Crónica de viaje IV: de la armonía al caos, viviendo con mi amigo jipi en Playa del Carmen
Desde Playa del Carmen, México
Les voy a contar de mi amigo Chapa y todo lo que gira a su alrededor. Nació en Argentina pero vivió en distintos lugares del mundo. En la pandemia se hizo conocido porque, mientras todo el mundo estaba encerrado en su casa, él y su ex pareja pasaron el confinamiento arriba de un velero en Malasia. Es uno de los tantos argentinos que encontró en Playa del Carmen un lugar para expresar su arte y vivir de eso, en su caso el humor. Tiene un monólogo con su personaje Conchita Martínez (acá pueden conocer su historia).
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Sin demasiadas vueltas, podemos decir que Chapa es un jipi, con algunas particularidades que ya iré contando. Es amante de la naturaleza; siempre que puede, anda en patas; es vegano, pero si no está en su casa y hay productos de origen animal no cambia todo el menú; si hay que dividir al mundo entre los que se bañan mucho y los que lo hacen poco, él pertenece al segundo grupo, sin dudas; si estás parado haciendo pis en su baño, vas a ver un cartelito que te pide cuidar el agua y que no necesariamente tires la cadena, pero si lo querés hacer, te aclara que está todo bien; luce pulseras y brazaletes que tienen algún tipo de significación, y de su collar cuelga una piedra que no recuerdo qué representa; tiene una cresta pintada de violeta que con el mar se destiñe y queda rosa; medita cada vez que tiene cinco minutos; habla de los signos del zodiaco, de las energías, el aura, el chacra, el ascendente, la luna y la tierra con la misma fluidez que yo puedo hablar de líneas de colectivos porteños o de internas injustificadas de partidos políticos; no necesita de la fe para agradecer cada plato de comida que sirve en su mesa, ni de ningún dogma para llegar a lo más profundo de su espiritualidad. Ese es su mundo, que se entiende al ver que es una persona con un corazón gigante. Cuando le avisé que iba a Playa del Carmen y le conté que no tenía dónde parar, me contestó al instante con una orden más que una invitación:
—Te venís a mi casa.
Obedecí y me abrió la puerta a un mundo que sin él jamás iba a conocer.
Mi debut espiritual
El domingo me llevó a meditar. Aclaró que no era una meditación convencional, las llaman "armonizaciones". Al entrar a Ávalon, una casa que organiza actividades como la meditación o rituales como el temazcal, vi un montón de colchonetas tiradas (que después me enteré que se llaman mat). Estaban todas mirando a un escenario con varios micrófonos e instrumentos, en lo que se me ocurrió etiquetar como “misa jipi”. A mí no me atraen las misas, ni me siento jipi, así que traté de manejarme con el mayor de los respetos.
—Mirá que nunca medité en mi vida —le aclaré a Chapa, que, mientras se acomodaba, saludaba a cada uno de los que iban llegando—. Solo respiro profundo cuando tengo insomnio y necesito agarrar sueño.
—No importa, vos hacé lo que te den ganas de hacer. ¿Alguna vez te sahumaron?
—¿Eh?
Chapa se paró y llamó a una chica que iba caminando por el lugar con una especie de brasero que tenía unas hierbas y unas maderas que generaban el efecto sahumerio pero amplificado. Me pidió que abriera los brazos y las piernas mientras ella pasaba el humo por las distintas partes de mi cuerpo. Yo no llevé ropa de lino, ni tenía nada de la indumentaria con la que la gente iba a meditar. Estaba con mi camiseta de Ferro hecha con un poliéster de bajo presupuesto. Cada vez que el brasero pasaba cerca de mi cuerpo solo deseaba que no saltara ninguna chispita hacia mi remera. “Si salta algo de ahí, me arruina la camiseta”, pensaba yo. Hasta ese momento no me podía relajar.
Después empezó la meditación, cerré los ojos y me dejé llevar. Elegí acostarme en el mat. Algunos se quedaron sentados en el piso con las piernas cruzadas. Nunca pude estar en esa posición más de cinco minutos sin que se me durmieran las dos piernas. Ya con los ojos mirando el cielo y los árboles decidí escuchar al guía de la meditación, Juan Manuel, un hombre con pies y manos muy grandes, un pelo negro y largo que se difuminaba con su barba y se mezclaban en el piso para convertirse en una, y dejarme llevar.
“El poder está en ti, tú eres la sanación”, “desata los nudos desde lo más profundo de tu ser”, “las respuestas de uno están dentro de uno” y “siente el viento que sopla en las aguas más profundas de tu ser” fueron algunas de las reflexiones que me quedaron. En un momento tuve que cortar e ir a hacer pis, no aguantaba. Cuando salí, me di cuenta de que había un montón de gente en cualquiera.
En distintos momentos se hizo mucho hincapié en la sanación. Después entendí que la persona que conducía todo esto era un empresario de la noche en Playa del Carmen, más cercano al billete que a la espiritualidad, hasta que una biblioteca entera cayó sobre su espalda y quedó cuadripléjico, sólo podía mover la cabeza. "Él empezó con su medicina alternativa a cuidarse de una forma distinta y hoy puede mover los brazos, las manos, solo no puede caminar", me explicó Chapa. También estaba presente Marta, una señora que cumplió ese día 68 años. Nadie entiende tampoco cómo ella está viva: dos rayos cayeron sobre su cabeza y siguió viva. "Es una locura".
Esta meditación terminó con diez instrumentos sonando en vivo y treinta personas bailando y gritando “gracias” al cielo. Después hubo un momento emotivo, cuando llegó la torta por el cumpleaños de Marta y la insistencia en que nadie entendía por qué estaba viva. Hubo lágrimas de Marta y de la comunidad de Ávalon, y dos tortas de bizcochuelo con crema y durazno que estaban muy ricas.
Cuando el público empezaba a retirarse, Chapa me sugirió que agarrara un ramo para sahumar, algo que también era completamente nuevo para mí. "Esa señora que está allá se llama Rosy. Andá y pedile un ramo para sahumar. Vos vas a elegir uno y ella después va a hacer una lectura de lo que elegiste", me ordenó. Y fui.
—Vemos un poco de lavanda y mucha presencia de otras hierbas silvestres. Bien variado —comenzó.
—Sí… — dije como si supiera de qué estaba hablando, pero en realidad necesitaba llenar el vacío en la conversación que se generó cuando ella se quedó mirando fijo el ramo.
—Tu tienes un propósito, un proyecto en esta vida, que lo sabés, tenés claro qué es. Pero no lo llevás adelante y ponés muchas veces el tiempo como excusa. Tu tiempo es hoy. Es hora de que dejes de lado todas esas cosas que obstaculizan tu búsqueda y priorices tu misión, te priorices a vos
Tal vez sea un speech general que aplique a muchas personas, ya que no debo ser el único que esté en esa situación. Pero en mi caso me pareció bastante acertado. Muchas veces florecen motivos para no hacer lo que realmente deseo. Pero lucho contra eso y, en parte, este viaje tiene algo que ver con esa búsqueda.
El fin de la armonía es la amenaza de un robo
No todo es paz y amor en la vida de este hombre que cada mañana se sienta frente al altar que tiene en su cuarto con distintos tipos de velas, piedras, plumas, estampillas, elefantes y tortugas. Los primeros días que pasé con Chapa, me dejó su departamento y él se fue a la casa de una amiga suya, que estaba vacía. Había que cuidarla y darle de comer al gato. De hecho, la idea original era que me quedara en esa casa, pero cuando llegué me dijo que dos días antes habían entrado a robar. Se habían llevado del jardín un par de herramientas, una bicicleta, una mesa y una escalera. A la casa no habían entrado.
Pero no terminó ahí. Después de eso, Chapa compró una cadena para poner en la puerta y reforzar la seguridad. No sirvió, a la noche siguiente rompieron la cadena. Insistimos. Cambiamos y reforzamos la cerradura. Después de eso fuimos a la playa a relajarnos. Error. Nos llamó una amiga de Chapa para avisarnos que se escuchaban ruidos dentro de la casa y que se había prendido un reflector que sólo se activa si hay alguien dentro. Así que levantamos las cosas y salimos corriendo.
Ahí vi el sentimiento de desesperación que siente cualquier hombre por más espiritual, tranquilo o relajado que fuera. Chapa tenía en esa casa sus cosas de trabajo, su computadora, su vestuario, sus luces. En su cabeza solo había preocupación. Yo lanzaba algunas frases para que no cayera en el desánimo total. "Gracias por la buena onda, pero estamos cagados", me contestaba.
Llegamos media hora después. Si realmente habían entrado, ya debían de haber salido. Pero cuando entramos a la casa no encontramos rastros de que hayan entrado. "Al final, era como decías", reconoció. ¿Playa del Carmen? Picante. Lo que ya no pica tanto son los condimentos en mi boca. Y vamos con la actualización del picante. Después de cortar la buena relación que tenía con el chile tras la traición sufrida en Ciudad de México, acá me reencausé en esa aventura. Probé la "macha", una salsa con distintos tipos de chile, frutos secos y especias, con la consistencia del dulce de higo. La primera vez fue en unos fideos con una salsa tuco especial que había hecho Chapa, que además de todo es chef. Me dijeron que si no comía picante le pusiera poco porque su sabor era intenso. Retruqué y dije que me la bancaba. Me arrepentí al instante, pero no podía volver atrás. Así que le puse y me gustó. Gracias, Macha por abrirme la puerta al picante.
Para despedir el año, un robo y una mudanza
El 31 de diciembre despedimos el año en un temazcal, un ritual de curación maya que consiste en estar dos horas encerrado en una especie de sauna natural con piedras calientes, que las llaman "abuelitas", y un hombre que guía todo el proceso, que busca representar al vientre materno. Allí dentro se medita, se canta, se transpira, se largan las impurezas y se sufre el calor. Todo esto es guiado por un hombre de la comunidad que va tirándole agua a las piedras y eso genera un vapor que por momentos se siente insoportable hasta el punto de querer salir. El desafío, aguantar. Después de estar dos horas encerrado ahí dentro se abre una puerta y salís "a la nueva vida", una especie de renacer luego de haber pasado por el temazcal. Antes de salir uno recibe un baldazo de agua en la espalda. Ya afuera, en el medio de la selva, a una hora de Playa del Carmen, sentí una sensación de relajación y liviandad que nunca antes había sentido.
Pero duró poco. Cuando volvimos vimos que efectivamente habían vuelto a entrar a la casa de la amiga de Chapa y se llevaron todo lo que pudieron. Lo que no pudieron llevarse, lo más pesado y difícil de cargar, lo mudamos nosotros y lo trajimos a la casa de Chapa. Así despedí mi año, con una nueva mudanza. A eso de las 23, cenamos unas verduras salteadas con unos fideos que habían sobrado y mi amigo preparó una ensalada riquísima. Después de comer salimos para la playa y así recibimos el año, en el Caribe entre guitarras, tambores, bailes y todo lo que incluye este combo. Y así nos quedamos hasta las 11.30 de la mañana jugando al ajedrez. Lo bueno de que nos hayan robado casi todo, es que ya no queda casi nada por robar.