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Un millón rima con piel marrón: una radiografía de la pobreza en Argentina

Casi uno de cada cinco niños y niñas en la Argentina se van cada noche a dormir con hambre.
En nuestra Argentina, un millón de niños y niñas se van a dormir sin comer. Foto: Freepick.
En nuestra Argentina, un millón de niños y niñas se van a dormir sin comer. Foto: Freepick.

Afuera está frío, muy frío, como en cada invierno de por acá. Pero este frío se está sintiendo diferente desde mi lugar, al lado de la estufita. Y es que Unicef declaró el otro día que, en nuestra Argentina, un millón de niños y niñas se van a dormir sin comer. No son de verse habitualmente por el barrio, entre calles asfaltadas y hermosos edificios; son más de sobrellevar sus hambrientas vidas por la periferia, aunque circunstancialmente sí, se acercan al centro, muchas veces con sus padres o madres, a revisar nuestras bolsas de basura, para intentar salir del millón de personitas que se van a dormir con hambre, aunque no son de lograrlo, creo yo, desde mi completa ignorancia.

Pero por ahora (solo por ahora) voy a olvidarme de los otros novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve, y voy a centrarme solamente en ese niñito que está ahí, con su progenitor, revisando el container de la basura de mi edificio.

¿Qué lo diferencia, aparte del hambre, de los otros niños de mi barrio? ¿Cuál es la culpa que lo pone “en la vereda de enfrente” del resto de los pibes del país?

Noto que su piel es más oscura. Su color no es “negro”, como más de una vez despectivamente se le dice, sino más bien, y para usar un color que una parte de las personas con ese tono de piel utilizan para autodefinirse, descubro que su cuerpito es marrón.

Porque negros eran aquellos esclavos que trajeron desde áfrica, y murieron luchando con San Martín para darnos la independencia, y blancos eran los europeos que trajo el gobierno mientras arrancaba el siglo XX, entre otros motivos, para “blanquear” la raza. Sí, así fue. Entre ellos estaban la mayoría de nuestros bisabuelos y tatarabuelos, tanos y gallegos, turcos y rusos, que huían de las miserias de sus países para venir a hacerse la América; pero aparte de eso, de ser gente sacrificada y laburante, eran mayoritariamente blancos, a solicitud expresa del gobierno.

No es casual que sean marrones las pieles de esos niños y niñas. Foto: Freepick.

Pero este pibe de ahí es marrón, como su padre, que nació aproximadamente en la última década del siglo pasado, en esa época en la que teníamos el dólar a un peso, lo que motivó muy probablemente que su abuelo se quedara sin trabajo porque, claro, era más barato comprar cosas importadas que las que los argentinos producían; me acuerdo claramente, no me la contaron.

Ese abuelo puede quizá haber nacido en los setenta, durante la última dictadura, y tal vez acompañó a su padre o a su madre en uno de esos camiones en los que subieron obligadamente a los pobres para “limpiar” las calles de Tucumán, dejándolos librados a su suerte en Catamarca; es que se acercaba el 9 de julio y al parecer no se veía bien el pobrerío marrón en las calles frente a la Casita donde se declaró la Independencia, ya que iba a llegar el presidente (de facto) de visita a la provincia.

Capaz que el padre del abuelo, bisabuelo del niño que sigue con hambre revisando el container de mi barrio, fue de los pocos “cabecitas negras” que no dejaron su provincia a mediados del siglo pasado para trasladarse, nuevamente, escapando del hambre, al conurbano bonaerense.

Quizá tal vez el tatarabuelo del niño sufrió con sus padres la última derrota de los nativos en este país en la campaña del Chaco, en la que el ejército de nuestra Argentina, ya entrado el siglo XX y como si nada, terminó de “conquistar” los últimos territorios que quedaban en el norte en manos de sus pobladores originarios; allí en tierras de quebracho, allí en donde la soja sigue expulsando a los descendientes de aquellos nativos. O a lo mejor no era el tatarabuelo de este niño aquel “indio” conquistado, pero sí era, sin duda, el ancestro de otro de los pibes del millón de niños y niñas que, en Argentina, en este día, se van a dormir con hambre.

Seguimos aprendiendo sobre los pintorescos huarpes y puelches, sin ver en nuestras calles a sus descendientes, con las manos estiradas pidiendo un billetito. Foto: Freepick.

Porque no es casual que sean marrones las pieles de esos niños y niñas, como el barro que ensucia sus rotas zapatillitas; no es casual el hambre, sino causal, de casi dos siglos de destrucción de americanos en manos de americanos, más los tres siglos de antes, de avasallamiento de americanos marrones en manos de europeos blancos.

Son cinco siglos igual (como dice la canción) en los que el hambre de los padres y madres generó hijos e hijas con hambre, sin importar si son descendientes de los incas en nuestra Sudamérica o de los mayas o los apaches en el centro y norte del continente. Siguen siendo marrones, o más poéticamente, si queremos disimularlo, “de piel cobriza”. Y seguimos aprendiendo en las escuelas sobre los pintorescos huarpes y puelches, sin ver en nuestras calles a sus descendientes, con las manos estiradas pidiendo un billetito.

Continuamos los domingos llorando por el Jesús crucificado, sin detectar que la vida cotidiana de aquel Cristo fue más de periferia marrón que de centro. Pero la forma en que los nombremos no les quita el hambre: solo los marca, los diferencia, los identifica. Aunque también nos marca a nosotros, los que no hacemos nada, mientras, según dice Unicef, en mi país un millón de niños y niñas se van a dormir sin comer.

Pablo R. Gómez.

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido. 

IG: @prgmez