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Aniversario de la muerte de Julio Cortázar: su cuento más breve y genial

Un 12 de febrero de 1984, falleció el autor de "Rayuela" y "Todos los fuegos, el fuego". Entre su basta obra de cuentos breves, uno es estudiado mundialmente como una historia de "metaficción".

Un 12 de febrero, pero de 1984 murió Julio Cortázar, autor de Rayuela y los libros de cuentos Bestiario y Todos los fuegos, el fuego, entre otros. Cortázar fue un innovador que rompió con los moldes establecidos de los géneros literarios. Su novela Rayuela, una de las obras cumbres del llamado "boom latinoamericano", tiene múltiples formas de leerse y rompe con toda estructura narrativa. Entre uno de sus cuentos más disruptivos y novedosos, se encuentra "La continuidad de los parques". 

En esta historia, una de las más breves que escribió Cortázar, de apenas dos páginas, se puede apreciar como hay una suerte de mamushka de ficciones. Un personaje lee una novela y se termina transformando en uno de sus personajes. Los diferentes planos de la ficción y, por qué no, de la realidad del propio lector se entremezclan en un todo confuso y apasionante. 

La continuidad de los Parques es "simultáneamente la ficción y la metaficción más estudiada en la historia de la literatura universal", según palabras de Lauro Zabala, autor mexicano y experto en metaficción y microrrelato. 

Por todo esto, a modo de un breve homenaje a Cortázar, a continuación se encuentra La continuidad de los parques completo. 

La continuidad de los parques

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestion de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirian color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.

Julio Cortázar murió el 12 de febrero de 1984 en París.

Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subio los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oidos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.