acá? Cuando la ambulancia arranca pone primera para salir y yo con las piernas, que las tenía frente a las puertas traseras, las golpeo, las abro y me caigo de la ambulancia en marcha. Ahí dije ¿Quién está manejando la ambulancia? ¿Dónde me llevan? Después de eso me preocupé más que nada por mi salud, por estar bien, pero sobre todo por mis compañeros y también por mis compañeros muertos. No me enteré de golpe, digamos, me fui enterando después, con los días y. Y bueno, mencioné el tema con mi viejo porque cuando él me abrazó que yo no me acuerdo, se llenó el traje de sangre. Días después me mostró el traje y me dijo mira, es tu sangre. Y yo le dije no, es la tuya.
33 años sin justicia es una carga demasiado grande para llevar sobre las espaldas ¿Qué te sucede cuando van transcurriendo los años y caés en la cuenta de que la justicia no llega? Sobre todo para las víctimas que quedaron en el camino y que de alguna manera sus familiares están esperando encontrar respuestas para que descansen en paz ¿no?
Es una pregunta para mí un poco difícil de contestar. En principio porque la respuesta la tiene que dar la Justicia, no yo. Nosotros somos víctimas sobrevivientes, digamos, para dar un término global. Nosotros no somos los encargados ni de investigar, ni hacer entrevistas judiciales, esto es una cuestión de la Justicia. Pero sí, para mí es algo que me falta. Cuando hablo del atentado sé que es un tema que está y tiene que ver con la memoria también, porque que no haya justicia es una forma de desmantelar la memoria. Yo puse la bomba en la mochila, digamos, y seguí caminando, pero desde ya no dejo de pedir a quien corresponda, porque no es un pedido ni general, ni es un pedido de carácter religioso, es un pedido concreto a quienes tienen que administrar la Justicia y darla. Esto es lo que lo que planteo ahora y lo que planteo cada aniversario y también me lo planteo, como decías, muchas veces en el año cuando me acuerdo del tema de la embajada.
¿Qué cosas te emocionan hoy? ¿qué te hacen feliz? porque me pasó también cuando conversé con los uruguayos que sobrevivieron a la tragedia de los Andes que a partir de un hecho tan particular, una bisagra en la vida de una persona, la perspectiva de la vida cambia rotundamente…
Qué pregunta. En principio, la vida, las cosas simples de la vida, de la vida cotidiana. Yo sigo viviendo porque la vida sigue. Me hace feliz hacer las cosas que me gustan. Me manejo por la ciudad en bicicleta y me gusta andar en bicicleta, me gusta nadar, en fin, hago cosas que me gustan mucho, me hace feliz trabajar. También la felicidad pasa por otras cosas, por la familia, por el reencuentro con mis compañeros de la embajada, Y eso también es una mezcla de nostalgia, de recuerdos poco felices, pero también es una forma de saber que uno no está solo ¿no? Me hace feliz saber que no estoy solo.
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