El caballo llega al Río de la Plata
El caballo llega a nuestra región por dos importantes corrientes de ingreso:
- La primera corriente (del este): en 1536 por orden del rey Carlos V, don Pedro de Mendoza aparece por estos lugares y realiza la primera y efímera fundación de Buenos Aires., el 2 de febrero de ese año; con él, el caballo, por primera vez también, en estas latitudes… No hay acuerdo sobre cuántos eran (los que llegaron, de 100 que fueron embarcados): algunos dicen cuarenta y dos, otros dicen setenta y dos. Todos sin castrar (enteros), porque así los montaban ellos.
- La segunda corriente (del norte o noroeste): desde 1540 con Diego de Rojas. No menos importante porque así es como fueron fundándose las distintas ciudades.
Por provenir del Viejo Mundo, el caballo ya tenía contacto con el humano desde mucho tiempo atrás; así acompañó a los conquistadores y así llegó también al Río de la Plata; pero nuestro indio no lo conocía porque no existía en estas tierras (los que existieron alguna vez, se habían extinguidos). Por lo tanto, y al igual que lo que ocurrió en México, gran asombro les causó al verlos, y más aún montados.
Con los avatares que conllevan las conquistas, en diciembre de 1536, Mendoza debe desplazarse hacia el norte, a la actual Timbúes, en Santa Fe y cinco años después, en 1541, el fuerte en Buenos Aires., resultó destruido por el acoso de los indios (querandíes en este caso), por lo que Domingo Martínez de Irala, entonces gobernador interino del Río de la Plata y Paraguay, decide dar por terminado lo iniciado aquí, ordenando que las personas y caballos que quedaban, se trasladen hacia a Asunción río arriba (unos 1.260 km). Pero ocurrió que, para los pocos caballos que había a ese momento (siete machos y cinco yeguas), no había lugar en las embarcaciones, por lo que Alonso Cabrera (que había quedado a cargo del repliegue), ordenó a Francisco Ruiz Galán, matar los caballos, misión encargada a su vez, a un soldado de apellido Rocamora, que lejos de cumplir la orden, liberó a los animales; es así cómo estos volvieron a ser libres en la pampa, reproduciéndose con los años, según les permitió la naturaleza.
Algunos escépticos, dudan que tan pocos animales se hayan reproducido de manera tan asombrosa, pero téngase en cuenta, que pasaron cuarenta años hasta la segunda fundación de Buenos aires, que también estaban los caballos traídos por el norte y por Chile y todos encontraron, condiciones óptimas para procrear y que, aun considerando factores adversos (predadores, muertes por edad o enfermedades, etc.), los cálculos matemáticos burdos que puedan hacerse, mostrarán números realmente asombrosos de posible multiplicación en tan pocas décadas.
De esta manera, muchos caballos quedaban libres; lo mismo ocurrió con los de Pedro de Mendoza. Se los llamó “cimarrones”, “alzados” o “baguales”, o sea, volvieron al estado “salvaje”; volvieron a la libertad.
Vale entonces, hacer la diferencia entre “estado salvaje” y “cimarrón”. El llamado “salvaje”, nunca tuvo contacto con el humano, en cambio el cimarrón, era y es el caballo (u otra especie) que fue domesticado y que, por distintas causas, recuperó su libertad, se “escapó”, se “alzó”, e “hizo su vida” en las pampas, se reprodujo, pero en realidad su comportamiento, no refleja el de la especie, porque la domesticación, le cambió parte de su “estructura mental”.
En 1580, (por orden de Juan Torres de Vera y Aragón) Juan de Garay instala el segundo puerto Santa María del Buen Ayre. Ya en ese entonces los caballos en estas pampas, eran numerosísimos; grandes manadas que asombraron a Garay cuando hizo una en expedición al cabo Corrientes. Según el sacerdote jesuita Tomás Falkner (1702-1784), esa importante cantidad estaba en la zona que hoy es la desembocadura del río Salado en la bahía de Samborombóm y de ahí los tomaban. Unos treinta años más tarde, el indio adoptará al caballo y nacerá la “dualidad caballo-indio”, con lo que este, (en el decir de Gabriel Huarte-Unicen), pasó de ser “determinado” a “determinante”, transformándose en sostén y motor de la sociedad indígena.
* Hugo A. Funtanillas. Médico veterinario. Equinos. Teniente Coronel Veterinario (R) del Ejército Argentino.
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