San Martín lo hizo: Mendoza exportó camperas y botas antes que vino
Una vez más lo repetiré. El paso sanmartiniano por el gobierno cambió la matriz productiva de Mendoza para siempre. Dejó exitosas industrias en pie, llegando algunas hasta nuestros días. Ya nos hemos referido en estas notas de MDZ al auge que tuvieron esos emprendimientos a partir de capacidad productiva que había quedado instalada tras la campaña y la “Gestión San Martín”. Será el caso de las industrias metalúrgica, minera, conservera, láctea, orfebrería, talabartera, de artículos de limpieza y de tocadores, armería, cuchillería, editorial, etc. Incipientes por ese tiempo pero que en pocos años terminarán consolidándose y generando excelentes réditos a sus emprendedores e ingresos a las arcas provinciales.
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Al igual que la industria turística que crecía con motivo de los innumerables viajeros que pretendían alcanzar el Pacífico o sencillamente porque veían en Mendoza una fuente de buenas oportunidades. Científicos, académicos, millonarios, artistas, cazadores de fortunas de fama internacional, curas, militares, ya observaban a la provincia cuyana como un lugar tentador que poseía los servicios imprescindibles para su radicación transitoria. Bastará citar el caso del famosísimo Charles Darwin (un “top five” entre las personas más conocidas del mundo por ese tiempo) cuando en sus trabajos científicos de globalizada difusión ya nombraba a “la República de Mendoza” (textual de su puño y letra) tras su paso explorador por la provincia. Estamos hablando de 1835; aunque parezca increíble.
También el abundante caudal de agua de los ríos Mendoza y Tunuyán hacían que Mendoza fuera un lugar propicio (y parada obligada) de troperos y arrieros para el engorde del ganado antes de encarar el desafío de pasar la cordillera camino a Chile.
Pieles, cueros, trajes y botas
Una breve aclaración paralela. Históricamente la industria vitivinícola mendocina tuvo que enfrentar épicas batallas. Los ya muy buenos vinos (y viticultores) de Mendoza del siglo XIX estaban muy preocupados librando una desigual competencia contra el contrabando, los impuestos fronterizos internos, el puertocentrismo, “el estiramiento” y una pésima interpretación de lo que implicaba la protección a las economías regionales, a pesar de los esfuerzos denodados de San Martín y Godoy Cruz defendiendo la industria vitivinícola ante las autoridades nacionales. (También lo abordamos en otras notas).
Y así, paralelamente, mientras nuestros vinos y bodegueros eran galardonados en congresos y concursos internacionales a lo largo del siglo XIX y principios del XX (como por ejemplo en el prestigioso Burdeos) la industria madre mendocina no lograba conseguir afianzarse sistemáticamente en el mercado mundial. Pero sí en ese tiempo, vaya paradoja, las camperas de cuero con coberturas de plumas de ganso o pato y las botas de cuero mendocinas llegaban a las vidrieras europeas y de las distintas ciudades latinoamericanas.
"Hacer lo que hay que hacer" ¿Cómo?
Los registros de exportaciones de la época lo confirmarán claramente. Las exportaciones de la industria peletera y zapatera en todos balances contables de la provincia de Mendoza de fin de siglo XIX lo demuestran. No voy a detenerme con datos, ni estadísticas. Sí me interesa relatar cómo sucedió ese fenómeno.
“A más de las 400 frazadas remitidas de Córdoba, van ahora 500 ponchos, únicos que he podido encontrar. Van los 200 sables de repuesto que me pide. Van 200 tiendas de campaña. Y no hay más. Va el mundo. Va el demonio. Va la carne. Y no sé yo cómo me irá con las trampas en que quedo para pagarlo todo. ¡Y qué carajo! No me vuelva a pedir más, que lo que usted quiere hacer es imposible”. Fue un párrafo de una carta del Director Pueyrredón a San Martín (2 de noviembre de 1816). La respuesta de San Martín no se hizo esperar: “Le agradezco todo lo que ha hecho. Usted tiene razón, lo que quiero hacer es imposible, pero es imprescindible”. Y así fue. Lo imprescindible se hizo. “Hacer, lo que hay que hacer”, otro concepto sanmartiniano.
Las primeras camperas térmicas de duvet
En el marco de la planificación integral San Martín no dejó nada librado al azar. Creó comisiones vecinales para extraer de los muchos estanques cercanos a los ríos y lagunas provinciales, la mayor cantidad de piedra pómez para el pulido de metales y el aseo personal (recordar aquella nota sobre la higiene y salud del ejército). La mayor cantidad de estos productos se extrajo del río Mendoza. La comisión tenía a su vez la tarea de recolectar derivados de productos de las aves del lugar con asiento en torno a las lagunas y arroyitos, por ejemplo: huevos para la alimentación y plumas para los abrigos. Fue entonces donde aparecerán en escena otras “damas patrióticas”. Anónimas, pero también imprescindibles.
No es una ironía. Haré una pregunta lógica. Allá por la primera década del 1800: ¿dónde se podrían licitar 5.000 camperas para contener el frio de alta montaña o 5.000 pares de botas para todo el ejército? En ningún lado. Eso sí era imposible. Pero, como sostuvo San Martín, era imprescindible. ¿Cómo hizo?

Formó una pionera “escuela de oficios” donde cada soldado confeccionó sus camperas de cuero con cobertura y sus botines de cuero de las vacas y chivos faenados. Acopló a eso la tarea de la carpintería para confeccionar suelas y tacos.
“Las botas son el imprescindible vehículo de la victoria”, sostenía. “Sabía perfectamente que el éxito de la infantería radicaba en el cuidado y fortaleza de sus piernas” (Federico Gentiluomo. “San Martín y la Provincia de Cuyo”. 1950).
Así para caminar por senderos pedregosos, como para cubrirse del frío, con los desperdicios de cuero de las reses faenadas hizo construir tamangos o zapatones altos y anchos, haciéndolos forrar interiormente con trapos y lana. Todo bajo la dirección de un grupo de mujeres mendocinas que impartieron diariamente a los soldados, después de largas horas de instrucción militar, las técnicas de costuras, corte, zurcidos, plegado y pegado, para que cada hombre tuviera (y se confeccionara) su equipo completo para enfrentar el frio de altura. Lo hicieron durante más de un año. Y gratis.
En un bando de octubre de 1816 San Martín ordenó recoger trapos de lana para forrar interiormente los tamangos. "Por cuanto la salud de la tropa es la poderosa máquina que bien dirigida puede dar el triunfo, y el abrigo de los pies es el primer cuidado". Todo los trapos, lanas y plumas eran depositados en cajas que se dispusieron en los almacenes de la ciudad y se recogían diariamente.
Dicha pionera “escuela de oficios” permitió que al tiempo Mendoza, no por casualidad, se convirtiera en un polo destacado de comercialización e industrialización de ropa de cuero y calzado para toda América del Sur y para exportadores que desde el puerto de Valparaíso (Chile) las comercializaban en Europa. Fue así que los productos mendocinos de cuero llegaron a distintos puntos comerciales de la patria, países vecinos y europeos.
Mendoza, gigante atelier de la costura
Textual: “Que todas las mujeres cosan y todos los sastres corten (…) porque es moralmente imposible pasar Los Andes con hombres enteramente desnudos”. (Carta de San Martín a Tomas Guido – 20 de octubre de 1816). Paralelamente a toda la logística, maestranza y adiestramiento del ejército siempre estuvo presente un tema importantísimo: vestir a la tropa.
Vestir a todo un ejército significaba tener uniformes para todos. Para casi cinco mil hombres. Implicaba un largo proceso que debía superar tres etapas: conseguir materia prima, fabricar los paños y confeccionar la ropa. Es decir: 1) una fuente productora 2) una industria de magnitud que hiciera las telas 3) una industria de confección. Afortunadamente la movilización integral de Cuyo cumplió las 3 etapas.
Solo en San Luis se hilaban bayetas de lana, pero había que abatanar esas bayetas (a través de golpes para darle mayor grosor y hacer más pequeños los espacios que hay entre los hilos) para evitar que pase la humedad o que el frío se filtrase.
Primer problema: no había batanes en Mendoza. Entonces, había que crear la industria. ¿Quiénes resolvieron el problema? Fray Luis Beltrán (quien para construir las piezas metálicas fundió una vieja campana de la Iglesia de la Trinidad), el chileno Damaso Herrera (especialista en hidráulica) y el encargado de molino harinero de Juan de Dios Correas: Andrés Tejeda (alias: “Ño” o “mulato”), molinero de granos, mecánico e inventor. Entre los tres construyeron el primer batan hidráulico de Argentina que terminó produciendo bayetas y pañetas que luego serían teñidas de azul. Así, las dos primeras etapas estaban cumplidas. Materia prima de San Luis y un batan en Mendoza. Solo faltaba la manufactura.
Las telas habrían sido teñidas tras algunos primeros intentos por la sancarlina Juana Mayorga, posteriormente por la legendaria “India Magdalena” y definitivamente por Francisco Javier Correas, un empírico químico que terminó concretando la tarea.
Finalmente, en la última etapa, la sastrería del ejército libertador estuvo a cargo de sargento mayor Lino Ramírez de Arellano y funcionaba en el Convento de la Merced, siendo el antecedente directo de la vigente Sastrería Militar del Ejército Argentino.
Sintetizaremos que el ejército además ocupó: 10.000 mantas de lana, 5.000 frazadas, 1.000 pellones de oveja, más de 20.000 mantas de franela, 4.000 pares de guantes, 3.000 capotes y miles de pares de medias. Solamente por nombrar lo obvio. Recordemos que los caballos también marchaban abrigados. Y es justo reconocer el apoyo que el ejército recibió de Pueyrredón suministrando uniformes (entre muchas cosas más), llegando estos unos días antes de partir a Chile.
Nueva industria: el rol de la mujer y la patria
Una incubadora de nuevas empresas había quedado instalada y distinguió a Mendoza a lo largo de su historia. Esta embrionaria industria peletera, textil y zapatera, permitió una proliferación de emprendedores especialistas en el rubro, acompañada por una numerosa y calificada mano de obra artesanal que generó cientos de puestos de trabajo.
A la par, motivó un multitudinario e insustituible protagonismo del rol de la mujer en la gesta libertadora. La visibilización y reconocimiento de dicha tarea femenina nos parece imprescindible. Rescatemos además que todas estas tareas se hacían ad – honorem (por amor a la patria) y que fueron esas mujeres los pilares que sostuvieron a Mendoza cuando prácticamente todos los caballeros de la provincia tuvieron que partir a la guerra.


