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La construcción de una cultura en común

En una familia que se forma con la adopción hay que estar abiertos a ensanchar los esquemas cognitivos de uno para incorporar cosas nuevas.
Cuando nuestros hijos llegan a casa, se empieza a entretejer una trama que con el tiempo irá formando lo que somos, la trama de la familia, la nuestra. Foto: Archivo MDZ
Cuando nuestros hijos llegan a casa, se empieza a entretejer una trama que con el tiempo irá formando lo que somos, la trama de la familia, la nuestra. Foto: Archivo MDZ

Toda adopción es consecuencia de un desprendimiento, de un corte y de una separación; y a este desprendimiento, cuando los niños son adoptados a una edad un poco más avanzada, se suma el desarraigo cultural. Olores, costumbres, modos, estilos… nuestros hijos llegan a casa desde lo totalmente ajeno, desde lo totalmente otro, con sus propios hábitos y tantas cosas que ya le son familiares… y así nos encontramos, nuestros hijos y nosotros, cada uno con sus costumbre, para formar una familia nueva que incluya toda la historia de cada uno.

No somos nosotros quienes debemos recibir a nuestros hijos para que se adapten a nuestra vida, sino que somos nosotros también los que nos tenemos que despojar de ciertas creencias o comportamientos para la construcción de esa cultura en común. La realidad es que cuando nuestros hijos llegan a casa, se empieza a entretejer una trama que con el tiempo irá formando lo que somos, la trama de la familia, la nuestra. Una familia que empezará a formar su propia historia, una familia en la que a todos se nos irá pegando un mismo acento, un estilo, un modo de ser en el mundo con el que es deseable que cada uno, desde lo que cada uno es, se sienta identificado y cómodo. 

No somos nosotros quienes debemos recibir a nuestros hijos para que se adapten a nuestra vida.

Cada familia adoptiva va armando sus significados

Congeniando gustos, encontrando los espacios de conexión, los modos de encontrarse hasta poder aceptarse entre todos con sus diferencias, incluyendo en cada mirada la identidad de cada uno, sin poner nada entre paréntesis, pero a la vez identificándose con una historia en común, profundizando en la pertenencia y atesorando aquello que se es, familia. Este proceso de construcción lleva tiempo, tropezones, desalientos y esperanzas y sobre todas las cosas, mucho diálogo. Lleva tiempo abrirse a concebir ciertas cosas de distinto modo, acostumbrarse a hábitos nuevos, recibir con agrado modos que siendo válidos son tan distintos a los propios.

Y no faltarán momentos que simbolizarán la importancia del camino recorrido. Un abrazo largo, sentido, profundo, en alguna celebración especial, ese abrazo que nos dirá a cada uno que todo está bien, que venimos bien; un abrazo cargado de ternura y gratitud; un abrazo que será un signo tangible de que ya hay un nosotros, una trama que se viene entretejiendo, la trama de la familia. Un abrazo que dará cuenta de que en esta construcción valieron la pena todos los dolores y aprendizajes. 

Son muchas las cosas que aprendí a aceptar y a incorporar desde que mis hijas y yo somos familia

y lo mismo ellas. Yo vengo de una familia en la que a la hora de comer se sirven primero los mayores porque no va a faltar comida para nadie y mis hijas de una cultura en la que primero comen los niños y luego, si queda algo, se sacian los adultos. Yo vengo de una cultura en la que se da al que lo necesita; mis hijas de una cultura en la que se le pregunta el nombre y se comparte. A mis hijas les costó aceptar que no sé cocinar, era inadmisible para ellas que una madre no supiera desenvolverse en la cocina y así tantas cosas… 

Son muchas las cosas que aprendí a aceptar y a incorporar desde que mis hijas y yo somos familia y lo mismo ellas.

Muchos padres adoptivos me dicen “nuestro lenguaje era distinto, la manera de ocupar los espacios era distinta, de cuidar las cosas, de recibir a las visitas, de comunicarnos… ¡Tantas son las cosas en las que aprendí a flexibilizarme, a no asustarme y mi hijo a su vez incorporó tantas cosas que lo ayudaron en su desarrollo!” Siempre constato, una y otra vez, siendo testigo de la experiencia de los demás que a fuerza de limar asperezas como las piedras en el río y acomodarse llega ese día en el que todos se miran y sienten ¡qué bien que estamos todos juntos!

Así fue como un día al salir mis hijas y yo de casa con nuestras dos chihuahuas nos miramos y dijimos sin ocultar nuestras sonrisas “aquí estamos con nuestro estilo propio”. Un estilo que se formó incorporando las culturas que traíamos cada una, aprendiendo, corrigiendo y sobre todo respetando.

Todos conocemos el proverbio africano que dice que para criar a un niño hace falta de todo un pueblo y así pasa con muchas familias que nacen a través de la adopción; más allá de la familia chica, está la familia que llega por parte de los padres adoptivos, también está la familia de origen de los niños, abuelos, padres, tíos, están las familias de los hermanos si éstos han salido en adopción por separado. En definitiva, hay una enorme familia en la que somos todos distintos, muy distintos, y en la que surgen diferencias, dificultades e incomprensiones, pero por sobre todas las cosas siempre termina primando una fuerza que une, que empuja hacia la integración, una fuerza que mitiga las diferencias y hace prevalecer el respeto y la inclusión.

Cristina Ma. Goldaracena.

* Cristina Ma. Goldaracena. Madre Adoptiva. Counselor en adopción y acompañamiento familiar.