El pueblo nómada de Mendoza que transita para llegar a Chile
Con las noticias sobre la cantidad de personas que pensaban viajar a Chile hizo falta un plan especial. Salir temprano para llegar antes y evitar el colapso en el Paso Internacional Cristo Redentor. La idea era buena. Tanto, que se le ocurrió a muchos más, a decena de miles de personas que tuvieron la misma ocurrencia en el mismo momento. Aventurarse para viajar al mar y a los shoppings que esperan con ofertas del otro lado de la cordillera de los Andes, ese coloso que es una especie de reloj de arena acostado para quienes quieren cruzar. Los autos se amontonan de un lado y del otro, mientras unos pocos logran pasar por el escuálido túnel y los humanos controles aduaneros que median entre el semidesierto mendocino y el océano Pacífico.
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La fila de autos fluye hasta Uspallata, donde hay un retén para evitar conflictos y donde cada día se arman comunidades esporádicas. Para definir a un pueblo hay que tener un número x de personas con algún interés común y, si es posible, un territorio. Los habitantes esporádicos de Uspallata cumplen casi todos los requisitos. Es más: son más numerosos que varios departamentos de la propia provincia de Mendoza. Ayer, viernes 3 de enero, eran casi 10 mil personas. Antes de ayer otras 8 mil. Unas 18 mil personas en dos días habitando transitoriamente durante unas 14 horas; mucho más población que el departamento de La Paz, mucho más que los convivientes habituales del lugar. Es un pueblo nómada, que van camino a la meca vacacional. Comparten el deseo de tocar el agua salada y comprar lo que se pueda a precio de ganga; la venganza capitalista de lo que ocurría hace menos de dos años cuando eran los chilenos quienes cruzaban para arrasar en los supermercados argentinos.
El caos generado días antes hizo que se ejecutara un plan de contingencias que funciona porque los organizadores y los turistas se rindieron ante las leyes de la física. Es imposible que todos puedan pasar al mismo tiempo. Los retenes ejecutados en Uspallata y Punta de Vacas funcionan para amenguar la espera y evitar contingencias graves como ha ocurrido. En la playa hay filas de autos, se agrupan y esperan. Metegoles y otros entretenimientos relacionados con lo urbano. Montaña alrededor y aire enrarecido por los hidrocarburos que emana esa enorme cantidad de vehículos. Uspallata está rodeado de atractivos turísticos hermosos. Desde las minas de Paramillos, los arroyos, el cerro Tunduqueral y sus petroglifos, senderos de montaña, alamedas para caminar. Pero todo pasa desapercibido, pues la atención se concentra en la parte urbana de la ruta 7, en la única estación de servicios que hay y los playones de tierra que funcionan de centro logístico. Los habitantes permanentes de la villa la ven pasar; aunque es verdad que muchos agotaron el stock de tortitas raspadas y con chicharrones.
Cada auto es una familia, en concepto extendido. Padres e hijos; grupos de amigos, novios y novias. Mascotas, también; y muchas. “Ha estado ordenado, la gente se ha preparado para esperar y la verdad que la espera se ha hecho mucho más amena. Pero es mucha, mucha gente. Todos tuvimos la misma idea”, explica Eduardo Alocilla, quien tiene a La Serena como destino pero en su itinerario había una escala previa: el nómade pueblo carretero de Uspallata. Delante de su Ford hay una Ecosport con una familia. Una ventanilla abierta y un perrito que saca la cabeza para mirar; es el más sorprendido de todos. Un dato llamativo del pueblo rutero es la cantidad de mascotas que fueron sumados a la aventura de las vacaciones.
Los vehículos se transforman en hogares. Heladeritas con comida, algunos juegos, playlist de música, películas y series bajadas para esperar. Todo había que preverlo porque la ruta 7 tiene puntos muertos de señal de celular, como ocurre en muchas zonas de la montaña y en muchos caminos trascendentes de Mendoza. Más de 8 mil personas por día transitando. Más de 8 mil personas por día generando unas 8 toneladas de basura y dejando sus recuerdos.
Los otros vehículos pasan a ser vecinos: mutuamente se intuyen rutinas, se especula sobre sus historias, hasta que fluyen las conversaciones. “Todos comentan lo mismo. Que es imposible viajar en Argentina, que está muy caro, que conviene ir a Chile porque además podés comprar”, comentó un turista mendocino a MDZ. Comprar, esa actividad que trasciende el objetivo de aprovisionamiento para convertirse en un hecho cultural. Mucho más cuando el cambio conviene. Chile devaluó, el peso argentino se revaluó. Los argentinos ganan lo mismo, pero la “plata rinde”. Dicen y comentaban en las filas del pueblo nómade que conviene llevar dólares. Comprar dólar MEP, más barato que el blue, extraerlos y cambiarlos en Chile. O, mejor, adherir la cuenta en dólares a la tarjeta de débito. Unos 1000 pesos chilenos son un dólar. Un dólar son 1200 pesos argentinos y con 1200 pesos argentinos apenas alcanza medio kilo de pan de este lado de la cordillera. Al cruzar, luego de la aventura, se pueden conseguir zapatillas de marca por menos de 70 mil pesos, ropa escolar barata, vajilla china traída desde el puerto de Iquique, chucherías varias y casi todo conviene. Hasta el súper, dicen, está más accesible que en años anteriores. Ofertas "a luca" hay por doquier. Es decir, todo por 1000 pesos chilenos.
Qué conviene hacer y cuál es la demora
Las estadísticas provisorias del pueblo esporádico que hubo entre el 2 y 3 de enero fueron positivas. No hubo nacimientos entre los 16 habitantes y tampoco fallecimientos. Es un dato relevante: esa ruta 7 ha sido escenario de tragedias recientes por choques espantosos entre autos y camiones, desbarrancos y otros incidentes. “Lo bueno es que la gente ha estado más tranquila. No vimos a nadie sobrepasar por la derecha, tratando de adelantarse o haciendo maniobras raras”, explicaba otra copiloto del pueblo nómada. El rol de quienes viajan en los asientos del acompañante está más ligado a la logística y abastecimiento alimenticio que a ser guía. Mate, agua fresca, algún snack para pasar el rato. En otros táper se guardan milanesas, tartas, sandwhiches varios.

Mendoza y Viña están a menos de 500 kilómetros de distancia, pero mucho más lejos en el tiempo. Desde que se inicia el raid en la Ciudad, hasta llegar a destino pueden pasar cerca de 15 horas y hasta 24 para quienes eligen un destino algo más lejano. Los puntos de espera son Uspallata, donde se agrupan los vehículos y se dividen en grupo. Allí hay que calcular al menos 2 horas de espera. Luego se hacen “cápsulas” para subir en un camino de una hora hasta Punta de Vacas. Allí hay otra parada de una hora más. Luego viene el tramo final hasta el túnel Cristo Redentor. Ya en territorio chileno, se termina la custodia, pero no la espera. Allí aparece la fila más larga y compleja, pues no hay retenes, servicios ni logística. Es la cola de autos que espera para hacer los trámites en la aduana chilena. Ayer la espera era de unas 4 a 6 horas a la intemperie. El trámite es rápido. “Hubo muy buena voluntad”, explicaban los turistas.
Tras terminar los trámites, viene la etapa final desde la ruta 60 hacia el destino deseado, la meca: el océano Pacífico que, según explican, está mucho más bravo que de costumbre. Igual, lo peor ya habrá pasado.

