Presenta:

El CD y un nuevo propósito más allá de la nostalgia

Los tiempos cambian y con ellos la tecnología, hace un tiempo atrás, los CD eran el medio preferido para almacenar y reproducir música, películas y juegos.
El valor para mi estaba más en la cantidad de música disponible para escuchar que en la experiencia completa. Foto: Archivo MDZ
El valor para mi estaba más en la cantidad de música disponible para escuchar que en la experiencia completa. Foto: Archivo MDZ

La semana pasada me encontré en el Abasto, en uno de esos pequeños locales que se usan para recitales y luego hacen las veces de boliche. Resulta que fui a ver el recital de unas bandas de rock pesado y metal bastante de culto (en base a la convocatoria, rondando unas 250-300 personas), y a modo de poder tener un poco más de comodidad por el calor me puse cerca de una ventilación, justo al lado del stand de merchandising y discos de quienes producían el show.

Como buen millenial, crecí con la industria de los CDs en auge en mi adolescencia pero también fui la primera generación que vivió lo que es la piratería hecha en casa gracias a la internet, entonces una manera de evitar gastar mucho dinero en discos originales era de bajar canciones y discos y grabarlos en CDs virgen.

Como buen millenial, crecí con la industria de los CDs en auge en mi adolescencia.

Salvo contados casos de bandas a las que les compraba todo original (Metallica, más específicamente), consumí la enorme mayoría de mis primeras bandas preferidas de modo “ilegal”, y es por eso que nunca tuve mucho arraigo con el formato físico: La tapa, el booklet, el CD con diseño. El valor para mi estaba más en la cantidad de música disponible para escuchar que en la experiencia completa, y una vez que el streaming se volvió auge esto no hizo mas que profundizarse, al punto de que hace unos años tiré una cantidad enorme de CDs grabados, cientos de ellos.

Pero en esa noche de jueves me detuve durante largo rato a ver los CDs, edición nacional e importada de bandas locales e internacionales, la mayoría de culto o de estilos poco populares pero muy afines a mis gustos, y sentí un deseo extraño de poseer muchos de ellos, en ese formato. Creo que se trata de una respuesta al mundo actual, en el que el consumo de música y arte se basa en suscripciones mensuales y en el que accedemos a todo pero somos dueños de nada.

Quizás es el deseo de poder conectar de manera profunda con una obra de arte que busca exceder el espacio sonoro, o probablemente sea una reacción a saber que si algún día, por algún motivo, el servicio de música que uso decide cerrar o bloquear acceso a la música que escucho me voy a quedar sin nada.

fui la primera generación que vivió lo que es la piratería.

En ésta realidad en la que siento que las personas estamos siendo empujadas todo el tiempo a consumir “contenido” por medio de algoritmos sobre los cuales no tenemos tanta capacidad de decisión, la posibilidad de poder poseer un objeto físico y verse obligado a sacar el disco (o vinilo, o casette) y colocarlo en un reproductor, con una duración fija y muchas veces con un concepto atrás, suena hasta contraintuitivo, y por eso lo sentí tan cercano.

Me fui de allí sin comprar nada, mas que nada porque no tengo donde reproducirlo, pero quizás sea hora de empezar a rearmar una pequeña discoteca. No sea cosa que un futuro no esperado me agarre sin algo que escuchar.

Cristian Figoli

* Cristian Figoli. Profesional de Marketing, Medios, Publicidad y Tecnología.