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El sonido apagado de una mala muerte

Algunas almas en pena ignoran, amargamente, el motivo que las mantiene suspendidas en el gris limbo fantasmal

El piano, desde el inmenso y oscuro salón de la planta alta de la vieja mansión, entre vidrios rotos y sillas desvencijadas, sonaba triste; desafinado y triste, mientras sus notas rebotaban en las paredes sucias del caserón. El crujir del añoso parqué del piso absorbía tenuemente a las notas más graves, mientras que hacía rebotar a las más agudas en sus astillas, que sobresalían repetidamente y ya no guardaban la compostura que originalmente habían tenido. 

Un espectro con forma de mujer, semitransparente, pálido y apesadumbrado, apoyaba sin ganas, pero con conocimiento, sus largos y huesudos dedos sobre las teclas agrisadas. Todo indicaba que en vida había sido bastante alta y sus blancos cabellos llegaban ya casi hasta el piso, al que pretendían rozar, al parecer, delicadamente.

-Esta no es muerte- se quejó la fantasmal figura, que es lo que en definitiva era la dama - esto no es muerte.

El crujir del añoso parqué del piso absorbía tenuemente a las notas más graves. Foto: Freepcik.

La joven, aunque añosa en su rol de alma en pena (ya que llevaba mucho tiempo en ese estado) al parecer había contado con pocos abriles al momento de ingresar al inframundo, y esa belleza juvenil intentaba dificultosamente perseverar en el tiempo; llevaba ciento treinta y cinco años desde que la vida la abandonara, y ahí seguía, al pie del instrumento, obligada por vaya uno a saber quién, y por qué extraño motivo, a tocar noche tras noche la misma vieja y triste melodía. Las cuerdas del piano, que eran absolutamente terrenales, resistían en su mayoría al paso de los años, pero sonaban cada vez más desafinadas, y la gravedad de la melodía se profundizaba a cada minuto.

-¿Qué hice para merecer esto?¿Qué debo hacer para que todo termine?¡Me quiero morir bien, de una vez por todas!

Las quejas eran las mismas de todas las noches, y al parecer retumbaban más allá de las paredes de la vieja casona, asustando a los pibes del barrio y corriendo a las parejitas de enamorados que erróneamente pretendieran guarecerse en la penumbra de la mansión abandonada, para demostrarse físicamente eso que tanto se declaraban al oído. Es que, supuestamente, algún asunto terrenal sin resolver retenía a la mujer en ese estado etéreo, pero ella desconocía el problema, y de más está agregarlo, desconocía qué debía hacer para morirse completamente de una vez y para siempre.

Algún asunto terrenal sin resolver retenía a la mujer en ese estado etéreo, pero ella desconocía el problema. Foto: Freepick.

Y así se le iban pasando los fantasmales años, sin ninguna otra ánima, sin ninguna señal, sin caminos a seguir; y ya no era una de esas almas en pena recién llegadas que rebosaban de alegría y se entretenían asustando a giles en las esquinas: la monotonía le pesaba cada vez más, el aburrimiento le crispaba los nervios, y lo único que evitaba que anduviera pensando en suicidarse era que, bueno, ya quitarse la vida no era una opción para ella, pues la había perdido de todos modos, en el otro siglo de antes del ya pasado, y sin tanto alboroto, por lo que no era un evento que tan siquiera fuera memorable, razón por la cual resulta imposible relatarlo.

El piano volvió a sonar triste; desafinado y triste. Un gato negro, o quizá de otro color, pero que en la oscuridad de la noche se veía pardo como la mismísima muerte, maulló desesperadamente mientras corría haciendo castañetear bajo sus patas a las vetustas tejas del techo. Puertas adentro de la casona, el polvo en suspensión saltaba una vez más desde las teclas, mientras los dedos de la mujer golpeteaban como si nada, como si fuera la primera vez, al marfil del instrumento que se desgajaba en suspiros bajo sus manos.

-Esto no es muerte- se volvió a quejar la bella joven una vez más -esto no es muerte...

Pablo R. Gómez.

* Pablo R. Gómez, escritor autopercibido. 

IG: @prgmez