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Polémica por la decisión de Javier Milei: qué debe hacer la Argentina con la OMS

La decisión del Gobierno de Javier Milei de retirarse de la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha generado un sismo tanto en la política doméstica como en la diplomacia internacional.
Presidente Javier Milei. Foto: EFE
Presidente Javier Milei. Foto: EFE

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, decidió retirar a su país de la Organización Mundial de la Salud (OMS), y  el presidente Javier Milei ya dictó medidas similares. Creemos que son decisiones imprudentes bajo la perspectiva de la salud global. Los Estados Unidos hace un aporte crucial a la medicina mundial desde hace décadas. Sus científicos publican anualmente más estudios médicos en salud que sus pares de China, Reino Unido, Alemania, y Canadá juntos. Y registra casi el 40% de las patentes farmacéuticas mundiales.

Además, la mitad de las 50 facultades de medicina más importantes del mundo son norteamericanas. La aplastante mayoría de los textos de medicina más influyentes del Siglo XX han sido escritos en ese país. Toda esta potencia científica ha sido de importancia decisiva en el progreso de la salud después de la Segunda Guerra Mundial. 

Ahora bien, la expectativa de la inmensa mayoría de quienes efectivamente llevaron adelante ese portento, muchos de ellos extranjeros trabajando en USA, fue siempre el beneficio de la humanidad. Esta ha sido y es la secular motivación de la medicina en particular y la ciencia en general. Por otro lado, el progreso médico americano hubiera sido imposible sin la colaboración de las ciencias europea y asiática, más otros aportes nada menores del resto del planeta. Entonces entra en consideración la OMS. El liderazgo de los Estados Unidos hizo posible está organización, con el fin de universalizar la innovación en favor de la salud de los más postergados. Y países como la Argentina han tenido con ella una muy fructífera interacción a lo largo de décadas.

Tedros Adhanom Ghebreyesus, director general de la OMS.

La paz y la salud

Las calamidades de la Segunda Guerra Mundial llevaron a Franklin D Roosevelt, enfermo de poliomielitis, y su par británico Winston Churchill, sobreviviente de un infarto durante su visita al mandatario estadounidense, a firmar la Carta del Atlántico (1941). Los líderes anhelaban constituir una paz mundial cimentada en la sólida base de vidas “libres de miedo y necesidad” para el ciudadano común global. En adelante, la salud fue considerada parte sustancial de esa seguridad indispensable para crear una sociedad que viva en concordia.

Luego vendrá la firma de la Declaración de las Naciones Unidas el Año Nuevo de 1942. En la Conferencia de las Naciones Unidas de San Francisco (1945), ya con los últimos estertores de la Guerra, había por casualidad tres médicos que concibieron la idea de la OMS. Los doctores Szeming Sze, de China, el brasileño Geraldo de Paula Souza, y el noruego Karl Evang asistían a la conferencia como parte de sus respectivas delegaciones diplomáticas. Organizaron un almuerzo de galenos y allí se le ocurrió crear una única organización sanitaria global. Pensemos que se venía de dos guerras mundiales con 100 millones de muertes y una calamidad sanitaria global, 50 millones de muertes por gripe en 1918, las hambrunas de Rusia en 1921 y China en 1928 con 5 y 10 millones de fallecidos respectivamente, recientes epidemias de poliomielitis y de viruela, ésta última con 500 millones de muertes sólo en el siglo XX. Estos y otros desafíos globales como el sarampión o la fiebre reumática exigían cooperación internacional y asistencia por parte de los países ricos.

El sistema de la ONU y su organismo sanitario, la OMS, es la expresión institucional de un mundo que ve en el diálogo y la cooperación internacional el remedio para no volver a vivir los horrores de la guerra. En la eventualidad de una crisis sanitaria global, debilitadas estas organizaciones, entonces no habrá instancias de diálogo e intercambio entre las naciones, lo que podría agravar las rivalidades y crear desunión, justo cuando la unidad sea más necesaria. Adicionalmente existe un eje moral. Pensemos que, si los países no cooperamos para enfrentar al enemigo común de la enfermedad, entonces ya no tendremos nada por lo cual cooperar. Sólo habrá intereses individuales indiferentes al dolor del más necesitado. Ese mundo dista mucho del final dichoso reservado a quienes buscan la paz, como dice el salmo 37.   

Los países no cooperamos para enfrentar al enemigo común de la enfermedad, entonces ya no tendremos nada por lo cual cooperar.

No sólo el pasado

A su vez la existencia de la OMS encuentra su justificación también en los enormes desafíos del presente. El mundo actual, especialmente la parte más pobre de él sufre 150.000 casos anuales de lepra, 10 millones de nuevos enfermos de tuberculosis, 1,5 millones de infecciones por HIV cada año, 400 millones de casos de Dengue, 250 millones de casos de Malaria, 500 infecciones anuales de poliomielitis, y 60.000 nuevos casos de rabia. Mueren más de 100 mil chicos al año por sarampión. La mayoría de los diabéticos muere precozmente por no acceder al tratamiento. La parte más pobre de nuestro mundo triplica su probabilidad de morir por todas las causas antes de cumplir los 70, y su expectativa de vida es 20 a 30 años menor que en los países desarrollados. Sus ciudadanos enfrentan en la impotencia estos males sin ningún acceso a atención médica, contrario a lo que ocurre en los países más ricos. La misión primordial de la OMS consiste en resolver esas desigualdades de nuestro presente. Profesionales de todas las naciones colaboran junto a la comunidad científica internacional para evitar la propagación de epidemias, atender a las necesidades sanitarias de los países, y mejorar los niveles de salud de la humanidad. Se coordina la respuesta a emergencias de salud pública, se elaboran directrices y normas sanitarias de consenso internacional, se brinda asistencia técnica a gobiernos, y se promueve la prevención y el control de enfermedades. Además, la OMS impulsa la investigación en salud pública y realiza un monitoreo epidemiológico global indispensable para combatir la enfermedad. 

Reformas

Seguramente hay reformas pendientes en la OMS. Como en todo lo que hacemos los seres humanos. Se han invocado las agendas de género y las políticas de fertilidad y población. Todas ellas fueron definidas en sus Asambleas Anuales, con la promoción explícita de muchos países desarrollados, y han sido compartidas por otros organismos internacionales. Si ahora esas políticas van a ser revisadas, el lugar adecuado para hacerlo es dentro de la organización. Porque debemos tener en todo un espíritu de unidad, o crearemos división. Y con ella se nos esfumará la paz. Y extraviada la paz, se perderá todo cuanto se podía perder.

El liderazgo de los Estados Unidos hizo posible está organizació.

Viniendo a la Argentina, pensemos que la Organización Panamericana de la Salud (OPS), que es la oficina regional de la OMS para las Américas, antecede a esta en casi 50 años. La OPS se fundó durante la Primera Convención Sanitaria Internacional de las Repúblicas Americanas, celebrada en Washington en 1902. La bienvenida a los delegados de los países americanos la dio el presidente Theodore Roosevelt, y allí se presentó el estudio del médico cubano Carlos Finlay acerca del mosquito como posible vector de la fiebre amarilla. Su primer director fue el Dr. Walter Wyman, un cirujano de la marina norteamericana. Y fueron estadounidenses todos los directores de la OPS hasta 1975. Para entonces la Argentina ni siquiera tenía Ministerio de Salud. 

Nos debemos una serena reflexión entonces. Parecería que las decisiones en juego no son definitivas y pretenden abrir negociaciones. La Cancillería Argentina podría involucrarse en gestiones de buena voluntad para garantizar la continuidad de los Estados Unidos y colaborar a reforzar su aporte fundamental a la salud global. Tenemos los antecedentes de grandes cancilleres como Carlos Saavedra Lamas o Estanislao Zeballos, ganador y nominado al Nobel de la Paz respectivamente, que promovieron causas de interés mundial. Las causas de las personas que viven en el planeta indistintamente de la bandera que las cobija; porque la enfermedad no mira pasaportes.

* Carlos Javier Regazzoni, Doctor en Medicina. Director del Comité de Salud Global del CARI, y del Instituto de Salud Global de la Universidad JF Kennedy.